Opinión

Carlos Alcaraz

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 11 de mayo de 2022

Tiene 19 años y maneja la raqueta como Caprile las agujas de costura. Yo a su edad jugaba al parchís y me tuve que retirar antes de tiempo por culpa de las lesiones. Suena a excusa, pero es que mi educación física guardaba estrecha relación con el Pelargón y la leche en polvo de la posguerra. Luego todo cambió después de hacer la mili en África. Otros tiempos y otras vivencias que no ocupan lugar en este artículo.

Carlos Alcaraz se ha colado en nuestras vidas haciendo alarde de un desparpajo fuera de lo normal. Juega al tenis y además se ríe; o sea, que disfruta manejando la raqueta. Sobre la pista suelta unos pelotazos que son dibujados con escuadra y cartabón al momento, es decir, su cabeza es un estudio de arquitectura que saca planos entre restar al contrario y añadir muescas en la empuñadura justo sobre el grip que la recubre. En un pispás, o si lo prefieren, en un , el bueno de Alcaraz se marca el punto, el set y la eliminatoria antes de que la primera cerveza baje espuma ante el televisor.

El tenis español desde casi siempre ha sido mejor que nuestros políticos, al menos nos colma de alegrías y hacen que casi todos regresemos al estado de confort, que para algo debe servir el tener televisor en casa. Son esos instantes de cortesía que nos brinda la vida; al menos para quienes como yo fuimos jugadores del mítico ping pong. Ya sé que cambian las dimensiones de la pista y poco más, pero cuando se tiene la fortaleza física y mental de Nadal, o por ejemplo de este chico murciano de El Palmar, no hay cancha difícil. Al menos esa debe ser la constante y de ahí los ejemplos para cuantos nos sentamos en el sofá a ver lo fácil que resulta ganar cuando estos fluidos seres se tiran más de tres horas dando raquetazos. Estos no han olido el Pelargón. Está claro.

Carlos Alcaraz es el sucesor de sí mismo y Rafa Nadal es quien es, mientras los españoles que aún seguimos siéndolo, somos los herederos consortes del talento de estos deportistas que nos representan con su ejemplar manera de competir. Otros se machacan en cuestiones extradeportivas para ser colonizados por fibromialgias ideológicas y luego pasa lo que pasa, que se quedan lejos de la mística del deporte. Por eso en España somos tan de Nadal y comenzamos a serlo de Carlos Alcaraz si no se tuerce, pues este chico va camino de dejar de ser tenista para convertirse en una fuerza de la naturaleza sin apenas darnos cuenta.

Carlos perderá partidos como tiene que ser, más que nada para que no coja vicio ganador y tampoco nosotros creamos que es nuestro nuevo primo el de Zumosol. Carlitos, como gusta en ser llamado, también lo está para liderarnos en ilusiones jóvenes, porque en este país andamos muy escasos de un líder y aunque este venga de lo deportivo bienvenido sea. A España la han convertido en un lugar tan huérfano que ya hasta los 20 céntimos de la gasolina nos parece la medalla de la Legión de Honor de Francia. Y eso no nos consuela, al contrario, nos deja inanes ante tanta mentira y tanto trinque. Por eso, cuando el deporte nos ilumina en emociones hay que congratularse por ello y disfrutar de lo auténtico.

La juventud bien administrada es un capítulo esencial para alcanzar la solidez del triunfo y para ello es pieza fundamental el sentido de la familia. Es lo que ha hecho a Rafael Nadal más grande que todos. Siempre hubo una familia ejemplar detrás de él impulsando los auténticos valores para conquistar los éxitos que atesora en el tenis haciendo de Rafa el tipo de persona que todos conocemos, humano, trabajador incansable, humilde, honesto, generoso y representante de los valores y principios que predominan en su entorno familiar.

Esa es la cuestión para cimentar el éxito dentro y fuera de las canchas. Se podrá ganar y perder, pero la virtud de ser modelo de integridad como persona es sinónimo de triunfador. Su tío, Toni Nadal, lo dijo hace años: “Nadal juega al tenis y gana superando con su coraje y personalidad ante la vida un permanente dolor físico, Rafael no es un tenista que se lesiona. Es un lesionado que juega al tenis” Y lesionado, a los 35 años de edad, sigue ganando. El joven Alcaraz tiene un espejo en el cual mirarse, una oportunidad y un referente únicos, aunque dentro de la cancha sobren los elogios como rivales que son, pero también como maestro ejemplar el uno y alumno del buen hacer el otro. Gracias Rafa. Suerte Carlitos.