Opinión

La "novísima" normalidad

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 29 de marzo de 2022
En Alemania el coronavirus está atacando con vehemencia a los teutones: a un ritmo de 280 fallecidos diarios en el último recuento del Instituto Robert Koch, suma ya más de veinte millones de contagiados y más de 120.000 fallecidos por la COVID-19, oficialmente, claro. En China, Shanghai va camino de convertirse en la madre de todas las pandemias, con más de 2.600 casos que amarillecen en un día y un número de fallecidos que oscila dependiendo de quién lo diga, porque los 4.600 fallecidos "oficiales" durante toda la pandemia es difícil de creer, como suele ocurrir con los países que entienden la democracia como otra enfermedad. El caso es que el bicho muta y mata, desobedece y se rebela contra la esperanza, y a los tontos se les coge en pandemia

El Gobierno de España, que viene contando todo lo relativo a esta peste con sordina, ha dicho que la pandemia toca a su fin y que las personas con coronavirus pueden hacer vida normal-anormal a partir de hoy. Ha sido madrugador el Ejecutivo de entre todos los países de nuestro entorno, junto al inglés, en eliminar desde hoy el aislamiento de los infectados, para ponerle cimiento al mensaje de que entre las vacunas, las mutaciones y la inmunidad natural, entre todos la mataron y ella sola se murió. De manera que uno puede tener sus síntomas, su descalabrante cotidianidad con virus, sus toses inéditas y su inflamación encefálica, que no pasa nada, siempre que se sea responsable de lo que se hace, no se quite la mascarilla y cunda el ejemplo que estamos viendo de respeto y de convivencia por doquier.

El Ministerio de Sanidad y las comunidades se adelantan con la hora y el madrugón, para ir al compás de los tiempos y a la vanguardia, no de I+D+i, sino de la mal llamada "gripalización" del coronavirus, que supone bajar la guardia y hacer mayorías inmunes a base de contagio más contagio. Algún virólogo como Salvador Peiró, epidemiólogo de Fisabio, ha levantado la ceja y ha dicho que es un poco precipitado y que él sería más prudente con las cosas de la vida y la muerte, porque la peste, aunque la lleves puesta como una boina y no te haga mella, se la puedes pegar a los mayores, a los enfermos, a los vulnerables, a los que tienen todas las papeletas de pillar el bicharraco e irse al hospital o al hoyo. Porque hemos de recordar que al exministro Salvador Illa, casi se le amotinan todos los médicos peninsulares, que afrontaron el estallido de la pandemia sin apenas medios y dando la vida por los que seguimos aquí: no se les ha hecho todavía ni un solo homenaje.
Todo parece que responde a una estrategia ahilada de responder a una séptima e inminente ola con "aquí ya no pasa nada" y de lanzarse a pecho descubierto a las miasmas y vapores coletivos, a los aerosoles del vecino, sin miedo a que nos ocurra nada malo. Porque la realidad del caso es que la obligación de seguir a este ritmo de control poblacional de la enfermedad, estaba desbordando "el sistema". Se está pensando en una red centinela de carácter liviano, porque lo de los rastreadores tampoco es que diese mucho resultado: en plena miasma y agonía de esta zoología deletérea que vino-escapó-se escurrió de la China, una señorita nos llamó una tarde, a finales de diciembre, de parte de la consejería de Sanidad para confirmar el dato hospitalario de que llevábamos la "mancha negra", como en la novela de Stevenson, y que nos iban a llamar a renglón seguido para darnos instrucciones. Todavía estamos esperando... La COVID en España está ya entre la dolencia y la condolencia. Como todo.