Los dirigentes de la izquierda y su marabunta de asesores han vivido sus mejores días con Pedro Sánchez al frente del Ejecutivo. Personajes de medio pelo sin oficio ni beneficio han entrado en el Consejo de Ministros a bordo de lujosos coches oficiales. Han comido a dos carrillos a costa del erario público, han ocupado suntuosos despachos para jugar al parchís, y han nombrado a cientos de miles de cargos de su cuerda gastando cientos de miles de millones. Con la bandera del comunismo han tapado sus vergüenzas, sus fracasos y sus memeces.
También han gozado de días de gloria política y económica los separatistas, los nacionalistas y los partidillos regionales o provinciales. Bastaba, y basta, con votar lo que indicaban desde Moncloa para llenar las alforjas. Y, ahora, todos ellos viven aterrados porque el chiringuito parece tener los días contados. Los bandazos electorales les sitúan en el lado de los perdedores. Lo que supone volver a la calle a buscarse la vida como cualquiera. Y ellos no quieren ser cualquiera. Quieren seguir chupando del bote sin dar un palo al agua, pero gozando del lujo y el poder que han logrado por ser dóciles a un presidente que solo quería sus votos.
Están desesperados. Se han dado cuenta de que su gloria puede tener los días contados. Y se enfurecen, se rebelan y se suben a las barbas del que les ha dado todo y ahora busca desaparecer en el Falcon para no volver más. El que busca exiliarse en Bruselas como Puigdemont e igualmente, olvidarse de los que le han llevado a la cima. De ahí, la trifulca entre Aragonés y Sánchez. Más que por el espionaje, los separatistas están indignados y aterrados por quedarse sin su mejor aliado en La Moncloa, el lacayo que les ha permitido gobernar a su antojo secesionista.
Las próximas elecciones en Andalucía han llevado la guerra fratricida a esa izquierda que ahora tiene que buscarse la vida sin la cobertura que les proporcional el gurú de Moncloa. Yolanda Díaz, con el estilo y el ropaje de las damas de la alta sociedad, se pasea por los salones progresistas en busca de invitados para unirse a su club. Quiere erigirse en la heredera universal de los jirones de Podemos y de comunistas de distinto pelaje y rebuscadas siglas. Y aspira también a dejar al PSOE en los huesos. Pero todos están en pié de guerra, desesperados y aterrados de volver a ser unos pardillos. Y nadie se fía de nadie. El chiringuito se desmorona, porque hasta Vox se lleva los votos que antes creían suyos. El llamado mundo obrero, en el campo o en la ciudad, ha visto con claridad cómo muchos políticos de la izquierda se han llevado sus votos para nada. El comunismo no conduce a la igualdad, si no a la pobreza.
Ante el riesgo de perder los privilegios por el bandazo a la derecha que vaticinan las encuestas, quieren unirse para repartirse las migajas. Pero nadie se fía de nadie. Todos quieren cobrar más y mandar más. Y así se ha comprobado en el tubo de ensayo de Andalucía. La plataforma de Yolanda Díaz ha fagocitado a todos los partiditos de la izquierda y, curiosamente, Podemos ha llegado tarde a la fiesta. Por lo que se ha visto, la vicepresidenta solo intenta atraer los votos de la izquierda para no quedarse en la calle. Porque sin Sánchez, como mucho, se sentará en un escaño del gallinero.
Los políticos de izquierda o de derecha no se dan cuenta de que las tendencias electorales son meros ciclos. El PP y el PSOE han llegado al poder cuando su rival ha fracasado al frente del Gobierno. A pesar de que los fanáticos crecen como setas, los ciudadanos votan al que mejor le cuenta los cuentos. Pero, al final todos se sienten traicionados y abandonados a su suerte. Y entonces, vuelven a cambiar de voto. Es verdad, que si Feijóo no desbarra, llegará a La Moncloa. El poder cambia de bando cada dos por tres. Y, ahora, después del letal estropicio de Sánchez, España, más que nunca, necesita cambiar de bando, de ciclo y de todo.