Ursula von der Leyen, que se dejó caer por La Moncloa la semana pasada trayendo su geografía belga, quiere aclaraciones a la excepción ibérica, sin saber que lo ibérico es de por sí una excepción. Ante las huelgas y la incomodidad patria, Sánchez se ha apoyado en Antonio Costa para proponer unas medidas que abaraten el precio del gas –de forma temporal, no se vayan a creer–, pero en los despachos de la Comisión Europea ya han dicho que “en la propuesta no queda muy claro cómo lo van a financiar”, según los técnicos de la cosa, que dicen que la rebaja podría poner en riesgo el mercado interno de la UE. Del té y simpatía monclovita, Ursula, hemos ido a parar a no me salen tus cuentas, Pedro, de los 30 euros por megavatio hora (MWh). “Y ya no es solo el problema de España”, ha dicho una fuente comunitaria en Bruselas. Los vinos y las rosas del dúo político se han ensombrecido por los técnicos, cosa que suele pasar.
De repente se han inventado, pues, la excepcionalidad ibérica, que ya habían estudiado en profundidad gentes de nivel como Fernando Díaz-Plaja en El español y los siete pecados capitales (1966) o antes Ángel Ganivet en Idearium español (1896). Incluso la obra póstuma de Américo Castro, Sobre el nombre y el quién de los españoles, giraba en torno a esta y otras cuestiones de difícil respuesta, así como la de Claudio Sánchez-Albornoz o la de Salvador de Madariaga, que dejaron este mundo sin resolver el enigma. Pero si dos siglos de pensamiento no lograron despejar la incógnita del iberismo y su carácter, unos señores reunidos en el Consejo Europeo han dicho que nuestra excepcionalidad y la de nuestros primos lusos descansa en la particularidad como isla energética de la Península. Y nosotros, que pecábamos de insulares y baratarios desde Sancho Panza, sin saber aún lo de que éramos isleños... Pero gracias a los abusivos precios impuestos por las centrales eléctricas, los ciclos combinados y la cogeneración, hemos llegado al fin a este término: que los márgenes del abuso los paguen entre todos los mayoristas del mercado eléctrico mediante un mecanismo similar, cito textualmente, “al de tasar los llamados beneficios caídos del cielo”. De manera que en la Península (ibérica) los precios serían más bajos.
La ministra de la Transición (Ecológica) ha terciado ayer y ha dicho que en el Ejecutivo están peleando contra la “inercia” de Bruselas, a la que define como “una ley de la física terrible”. Esto, ministra, forma parte también de la particularidad hispanolusa: la metáfora, el giro ocurrente, la literatura que explica la crisis a modo, el desmoronamiento y el desastre económico, para que comprendamos todos las complejidades del escenario geopolítico, que si no, no va a poder ser, entre Semana Santa y Domingo de Resurrección, de vacación en vacación. Después de los alaridos electoralistas de los rojos ultramontanos y los fachas nostálgicos, llegan los peritos con sus juegos verbales a contarnos el por qué de tanta ruina. Porque en esta glásnost a la española nadie se quiere hacer ya la foto con Vladimiro I, el genocida, ni hablar de él. Ahora todos buscan el aval político de Ursula Gertrud Albercht, que fue ministra de Defensa de Alemania y que iba para canciller y secretaria de la OTAN: en ella descansa la esperanza con voluta rubia y laca del gitaneo ibérico para el desacople del precio del gas del de la luz: de forma que Ursula ha pasado de decir en verano que el mercado energético funcionaba a la perfección y que de bajar la factura rien de rien, a apuntarse a la excepcionalidad ibérica, a sus pícaros del cuché moderno, a sus playas y a su flamenco, que los tablaos están hechos unos zorros, como sabemos.
España y Portugal, que han vivido de espaldas desde el Tratado de Lisboa de 1668, se hermanan ahora en la pobreza energética para la gestación de un destino ibérico, de un pueblo hermanado por el sablazo mensual de los amos de las centrales y las multinacionales del gas, de este desfile improvisado y peticionario de auxilio porque ahora vienen los rusos y antes el coronavirus de Wuhan. Los señores del chispazo eléctrico son muy suyos, porque para eso son señores, para subir el megavatio, mayormente. Cuando todas las emergencias llegan a la vez, los presidentes de la economía de guerra –lo que los nórdicos protestantes llaman el sur de Europa– invocan a santa Ursula, porque van (vamos) camino de quedarnos a dos velas.