En la reciente entrevista a “Il Corriere della Sera” el Papa Francisco ha desvelado algunos detalles de su conversación con el patriarca de la iglesia ortodoxa rusa, Kirill. El Papa, entre otros argumentos contra el apoyo a la guerra del líder espiritual ruso, dijo: “El patriarca no se puede convertir en el monaguillo de Putin”.
Hace exactamente veinte años, en junio de 2002, el politólogo Robert Kagan publicaba el artículo “El poder y la debilidad”, en el que comparaba la política exterior estadounidense, basada en la fuerza, con la europea, basada en la diplomacia. Tras dos décadas, podemos decir que Rusia ha vuelto a retomar el concepto del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, poniendo en evidencia la debilidad de quienes no logran detener la guerra con las “armas” del siglo XXI, es decir, la diplomacia y las sanciones económicas. La cuestión de fondo, sin embargo, es si se están utilizando la diplomacia y la economía adecuadamente y con el convencimiento de que pueden ser las claves para detener el conflicto.
La guerra en Ucrania va a suponer un cambio en nuestra manera de concebir el mundo incluso mayor que el 11-S. Si en aquel momento el peligro procedía del terrorismo internacional y su combate condicionó la vida cotidiana en nuestras ciudades -recordemos la vigilancia permanente de “infraestructuras sensibles” como estaciones de tren y aeropuertos- ahora el peligro proviene de uno de los países que se sientan en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Estamos ante un cambio de paradigma en el que algunos de los elementos fundamentales de la globalización, como el papel de las instituciones internacionales para armonizar las relaciones entre los pueblos, empiezan a perder credibilidad entre los ciudadanos.
En este contexto, no deja de resultar escandaloso que Rusia siga financiando el conflicto con el petróleo que vende al exterior. Según reveló el Wall Street Journal el 21 de abril de 2022, los compradores evitan las sanciones camuflando el destino del crudo. De hecho, la Unión Europea sigue sin llegar a un acuerdo para vetar totalmente la compra de petróleo o, incluso, para que los buques con bandera europea dejen de transportar el crudo proveniente de Rusia.
Da la impresión de que Putin tiene muchos monaguillos.