Opinión

Un navegador italiano para Proust

TRIBUNA

Miquel Escudero | Lunes 18 de abril de 2022

Marcel Proust falleció tres semanas después de la Marcha sobre Roma de Mussolini. En noviembre, hará, pues, un siglo. El autor de la laberíntica obra En busca del tiempo perdido tuvo una salud muy frágil y siempre dependió de la ternura y el control que su madre le dispensaba de forma obsesiva. Cuando ésta murió, él escribió: “Desde ahora mi vida ha perdido su único objetivo, su única dulzura, su único amor, su único consuelo”. A partir de entonces, Proust se volcó en cuerpo y alma en su obra literaria, los dieciséis años que le quedaron de vida. Su nueva situación de soledad le desbloqueó psicológicamente.

El profesor florentino Alberto Beretta Anguissola es un especialista en el escritor parisino e hizo una tesis doctoral titulada Storia, scienza e società in Proust. Ahora ha publicado Proust: guía de la Recherche (Elba), donde orienta al lector dando mil detalles de una obra compuesta por numerosas páginas y que ha generado una inmensa bibliografía crítica. No está de más saber que la primera traducción que se hizo de Proust fue al español, y fue hecha en 1920 por Pedro Salinas cuando aún no había cumplido los treinta años de edad.

“El interés por Proust –afirma Beretta- no da señales de disminuir, al menos entre un grupo de lectores quizá más sensible que otros al placer del autoanálisis y de la reflexión ética y filosófica inconformista y a menudo paradójica”. Una minoría entusiasta a la que se suma la repercusión no sólo del cuestionario Proust, sino de la mediática expresión la madalena de Proust, que vincula el olfato con la memoria y que aparece al inicio de Por el camino de Swam:

“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman madalenas (…) muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de madalena. Pero en el mismo instante que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fijé mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió (…). Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? (…). Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”. Con una madalena o con un sonido resurge lo contiguo, una emoción juvenil recuperada

La felicidad asociada a la memoria involuntaria nace de la identidad entre la sensación presente y la pasada, identidad que anula el tiempo y permite anticipar la plenitud. Encuentros y experiencias, con un inmenso sentido de la observación. Hacia el final de la gran obra, faltó la última revisión del autor, Proust, y se evidencian algunas repeticiones, contradicciones e inverosimilitudes.

Para Proust, la mala literatura empequeñece y la verdadera literatura nos hace conocer la parte aún desconocida del alma. “No hay que temer llegar demasiado lejos, porque la verdad está más allá”.

Cuenta Beretta que la intención de Proust era proponer a los lectores un gran Sodoma y Gomorra. Y que El tiempo recobrado se inicia tras el paso que el Narrador da desde la crisis existencial en la que, con su neurosis y depresión, ha caído hasta la salvación final. Autor, personaje y lector: múltiples yoes fragmentados y sucesivos.

La estupidez humana puede ser causa de grandes tragedias. El Narrador puede volverse también estúpido: no ve, no comprende lo que ocurre a su alrededor, no percibe los problemas ajenos, los advierte demasiado tarde y reacciona de modo exagerado y absurdo. Flaubert se refirió al carácter poético de la estupidez humana, a la tasa de imbecilidad y ausencia de sentido crítico. Se extraña Beretta de que a nadie se la haya ocurrido hacer un artículo sobre la estupidez en Proust. Alude al maltrato gratuito de un personaje humilde y manso, que parece atraer la persecución precisamente por su excesiva amabilidad y fragilidad.

Beretta destaca que Proust hizo una contribución fundamental a la superación de la crisis de la novela, mediante una renovación interior silenciosa, no con ruidosas rupturas y revoluciones de las formas exteriores. En su obra, remarca, Proust yuxtapuso dos estéticas y las desarrolló en paralelo, sin preocuparse de encontrar una solución que anulara la contradicción entre ellas. Era inusualmente sensible y generoso para dejar de integrar las razones ajenas.

El profesor italiano considera genial el ensayo que Samuel Beckett escribió con 24 años, en 1931, sobre Proust, estando en París como lector de inglés en la École Normal Supérieur, hasta el punto que afirma:

“Si tuviera que elegir un solo libro sobre Proust que salvar de la destrucción de todas las bibliotecas, elegiría precisamente éste. Es una lectura que contradice casi todas las otras lecturas”.