Opinión

Una muerte en Yenín

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 15 de mayo de 2022

Lo recuerdo bien. Sucedió en el año 2000. Era el comienzo de la llamada Segunda Intifada. No debería llamarse así, por cierto, porque se supone que una “intifada” es espontánea y aquello de espontáneo no tuvo nada. Un padre y su hijo parapetados tras un bloque de hormigón en medio de un fuego cruzado entre israelíes y palestinos. El hombre se llamaba Jamal Al-Durrah y trataba de proteger a su hijo, Mohammad, en medio de la balacera. El camarógrafo palestino Talal Abu Rahma, que trabajaba para el canal público de televisión France 2, lo filmó todo. Una ráfaga mató al pequeño. La “voz en off” que acompañaba al vídeo contó que “Jamal y su hijo Mohamed son el blanco de fuego de las posiciones israelíes”. Bastó una frase. Israel aparecía ya como culpable. Había nacido el “Caso Al-Durrah”.

La imagen del pequeño muerto en las rodillas de su padre se convirtió en un símbolo. Los grandes medios de comunicación se hicieron eco a las pocas horas. Hubo manifestaciones, protestas y pintadas en todas las grandes ciudades del mundo islámico. El progresismo europeo y estadounidense se apresuró a enarbolar, una vez más, la bandera palestina. Este icono representaba una de las acusaciones más antiguas vertidas contra el pueblo judío, reformulada ahora contra el Estado judío democrático: el asesinato de niños. Más de veinte siglos de propaganda antisemita alimentaron el imaginario colectivo: el asesinato ritual, el “libelo de sangre”, la sangre del inocente vertida, una vez más, por los mismos. No hubo tópico judeófobo que no aflorase. A los israelíes ni siquiera se les dio el beneficio de la duda. Todo parecía cuadrar y, a fin de cuentas, había imágenes y había salido por la televisión. “Todo el mundo lo había visto” como si la apariencia fuese una prueba de cargo suficiente.

Las investigaciones posteriores revelaron, sin embargo, que la atribución de la muerte a las fuerzas israelíes era dudosísima por no decir directamente falsa. En Francia, el “Caso Al-Durrah” se ha convertido en una “causa célebre” sumida en pleitos y recursos. Los que sostiene que al niño lo mataron fuerzas israelíes acusan a los críticos de esa versión de ser “proisraelíes”. Hace mucho tiempo que la verdad parece haber cedido ante “el relato”. La estructura narrativa del fuerte frente al débil, el rico frente al pobre, el oprimido muerto a manos del opresor ganó fuerza durante la Guerra Fría. La propaganda antisemita soviética, la que presentaba al “antisionismo” como algo diferente del “antisemitismo”, seguía surtiendo sus efectos a comienzos de este siglo. Hoy por desgracia sigue gozando de excelente salud.

La trágica muerte de la periodista de Al Jazeera Shireen Abu Aqleh durante una operación antiterrorista contra la organización terrorista Yihad Islámica en Yenín tiene visos de convertirse en otro relato de esos que no cuentan lo sucedido, sino que enmarcan la narración en un juego perverso de estereotipos, prejuicios y sesgos al servicio de una causa política. Por el momento, no se puede descartar ninguna hipótesis sobre la muerte de la reportera. De nada parece servir que Israel haya reclamado una investigación conjunta ni las advertencias de que los propios terroristas dijeron que habían alcanzado a alguien: “Le dimos a un soldado, yace en el suelo”. Ningún soldado israelí resultó herido. Es legítimo preguntarse, pues, a quién hirieron los terroristas. Hay otros datos como la geolocalización de los soldados que obligan a la cautela a la hora de atribuirles la muerte. La Autoridad Palestina se ha hecho cargo el cuerpo y controla la investigación. La historia que se ha ido publicando, pues, responsabiliza una vez más a los israelíes. Ahora bien, por el camino se han ido quedando esos detalles cruciales que dificultan el sesgo y estropean el “relato”: “Le dimos a un soldado, yace en el suelo”.

Sentadas las bases de la narración -ya saben, el arquetipo del judío asesino de inocentes, el estereotipo del soldado inhumano de gatillo fácil, la trama del ejército poderoso frente a los “militantes” que luchan con piedras- la historia cobra vida propia. Policías cargan contra los palestinos que portaban el féretro a hombros. Lo hemos visto en la televisión. No se emitieron imágenes de los minutos previos, cuando se convirtió el entierro en una manifestación política, ni pudimos contemplar los vídeos de los palestinos que hostigaban a esos policías que cargan. Esas grabaciones existen, circulan por las redes sociales, pero les falta el marco narrativo de las noticias, los informativos y las crónicas. Ese espacio simbólico queda reservado para el relato aceptable, el previsible, el consolidado por décadas de propaganda que pretende convertir a Israel en culpable automático e irredimible. Se priva, pues, a esos hechos del poder de generación de consensos que todavía tiene la televisión.

Admitamos que en los Estados Unidos esto se da con menor intensidad que en Europa. En nuestro continente, y por ende en España, la militancia política y la identificación con “los débiles” ofusca el sentido crítico y convierte en incómodas preguntas muy razonables. Preguntar qué había pasado antes de la carga policial o insistir en saber a quién decían los terroristas que habían alcanzado genera escándalo. Indagar lo ocurrido en pos de la verdad es, así, motivo de indignación.

La muerte de un inocente -ya sea un niño, un periodista o cualquier otra persona- es siempre una tragedia, pero no se repara con una injusticia ni con el silencio de quienes deben preguntar. A pesar de las imágenes -y tal vez debido a ellas- es dudoso cómo han sido los acontecimientos. Hay mucho que esclarecer tanto en torno a la muerte de Shireen Abu Aqleh como con relación a los incidentes durante su entierro. Al igual que en el Caso Al-Durrah y en otros, el relato propagandístico corre más deprisa que la verdad. Por eso, ahora, el sentido crítico es imprescindible.