Opinión

El oxígeno de Eta

José Lasaga | Jueves 25 de septiembre de 2008
Es sabido que el oxígeno es el principio activo, vital del aire que respiramos -trece veces por minuto decía el poeta. Cómo metáfora resulta transparente y estos días atrás, en que Eta acumuló tres atentados en dos días, con el resultado conocidos por todos, de un hombre muerto y varias decenas de heridos -no hablamos ya del daño en las cosas y en los ánimos-, volvió a aparecer en los medios de comunicación a raíz de la acusación del presidente de la Comunidad de Cantabria: la actitud del Lehendakari Ibarreche “da oxígeno a Eta”. Por supuesto que el señor Ibarreche se defendió inmediatamente, por cierto, en un tono que revelaba escozor, con unas confusas declaraciones afirmando su derecho a sostener sus ideas políticas, que causalmente son las mismas que las de los terroristas y añadiendo que si dejara de defenderlas “pacíficamente” -palabra favorita de su jerga política- sería una victoria para los terroristas. ¿Podría alguien, incluso él mismo, explicarnos el por qué de esa conexión? Pero no me propongo incurrir en ese debate espurio. Es evidente que el Lehendakari, amplias zonas de su partido y otros partidos nacionalistas que afirman no apoyar la “lucha armada”, es decir, las tácticas monótonamente asesinas de Eta, comparten objetivos, metas, ideales, deslealtades y enemigos y eso es proporcionar oxígeno a la banda. Como también lo es no haber adoptado, hace muchos años, incluso muchos años antes del pacto de Estella, la decisión de suspender sus legítimas reclamaciones políticas de autodeterminación hasta que Eta dejara de matar.

Pero llevamos muchos, demasiados años conviviendo con las muertes de Eta y ese solo hecho, esa existencia innegable de la contigüidad material de las instituciones democráticas y de los hombres y mujeres que las sirven, con los asesinos y sus simpatizantes convierte el terrorismo en una eficaz arma de lucha política perfectamente normalizada –estoy por escribir “legitimada”. Esa situación de facto prueba la eficacia del terrorismo convertido en parte de la sociedad civil vasca y confirma la validez del principio teórico que afirma que la política es la continuación del terrorismo por otros medios.

Esta paráfrasis de la inversión que Michel Foucault hizo en su día del famoso aserto de Clausewitz, resume perfectamente la situación desesperada en que nos encontramos los vascos y el resto de los españoles, pues en cierto modo, todos damos oxígeno a Eta... mientras no hagamos algo por quitárselo. No estoy diciendo la trivialidad de que todos seamos responsables de esa especie de implícita legitimación política que el simple paso del tiempo y los callos y durezas morales que la costumbre genera y el mirar a otra parte y el “esto no va conmigo”, procura. Lo son más los que comparten sus objetivos y se benefician de su afinidad o creen que se puede negociar con el asesino sin resultar su igual. No. Afirmo que vivimos una situación angustiosa porque respiramos el mismo aire político de Eta.

La única forma decente de compartir el oxígeno con Eta sería la del que la combate activamente, como hacen las asociaciones de víctimas del terrorismo, muchos héroes anónimos, muchos servidores del Estado y algunos políticos. Es evidente que mientras los enemigos luchan también comparten el oxígeno, aunque estén haciendo todo lo posible para que el otro deje de respirar.

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