Opinión

Adiós al tapaboca

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 18 de abril de 2022

El coronavirus es una época. Como la Edad Media o el Renacimiento. La mascarilla es su seña de identidad. El de la COVID-19, efectivamente, es un momento histórico y sus prolongaciones se van amoldando al sentir de los hombres. Hubo un tiempo ignominioso del que ya nadie se acuerda, cuando en un solo día morían un millar de españoles, en un impulso ascensional a los cielos y entre estertores de agonía. Unos nos salvamos y nos quedamos aquí a ver el desorden de los hombres. Otros se marcharon. Nadie se acuerda de unos, ni de otros. Del contagio a la sepultura, pasando por el sanatorio, en definitiva. La retirada de Afganistán, oleada migratoria de África, la subida de la luz y el gas, la guerra de Ucrania, los políticos y sus altavoces propagandísticos y el pulso de las cosas, con sus trabajos y sus días, han barrido todo mal recuerdo. La nefasta gestión de nuestros dirigentes políticos ha sido perdonada por la ciudadanía, que reedita su voto a casi los mismos.

El consejo de Ministros pone y quita las mascarillas, según. Y mañana levanta la obligatoriedad de usar el cubreboca en interiores, salvo en centros sanitarios, farmacias, residencias de mayores y transporte público. En los entornos laborales ya queda al arbitrio de los departamentos de recursos humanos, que son los más escasos de los recursos, porque luego están los demás, los que abundan verdaderamente (los inhumanos, los infrahumanos, los sobrehumanos y los extraterrestres). De manera que cada uno puede hacer lo que le salga de los cojones, que es lo que se hace en España habitualmente, cuando se desdibuja la línea que separa la libertad individual y el perjuicio al prójimo. Hasta que viene el decretazo en el BOE y se vuelven a imponer las cosas, los precios, el IVA y el cambio social que mueve y nos remueve. Sin expertos, pero juntos saldremos más fuertes y este virus lo paramos unidos, Pepe (o desunidos).

Nos fascina la arbitrariedad, aquella que alegraba después las cifras de vivos y muertos del telediario por cientos; por eso llegan los síntomas de la nueva variante XE, que según la OMS, que nunca tiene muchos datos pero pontifica como si los tuviera, dice que es diez veces más contagiosa. Porque las cepas de coronavirus van como los españoles: a su aire y que no les digan nada. Esta es de abrigo, porque nace de la recombinación de las variantes BA.1 y BA.2, con la mayor parte del genoma, incluido el gen S, etc. Y los virólogos dicen que mejor no mojarse, que hay que esperar a que el personal se contagie, tenga fiebre, se hospitalice y tal. Cuando España solo tenía gripe, se vivía mejor, porque el coronavirus, ya decimos, es esencialmente lo sorpresivo, lo nuevo, lo mutante, la enfermedad en expansión horizontal y exponencial, tremenda, imparable e invasiva. Como los políticos.

La pandemia se crece en otoño y en invierno, en un estallido patológico e invisible. La del coronavirus es el avance forzado de la muerte, que salió en avión de Wuhan. El Gobierno ahora cree que, sin mascarilla, la COVID-19 se esfuma como una encuesta sociológica desfavorable y las gentes tenderán así a gastar más y a hacer más el amor con sus parejas, por ejemplo, porque casi todo levantamiento de prohibición es una llamada a la alegría colectiva programada, calendarizada, establecida... El fin de las mascarillas es una alta hospitalaria imaginativa, más creativa que sanitaria, más decorativa que aséptica. Los ancianos yacen en el subsuelo achicharrados en los geriátricos y sus familiares pelean por que se haga justicia: sumergidos en el olvido y la desidia institucional, sin milagro posible, sus muertes nos dan un baño de realidad política a cada instante. Las fosas de la ignominia pandémica están llenas. Pero ha llegado la hora de ir sin tapaboca, cuando el tapaboca, el chitón, el silencio conventual y sepulcral se hace campaña permanente. La hermosa miseria del director general, del consejero, del secretario de Estado, del ministro ha cumplido su ciclo; no se preocupen: vendrán más, con o sin cubrebocas.