Martín Juaristi | Sábado 27 de septiembre de 2008
Si hay algo por lo que se critica a los chinos en nuestro país es por su hermetismo. A pesar de que se les reconocen ciertas cualidades, particularmente su escasa conflictividad, a medida que esta comunidad crece, cunde el recelo al comprobar que muchos de ellos muestran escaso interés por aprender español, adoptar nuestras costumbres o consumir en nuestros comercios, exceptuando los casinos y los salones de juego.
En un país que se complace tanto con su estilo de vida, donde cinco de cada diez conversaciones giran en torno a lo bien que comemos, el delicioso clima del que disfrutamos o lo mucho que nos divertimos, es natural que el aparente desinterés de los chinos se nos haga un poco antipático. Sin embargo, antes de rasgarse las vestiduras, convendría fijarse en cómo viven los españoles en China.
Y es que, a pesar de las excepciones (que también cabría destacar entre los chinos de España), la mayoría de los españoles en China tampoco muestran particular interés por aprender chino, adoptar sus costumbres ni consumir en sus comercios, exceptuando las discotecas y las tiendas de artículos pirateados.
A ambos lados, tampoco faltan quienes reniegan de los suyos y se muestran consternados por tamaña falta de curiosidad y adaptabilidad. Este tipo acostumbra a tener más tiempo libre que los demás y a ejercer una actividad que permite una interacción más relajada con los nativos, ya sea profesor, estudiante, periodista, artista o diplomático.
Pasando por alto el, por fortuna, escaso grupo de los xenófobos expatriados, para bien o para mal, lo que más abunda es la clase de inmigrante en el que los intereses económicos priman sobre las inquietudes culturales. Gente que bastante tiene con trabajar a destajo para asegurarse su prosperidad, como para ponerse encima a adoptar costumbres extrañas y a estudiar un idioma que le suena a chino, o a español.
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