Director artístico: Lionel Meunier
Concertino: Tuomo Suni
Textos: Isaline Claeys / Simon Robson
Dramaturga: Isaline Claeys
Coro: Vox Luminis
Sin representación escénica pero con un montaje sobre el escenario que va más allá de lo meramente “dramatizado”, la versión de King Arthur que acaba de ofrecer el Teatro Real cuenta con una dimensión visual y dinámica que casi es coreografía, en la que hay que destacar la extraordinaria interactuación de los intérpretes, dieciséis cantantes-actores (cuatro de cada cuerda, soprano, alto, tenor y bajo), que componen y descomponen formas de bi y policoralidad con gracia danzante y chispeante complicidad.
Su director artístico, el francés Lionel Meunier -un cantante bajo “muy alto”, porque su estatura es considerable-, protagonizó una deliciosa actuación como el consumado flautista que también es.
La formación coral belga Vox Luminis, responsable de esta maravillosa encarnación de la obra de Purcell que ahora se presenta en Madrid, es acreedora de un magisterio reconocido desde hace años, pues no solo ha sabido hacer honor al nombre que eligió para identificarse cuando se fundó en 2004 (La voz de la luz), sino que sus versiones son tan conseguidas que ningún apasionado del Barroco puede prescindir de ellas.
Henry Purcell concibió King Arthur como una semi-ópera -dramatik opera-, en la que incluyó también danzas francesas y otras estructuras formales imperantes en el momento en la lírica escénica del país galo. Sin embargo, dada la época de su composición (el estreno tuvo lugar en 1691 en el Queen’s Theatre/Dorset Garden de Londres), se acusa ya la influencia italiana, pese a que en todas estas obras era frecuente la presencia de coros, no tan comunes en la ópera barroca del país latino. En cambio, el protagonismo sí concedido por la ópera barroca inglesa a las partes corales, que se remonta a la tradición de los himnos y anthems, seguirá su afortunado desarrolo con Haendel y sus magníficos oratorios durante la primera mitad del siglo XVIII.
Se ha dicho que la “Canciòn del Frío” de la Frost Scene (Acto III) se inspiró en el terrible invierno padecido en Londres en 1683-84. Pero musicalmente resulta evidente que la fuente de la que Purcell bebe es la ópera Isis (1677) de Lully. Esto queda meridiano en el “Chorus of cold people”, que calca el “Choeur des trembleurs” del compositor francés, pues la viveza de su ritmo y su punteado remiten directamente a la obra francesa.
Comparada con el resto de producción de Purcell en esta época, hay que reconocer que en King Arthur hay más música y ésta está mejor integrada que en Diocleciano -su primera semiópera-, obra que nuestro compositor estrenó en la misma década y que está considerada por muchos como su música teatral más espectacular. Pero en King Arthur recaen también las características de un montaje grandioso, derivado en parte del tema, eminentemente patriótico. También es clave la época en que se compuso, durante el controvertido reinado de Jacobo II -que sucedió en el trono a su hermano Carlos II, muerto en 1685-, para quien Purcell escribió también They that go down to the sea in ships, título tomado del Salmo 117, en conmemoración de la supervivencia a un naufragio del citado monarca que, además de ser el último rey de Escocia que ostentó el título de Rey de los Escoceses, fue también el último rey católico que reinó sobre lo que luego sería el Reino Unido, antes de ser derrocado por la Revolución Gloriosa en 1688 -tan solo tres años antes del estreno de King Arthur-.
Ya centrándoseen la obra, quizás los momentos más destacables sean la escena inicial del Acto I, ocupado por el sacrificio a los dioses sajones y la batalla en la que vencen los britanos. También la escena de Grimbauld, el espíritu malo, en el Acto II, la escena de la Helada, del Acto III, o la passacalgia “How happy the lover” -a cargo de tenor y coro, con una larga serie de variaciones sobre basso ostinato-, en el mismo acto, junto con la escena de la Masque, del acto V -el menos unitario de todos los actos, quizás debido a la diversidad de fuentes de las que procede-, donde también sobresale “For folded flocks, and fruitful plains”, pieza para alto, tenor y bajo, y la bellísima “Fairest isle, all isles excelling”, auténtico himno patriótico puesto en boca de la misma Venus.
También debe mencionarse la fortuna compositiva de algunos momentos concretos, entre los que merece destacarse el descenso a Fa menor en la escena del sacrificio, mientras el coro canta “Die and reap the fuit of glory”, bajón armónico que pilla al oyente desprevenido, pues sucede al canon triunfal de las “Brave souls”. Otro momento genial es cuando el tenor II canta -con tonos heroicos y casi onomatopéyicos en “double, double, double”- “Come if you dare”, o el bucólico y lírico número de los pastores “How blest ar shepherds” y el danzante “Shepherd, leave decoying”, en donde todos los actuantes alternan la voz sola con el coro, como es lo habitual en este subgénero.
Además, esta obra presenta extensas partes narradas, otra característica de la semiópera. Aquí se ha optado por hacer un texto nuevo para relatar el argumento. La ejecución de la narración -en castellano- corrió a cargo de José Luis Martínez. Es de lamentar que se haya casi perdido en el castellano actual la pronunciación de las elles. Por lo demás la lectura fue perfecta.