Opinión

La resurrección de la carne

TRIBUNA

José María Méndez | Miércoles 25 de mayo de 2022

Hablaba San Agustín sobre este tema y una mujer le interrumpió para preguntarle si entonces se le quitaría la verruga que tenía en la cara. San Agustín sólo pudo responder que Dios haría las cosas bien y todos quedarían contentos.

En todo caso, la anécdota nos invita a no ser tan simples como esa mujer y tratar de pensar mínimamente en serio sobre esta cuestión.

Lo primero es recordar el principio de individuación según los escolásticos: materia signata quantitate. A nivel de nuestros sentidos distinguimos por la piel los diversos individuos en un montón de manzanas. Y luego podemos contarlos. En un nivel más profundo, concebimos nuestro espacio extenso como al menos dos partículas de diámetro un hodón, separadas por una distancia de un hodón. Hodón es la longitud mínima de nuestro cosmos, que Planck estimó en 10-33 centímetros.

Lo segundo es comprender que la palabra “materia” no se reduce a lo extenso o lo percibido por la vista y el tacto, como erróneamente pensó Descartes. Una melodía musical, por ejemplo, no es extensa. La extensión implica existencia simultánea de sus elementos. Sin duda las notas musicales son producidas por algo extenso, como la vibración de una cuerda o del aire. Pero si sonasen todas a la vez, desaparecería la belleza de la melodía. La existencia sucesiva de las notas es percibida por nuestro oído como algo material. Su belleza es materia no extensa.

Hablando más en general, puede existir materia que no sea percibida por nuestros cinco sentidos, directa o indirectamente. Imaginar lo contrario, aunque sea lo más corriente en la calle, es incidir en la falacia de Berkeley “esse est percipi”.

Dicho de otro modo. Puede haber muchos otros tipos de “materia” distintos de lo que es accesible de un modo u otro a nuestros cinco sentidos. En todo caso la noción de materia sirve como principio de individuación, como decían los escolásticos. Un individuo está limitado cuantitativamente en toda dimensión pensable.

Por tanto, los ángeles no pueden ser espíritus puros. Si hay al menos dos ángeles, algún tipo de materia los limita y constituye en individuos. Sólo Dios puede ser pensado como espíritu absolutamente puro o ilimitado. Ni siquiera podemos considerarle como un individuo, ni asignarle el número cardinal 1 o el número ordinal 1º.

Cabría invertir el principio escolástico y entender por “materia” cualquier limitación en todo que dé lugar a individuos repetibles. Materia equivale entonces a “finitud en todo”. Ser individuo supone poseer algún tipo de materia. Sólo Dios es propiamente “infinito”, si este adjetivo es entendido negativamente como “ilimitado en todo”.

En cuanto a la materia extensa, la no muy conocida fórmula n al cubo es igual a n más el producto (n-1)n(n+1) sugiere que tres dimensiones longitudinales cierran un cuerpo y lo constituyen en individuo con volumen finito, o “piel” por así decir. Es

nuestro mundo familiar. Con más de tres dimensiones todo resulta mucho más complejo e improbable. En la misma dirección apunta la multiplicación vectorial iterada dos veces. Por otra parte, la materia no extensa de una melodía es obviamente finita en el tiempo.

En mi opinión, la distinción materia-forma, tan usada por aristotélicos y escolásticos, no pasa de ser una “façon de parler”. aunque sin duda sea útil para entenderse en muchas ocasiones.

Lo esencial, por tanto, es oponer “material” a “espiritual”, aunque ni siquiera el espíritu humano será absolutamente espiritual en el cielo. Allí seguirá siendo un individuo y por tanto con algún tipo de materia. Será también persona única en la historia. Pero no dejará por eso de ser a la vez un modesto individuo repetible.

Enlacemos ahora con lo dicho en nuestro artículo “¿Qué es el hombre?” (18 mayo 2022). Llegamos allí a la conclusión de que hay Redención para los humanos, porque hubo pecado original. Y como no hubo herida originaria en los ángeles, no hubo Redención para ellos. En todo caso, se postula un vínculo lógico entre los conceptos de Redención y pecado original, que formalizamos por el coimplicador.

En rigor, hasta aquí llega el filósofo, que no entra en si de hecho hay o no ángeles, sino que especula con la hipótesis de que los hubiera. En adelante tiene que convertirse en un teólogo, que admite que Jesucristo es Dios encarnado en este mundo. Todo lo que dijo es admitido como absolutamente verdadero.

La Redención implica una intervención divina que perdona y reduce a la nada los crímenes e injusticias de los humanos. La realiza Jesucristo muriendo en la Cruz. Pero también resucitó al tercer día, para que los hombres arrepentidos pudieran resucitar con Él y ascender a un cielo en el que serán perpetuamente felices. Así pues, la Redención comprende dos capítulos bien distintos.

El primero es la aniquilación del mal mediante el sufrimiento de Aquel que es inocente de toda culpa. Yo no entiendo cómo o porqué esto es así. Y no creo que haya alguien que lo entienda. Pero en todo caso, no es el tema que ahora nos ocupa.

El segundo capítulo es la resurrección de la carne. El creyente está llamado a resucitar con Cristo. El pecado original se hace paradójicamente inseparable de la recepción del don supremo de los operadores lógicos, que nos constituyen en personas irrepetibles en la historia universal y abiertas a un glorioso destino eterno.

De modo sorprendente, lo que parecía al principio una desgracia y una pérdida se convierte en un paso intermedio hacia una felicidad superior. En el cielo los bienaventurados seguirán siendo libres en sentido positivo. Esa es nuestra dignidad esencial. Una vez otorgada la libertad positiva por Dios, luego no la arrebatará. Pero los bienaventurados ya no serán sometidos a prueba. Nada amenaza ya su felicidad. Podrán teóricamente hacer el mal, si siguen siendo libres en sentido positivo, pero de hecho no lo harán nunca. Entonces tendrán sentido la frase “yo soy mi cuerpo” y la unidad substancial que postulaba Aristóteles.

Así pues, tiene que tener algún tipo de materia apropiado para el concepto de “resurrección de la carne”. Como mínimo, una materia no sometida a entropía o a la muerte. Las personas humanas son espíritus únicos en la historia universal; de acuerdo. Pero no por eso dejan de tener algún tipo de materia, o ser individuos finitos en todo.

Por último, recordemos algo elemental en lógica. Sólo lo contradictorio no puede existir. En cambio, todo lo consistente puede existir. Si el teólogo vuelve a su primitiva condición de filósofo, lo menos que puede afirmar es que la resurrección de la carne es un concepto consistente en lógica.

Hay un segundo dato a tener en cuenta. La materia de los bienaventurados ha de ser capaz de sentir el placer. La de los condenados, de sentir el dolor. Pero extrapolar sin más nuestras experiencias de placer y dolor al más allá es volver a la mentalidad de la mujer con la verruga en la cara. Eso es simplismo y carencia de toda racionalidad. En realidad, las objeciones vulgares contra la resurrección de la carne, que se escuchan en la calle, e incluso en aulas universitarias, sólo proceden de la ignorancia de la lógica o de la incapacidad de pensar con rigor.

Como empezamos con San Agustín terminemos con él. Cuando era catedrático de retórica en Milán asistió a la catequesis de los maniqueos, sentándose con los niños. De vez en cuando hacía una pregunta al catequista, y éste siempre respondía lo mismo. “No puedo resolver tu duda, pero cuando venga nuestro obispo itinerante Fausto, él lo hará”. Cuando llegó, San Agustín le presentó su lista de dudas. Y Fausto reconoció que tampoco él podía resolverlas.

San Agustín quedó tan admirado ante tanta honestidad intelectual, que le dedicó el mejor elogio pensable para un ”homo sapiens”: “No era tan ignorante que ignorase su propia ignorancia”.

Justo lo contrario de lo que cabe suponer de quienes se sonríen despectivamente cuando oyen hablar de la resurrección de la carne.