Opinión

El "diálogo" no es un valor

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 01 de mayo de 2022

La Escuela de Frankfurt es sin duda la de mayor influencia en el siglo XX, y mantiene su primacía en el actual. Su conquista mayor ha sido la amplia aceptación, al menos en el mundo occidental, del principio “el diálogo es el primer valor y la fuente de todos los demás valores”. Muchos intelectuales piensan así.

Durante las dos décadas que llevamos de siglo XXI Jürgen Habermas se ha consolidado como el exponente más distinguido de esa Escuela. Su tesis bien conocida es que la verdad es fruto del diálogo, y nada llega a ser verdadero con independencia del diálogo. Por brevedad, en lo sucesivo con el vocablo “Habermas” nos referiremos de modo genérico a todos aquellos que siguen las enseñanzas de la Escuela de Frankfurt.

En rigor, no se trata de diálogo a secas, sino del diálogo que llega al consenso unánime sobre algo. Diez personas pueden dialogar cada día hasta morirse todos, y sin haber llegado a consenso alguno. Por eso, en vez de “diálogo” más bien debería decirse “consenso por unanimidad”.

Este consenso total no se da casi nunca en la realidad. Basta asistir a una reunión de una Comunidad de vecinos. Lo más que se alcanza es un consenso más o menos mayoritario. Como aquí vamos a refutar el consenso por unanimidad, se entiende queda refutado también el “consenso por mayoría”. Al menos en la medida en que nuestras críticas estén justificadas. Con todo, aceptaremos el lenguaje que se ha impuesto. Usaremos la palabra “diálogo” con el sentido tácito de “consenso unánime y universal”.

¿De dónde viene la verdad de “dos y dos son cuatro”? ¿Cuándo y dónde se consiguió el consenso unánime y universal sobre esa verdad? ¿Por qué antes de tan feliz acontecimiento dos y dos no eran todavía cuatro? El resultado de la suma de dos y dos ¿lo decidía entonces cada cual a capricho?

Sólo Habermas podría contestar a estas preguntas. Como nunca lo ha hecho, el lector tendrá que contestarlas por sí mismo. Y estoy seguro de que ya lo ha hecho. Incluso me atrevo a ir más allá. Estoy convencido de que ha llegado a la conclusión de que la verdad de “dos y dos son cuatro” no proviene de “diálogo” previo alguno. El lector habrá percibido sin duda la contradicción de una humanidad capaz de haber creado antes esa verdad y luego incapaz de aniquilarla, ni siquiera de modificarla.

Por tanto, cabe por lo menos la sospecha de que el diálogo no sea un valor, y aún menos el valor primero del que proceden todos los demás. La doctrina de la Escuela de Frankfurt es por lo menos dudosa.

Con todo, demos a Habermas la oportunidad de defenderse de esta acusación. Nos diría algo parecido a lo que sigue. “No hablamos de las verdades matemáticas sino de las éticas y jurídicas. El logro mayor de nuestra Escuela fue el colosal “Proyecto de Etica Mundial”, o “Weltethos”, impulsado por Hans Küng desde Tubinga. Se llevó a cabo por miles de investigadores y durante decenas de años.

Repasaron la literatura y la historia de toda la humanidad. El magro resultado consistió en dos principios formales - trata a los demás como quieres que te traten a ti; no trates a las personas como si fueran cosas- y cuatro valores éticos -veracidad, justicia, compañerismo y voluntad de paz.”

Pero, oída la defensa de Habermas, vuelven los interrogantes. ¿Por qué en el resultado final de “Weltethos” falta la ahora tan popular ecología o respeto a la naturaleza? Ni siquiera se la menciona.

En la década 1960-70, cuando empezaron notarse los primeros efectos de la industrialización masiva, surgió algo muy parecido al consenso unánime de toda la humanidad. Según la doctrina de Habermas, en esa precisa década se habría creado la ecología como valor ético y la contaminación del ambiente como antivalor ético.

Aplaudamos de paso la honestidad intelectual de los que elaboraron el Proyecto “Weltethos”. No descubrieron la ecología como valor ético en los pueblos antiguos, ni en los modernos antes de 1960-70. Según sus propias premisas, hubieran descubierto lo que no existía. Aún no había aparecido siquiera el “diálogo” sobre la contaminación.

Pero eso mismo suscita nuevas preguntas. Si no existía la ecología como valor ético antes de 1960, ¿qué haría entonces de malo el propietario de un bosque, con árboles de preciosa belleza y gran rareza, al destruirlo para hacer una urbanización? ¿Qué haría de censurable en aquel tiempo un empresario que echase las basuras de su fábrica en el río más cercano? Si no existía el valor, tampoco podría existir la violación de ese valor.

Obviamente lo que estaba ausente antes de 1960 no era el indiscutible valor de la “Ecología” o “Respeto a la Naturaleza”. Lo no existía era la valoración, la percepción por la gente de un valor existente con independencia del diálogo entre los humanos. Y lo que ha ocurrido a partir de 1960, no ha sido la creación del valor, sino el hecho de que los humanos se han dado cuenta de tal indiscutible valor cuando han visto las orejas al lobo, han percibido el peligro letal de la contaminación del aire y las aguas de mares y ríos.

Si de algo ha servido el diálogo, que de hecho empezó en la década 1960-70 sobre este tema, ha sido para crear la valoración, no para crear el valor como tal. La humanidad se ha ido concienciando de lo que antes ignoraba. Pero ignorancia no es lo mismo que inexistencia. América existía antes de que Colón la descubriera.

Con estas nuevas preguntas, que Habermas tampoco responde, la tesis de que el diálogo no es un valor no está demostrada del todo. Lo que hasta el momento tenemos es una más que fundamentada sospecha de que la doctrina en cuestión es en efecto falsa. Pero falta rematar la faena. Dar la puntilla definitiva a la Escuela de Frankfurt. Llegar a la certeza de que es absolutamente falsa la tesis de que el diálogo sea un valor.

La puntilla es la lógica. Ya Hume se dio cuenta de que la fórmula “es → debe ser” expresa una enorme falacia. El diálogo, incluso si llegara al consenso unánime y universal, “es”. Se trataría de un hecho, de un acontecimiento, de una realidad de este mundo. Y de ahí no cabe inferir deber-ser alguno. La lógica da en el clavo. Nos proporciona la certeza de que la doctrina de Habermas es falsa. De un “es” nunca cabe derivar un “debe-ser”. Y el celebrado diálogo “es”.

Pero la lógica formalizada recientemente va más allá de la denuncia de Hume. Nos ofrece algo todavía más rotundo y contundente. El deber-ser ético se formaliza lo mismo que el Ser Necesario o Dios.

Hay tres conceptos ónticos básicos: Necesario, Posible e Imposible. Hay tres conceptos deónticos básicos: Obligatorio. Permitido y Prohibido. Las relaciones lógicas entre estos seis conceptos evidencian un perfecto paralelo lógico entre el reino de lo óntico y el reino de lo deóntico.

Con NO delante.

NO Imposible existe = Posible ; NO Posible existe = Imposible NO Prohibido hacerlo = Permitido ; NO Permitido hacerlo = Prohibido

Con NO detrás.

Necesario NO existe = Imposible ; Imposible NO existe =Necesario Obligatorio NO hacerlo = Prohibido ; Prohibido NO hacerlo = Obligatorio

Con NO delante y detrás.

NO Necesario NO existe = Posible ; NO posible NO existe = Necesario NO Obligatorio NO hacerlo = Permitido ; NO Permitido NO hacerlo = Obligatorio

Ofrezco solemnemente un premio de un millón de euros a quien encuentre estas doce verdades lógicas en cualquier obra de Habermas o demás autores de la Escuela de Frankfurt, y que fuera publicada antes de la fecha de este artículo.

No tengo el millón de euros, desde luego. Pero tampoco corro riesgo alguno de que se presente el ganador del premio.