No seré yo quien juzgue al rey emérito, que bastante tiene con lo que tiene merced a este país nuestro tan quebradizo en memoria y con ciertos políticos dedicados a sacarle brillo al cadalso haciendo lo posible por cargarse el “régimen del 78” o lo que es igual, acabar con la libertad democrática protegida por nuestra Constitución.
La puesta en escena de la llegada del rey emérito a Sanxenxo no ha sido del agrado en Zarzuela. Lógico que así sea. La actual Casa Real gusta de la discreción bien administrada y prueba de ello es que el rey Felipe VI huye de aquello que se aparte de los cánones de la buena educación palaciega. Lo ha demostrado y así lo viene haciendo para bien de la monarquía que nos representa, aunque mucho me temo que algo maniatado por el devenir de este gobierno que todo lo controla.
Comprendo que recibir a don Juan Carlos no es lo mismo que recibirme a mí, ahora bien, salvando las distancias, cuando un servidor regresa a Carraspe del Encinar la única que sale a recibirme es mi tía Eufrasia. Desconozco cuál es la diferencia a no ser porque en el bello pueblo gallego de Sanxenxo además de gentes muy cariñosas y amables, también tiene puerto de mar, mientras que en Carraspe tan solo está la fuente de los Cantales, que según la leyenda quien de ella bebe su agua se le quitan todos los males. Ya saben, cosas de los pueblos.
Como digo, no seré yo quien juzgue a don Juan Carlos que es un español libre de viajar a donde le plazca, comer pulpo a feira o hacer lo que se le ponga en el moño. Otra cosa son los secretos de alcoba que en todo caso habría que retrotraerse a la historia universal de la humanidad para nominar a cuantos hombres y mujeres de Estado y monarquías varias han gustado y gustan de practicar tálamo en casa ajena. Pero toda esta movida da juego para entretener al personal, es decir, desviar la atención ciudadana a base de holgorios traídos para el distraimiento de asuntos más cabales.
Llegados a este punto diré que más conviene el espigar definiciones y traer a la realidad cuantos dilemas de capital importancia nos aquejan, que no son pocos y afligen más a la supervivencia hogareña que la inquina monárquica de cuantos se sientan al banquete de Moncloa. Uno se entretiene en buscar pensamientos del exterior, publicaciones que emanan de fuentes más neutras en intereses que los serviles medios domésticos y claro, te encuentras con un artículo publicado en el Neue Zürcher Zeitung en donde se destaca el mal fario que tiene nuestro país en la actualidad: “Entregar a España los 140.000 millones de euros de la UE para superar la pandemia y la crisis no es actualmente responsable” Añade el influyente periódico suizo que sería más adecuado que el FMI y el Banco Mundial señalasen donde colocar ese dinero y que Bruselas ejerciera un férreo control sobre los fondos. “En España la tripulación es pésima –en clara alusión al liderazgo político- y podría hundir cualquier barco, incluso el más sólido” Continúa en su visión de la realidad cuando añade: “…… lo más lamentable es que los líderes políticos, mientras exigen sacrificios y responsabilidad a la ciudadanía y ésta responde de manera ejemplar, ellos lo hacen con una gran irresponsabilidad. No dan ejemplo y no actúan con lógica” Entiendo que este si es un asunto serio entre los muchos otros que nos rodean que no desmerecen sean tratados con el rigor de una política de Estado competente; claro que para eso hay que dar la talla dentro y fuera de nuestras fronteras.
Pero regreso al principio para recordar que si don Juan Carlos viene a España es por asuntos propios y voluntad de hacerlo como cualquier ciudadano con libre disposición de permitírselo. Sepan que otros han huido por serios ataques de cobardía y al parecer viven como reyes sin ni siquiera serlo o haberlo sido. Lo que sería de agradecer es que esta voluntad de hacer del emérito no perjudique la intachable labor que viene desempeñando su hijo Felipe VI a la corona y al país.
Si hay que hacer deberes en palacio preferible que cada cual ocupe el lugar que corresponde. La historia traerá causa de los decoros e indignidades en el actuar de cada protagonista, pero mientras tanto conviene tranquilizar al pueblo sin necesidad de distraernos con fuegos artificiales, más que nada por aquello de mirar hacia el futuro de una puñetera vez. Lo deseable es dejar de jugar con las cosas de comer, que cada vez escasean más los recursos para llegar a final de mes. Y eso no es ningún pasatiempo ni ninguna maniobra de distracción.