Hace unos días cené con un prestigioso teniente general español y un eminente general francés. Ambos coincidían. Si Suecia y, sobre todo, Finlandia se decidían por incorporarse a la OTAN la única reacción rusa sería la nuclear, lo que situaría al mundo al borde del precipicio de la III Guerra Mundial.
Sin aspavientos, sin exageraciones, sin alarmas desbocadas, la realidad es que Rusia, como se ha visto en Ucrania, carece de potencia para enfrentarse a la OTAN en una guerra convencional. Y el presidente Putin ha podido comprobarlo en las últimas semanas. Su situación nuclear, sin embargo, parece diferente. Al margen de las engañosas cifras oficiales, Putin dispone de un colosal armamento nuclear, tanto aéreo como subacuático y terrestre, que araña al de los Estados Unidos de América.
Y amenaza con él. Que Finlandia abandone su neutralidad de décadas para integrarse en la OTAN, significa que Moscú instalará en Kaliningrado rampas de misiles amenazadores no solo para Finlandia, sino para toda Europa. Solo un descerebrado apretaría el botón nuclear. Pero la Historia ha demostrado hasta qué punto el riesgo de confrontación es grande cuando se llega a determinados extremos. Arnold Toynbee confiaba en los pueblos, no en los hombres individuales a veces ensoberbecidos, enloquecidos en ocasiones. Oswaldo Spengler participaba de la misma idea, seguramente compartida por una buena parte de los filósofos de la Historia.
Mis dos interlocutores militares, tanto el español como el francés, se pronunciaron en favor de la probabilidad prudente, pero ninguno de ellos descartó la posibilidad de que la reacción nuclear rusa desembocara por locura o por azar en el desencadenamiento de una devastadora contienda nuclear, de una guerra mundial de proporciones incalculables. No conviene, en fin, alimentar alarmas, pero sí poner los pies sobre la realidad.