Opinión

Una guerra de largo aliento

EL ESPIGÓN DE RECOLETOS

David Felipe Arranz | Lunes 25 de abril de 2022

Pase de modelos por los salones de Kiev con las bombas del noroeste atronando de fondo, musicales y satánicas: los líderes de Occidente, que vienen de las horas claras y tranquilas de Madrid, Bruselas y Washington, saludan a Zelenski, posan para la foto y ya está todo hecho. Frente a la diplomacia del té y simpatía, los muertos del Dombás gritan en las fosas. Rusia ha hecho una demostración de fuerza al lanzar el misil intercontinental Satam II, capaz de albergar una docena de cabezas nucleares y de alcanzar ciudades enteras al otro lado del globo.

Los investigadores siguen reuniendo pruebas para incriminar a Putin, como si los cuerpos cuajados de nieve y sangre, maniatados, de Bucha, no fuesen suficiente. Zelenski ha dicho que espera de todos resultados concretos “y no solo regalos y pasteles”, sino “cosas específicas y armas”, que son sistemas antimisiles, antiaéreos, vehículos blindados y tanques. La biografía de Ucrania es el paisaje de una batalla y sus combatientes se refugian en túneles, con la vida encogida y recogida en un momento, al sonido de la bocina. Los aviones y morterazos pasan de una época a otra: de 2022 a 1945. Un exasesor económico de Putin, Andrey Illaniorov, acaba de decir que si Occidente no le comprase a Rusia el gas (que se corresponde con el 40% de sus ingresos públicos, unos 700 millones diarios), la guerra se acabaría en dos meses a lo sumo. Quizá China e India le prestarían coros y orfeones de misiles y blindaje económico, pero no eternamente. La mirada ucraniana rota y truncada por el monstruo no alcanza a comprender la red compleja del leviatán inmenso y voraz de los negocios.

Si el bloqueo occidental a los hidrocarburos se produjese por un acuerdo global entre los mandatarios europeos, la perpetuidad incendiada de la guerra vería su fin. El Ejército ucraniano resiste e inflige derrotas al ruso: el hundimiento del portamisiles Moskva en el Mar Negro o la resistencia de los aceros de Azovstal en Mariúpol, para muchos parecen indicar un enquistamiento del conflicto y unas navidades humeantes (más allá del próximo invierno, dicen). La paz, tan soñada de lejos, tan anhelada, solo les da para unos abrazos y un postureo de recepción palaciega. No le llega la paz de los niños a las pequeñas vidas agostadas y secuestradas del Este, que marcan la dimensión de la tragedia: sus secuestros y deportaciones a las zonas más gélidas de Sajalín, documentadas por varios testigos, no salen en la foto.

La política heráldica y la diplomacia de etiqueta dan el tamaño en esta guerra de los “líderes” mundiales, tan solemnes. Pueden prometerlo todo, peor la paz es la distancia última que han perpetuado entre nosotros y los arcángeles tiernos y las madres muertas de Ucrania, la secularización de la muerte en la sobremesa. Las guerras de largo aliento, y esta lo es, anuncian sus tristezas al mundo, mientras a las gentes a orillas del Dniéper la libertad les queda ya muy lejos, porque aquí no se ponen de acuerdo en cortar o no el suministro de petróleo y gas rusos. El ritmo de la guerra de Ucrania y su confusión de comandos, familias ejecutadas y casas ardiendo, santos y vírgenes de la Pascua ortodoxa, lo marca el diablo rojo que habita en el Kremlin.