Hoy es una de esa tardes que uno se lamenta de no poder estar en dos sitios a la vez: en Arles y en la Línea de la Concepción. Aquí, en la gaditana Línea de la Concepción, hubo de todo: ambiente, expectación y toros que esperaban encerrados en los chiqueros. Se oían las quejas de los desbordados hosteleros, que se desacostumbraron ya de las tardes de toros. De toros de verdad. De lleno en la plaza. El Arenal, el coso singular de 1883, diseñado por Adolfo del Castillo, fue inaugurado después de importantes obras. No faltaba nada. Ni siquiera pudo faltar una manifestación de una docena de antitaurinos, que contemplaban cómo siete mil espectadores llenaban la plaza para ver el gran arte de tauromaquia. Seguro que más de uno de los manifestantes con el cartel antitaurino estaba allí porque no había conseguido localidad a tiempo. Hasta el encargado del Museo Taurino dejó su puesto y echó el cerrojo para ver la nueva plaza por dentro.
El cartel lo componían los diestros José Antonio Morante de la Puebla, Juan Ortega y Pablo Aguado para lidiar seis astados de la ganadería de Núñez del Cuvillo. Morante impresiona al pisar el ruedo con la estética, dirán a lo Joselito, pero ya se puede despedir de los tópicos del pasado para decir libremente que iba vestido a lo Morante: el negro con azabache con toques de oro en el chaleco y las medias blanquecinas. Elegancia en estado puro. Desgraciadamente, el maestro Morante sufrió un percance en el primer toro que no le permitió matar al contrario. Mientras se le examinaban en la enfermería, Juan Ortega lo pasó mal con el estoque. Se acabó todo después del sexto descabello. Morante sufrió la luxación de clavícula. La recuperación será de dos a tres semanas. El cartel del domingo de la Resurrección en Sevilla, para no mencionar muchos otros, se queda truncado.
Pablo Aguado sacó de los bureles (2º,4º,6º) tres faenas para recordar. El diestro cosechó una oreja y dos orejas, pero el público se quedó con mucho más. Los detalles son fundamentales en el toreo. Citando y embebiendo al segundo toro de la tarde con la muleta, Aguado llevaba al enemigo donde él quería. Celoso en su embestida, guardaba el peligro entre los pitones, alguno que otro exabrupto o extraño tuvo que aguantar el torero. Los molinetes o las navarras, con la gracia de sus manos se convirtieron del mero adorno en un pase necesario, uno de torería y de temple. Hay un toque personal, un estilo personalísimo de Pablo Aguado que es capaz de transfigurarlo todo. Aquí, en el sexto, llegó el apoteótico aplauso ora “a la gaditana”, ora “a la linense”, quizá sea “por sevillanas”, no sé cómo nombrar el fenómeno, pero el aplauso al ritmo de un tablao en la plaza de toros es espectacular. Una puerta grande. Un arte grandioso.
Juan Ortega estuvo aseado y, por momentos, brillantes. Toreo con estética. Quizá tenga un duende que ralentiza el vuelo de su muleta. Logró la oreja en el quinto toro al que saco una primera tanda de meritorios naturales y luego algunos buenos derechazos. Si las faenas también se premiasen independientemente del manejo del estoque habría ganado un apéndice más por el tercero. Por algo antiguamente se diferenciaba entre los toreros y los matadores como dos quehaceres bien distintos.