La Navaja Suiza. Madrid, 2022. 260 páginas. 15, 90 €.
Por Luisa Martínez
Los primeros “personajes” que aparecen nada más comenzar Los enanos son unas ratas: “Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas. Eran grandes, oscuras, de largo rabo. A veces se peleaban y daban gritos agudos”. Son las habitantes de la barcelonesa Pensión Eloísa, en los años cincuenta de la pasada centuria. La señora Eloísa la remoza, después del fallecimiento de la anterior encargada “una vieja avarienta que alquilaba los cuartos por diez pesetas. La gente dormía amontonada sobre colchones de paja y se hacia la comida en infiernillos de alcohol”. Pero ese lavado de cara no ha conseguido ocultar la miseria, material y moral, de esos años simbolizados en el claustrofóbico microcosmo de la casa de huéspedes.
Concha Alós (Valencia, 1926 - Barcelona, 2011) dibuja con mano firma ese espacio, en el que resuenan los ecos de Nada, de Carmen Laforet, y de La colmena, de Camilo José Cela, y lo puebla de personajes, los diferentes y variados huéspedes de la casa, de los que conocemos sus vidas, no precisamente felices, y no pocas veces anhelantes de un cambio que no se produce. Así, la señora Cleo, antigua bailarina en Tánger, casada con el sefardí Alfredo, vendedor ambulante, y pequeño ratero, a través del cual buscó la respetabilidad. O el joven marroquí Mohatá que quiere buscarse la vida como boxeador, la prostituta Sabina, que se fue de su pueblo, pues su padre mató al sacerdote y al señorito, por lo que sería fusilado y su familia marcada. También María, llegada a Barcelona desde su Mallorca natal. Las dos mantienen conversaciones en las que Sabina manifiesta: “Lo bueno hubiera sido nacer hombre. Eso sí que hubiera sido una buena cosa [...] En mi pueblo las mujeres no pintan nada. Valen menos que un burro, menos que una orza de aceite... Yo solo volveré allí del brazo de un tío rico, aunque esté podrido...O sola, pero llena de dinero”.
En la novela se entrelaza el punto de vista en tercera persona con pasajes en los que toma la palabra María, que escribe un cuaderno donde confiesa una culpa, vuelca sus sentimientos, comentarios sobre los otros inquilinos de la pensión, y reproches hasta la misma Divinidad: “Quisiera volverme contra ese Dios mudo que nos gobierna y preside. Y preguntarle: ‘Por qué, Señor’. Preguntarle con furia para que no tenga más remedio que descender, que condescender”.
Publicada en 1962, con Los enanos -originalmente titulada El sol y las bestias-, obtuvo el Premio Planeta, pero se le retiró por una cuestión de derechos de autor, pues había presentado antes la obra a Plaza & Janés, que la rechazó por juzgarla demasiado crítica. Dos años después se alzó con el Planeta con Las hogueras. Feliz iniciativa la de La Navaja Suiza de recuperar esta significativa muestra de novela realista, de pesimista visión: “Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se esconden para reírse”.