Tuve noticia de él, en mis comienzos, por mi maestro Carmelo Bilbao, que le admiraba mucho. Y se notaba en su pintura.
Escribí este artículo durante su exposición en el Museo Thyssen, que no pude ver. Su exposición me tentaba, pero no tanto como para desplazarme a Madrid con ese objeto. Curiosamente, tuve que ir, por obligación, cuando solo quedaban tres días, pero entre la obstinación de los empleados y una inoportuna huelga, me quedé sin verla. Madrid puede más que yo.
Estamos acostumbrados a exposiciones de audiencias masivas, pero la de Hopper fue una locura. La gente hizo, una vez más, mangas y capirotes a los alegres enterradores de la pintura. Aun para mi, fue una sorpresa que un pintor, que yo creía no demasiado popular, tuviera aquella audiencia.
Me atrevo a comentar su obra, aunque perdida esta ocasión, he visto, directamente, muy pocas obras suyas.
Hopper es un grandísimo pintor que se merece este reconocimiento aunque su lectura y su poesía, sencillas y directas llegan, inmediatamente, al contemplador. Totalmente a contracorriente de este tiempo, tan tocado por el Arte Conceptual y tan proclive a valorar el Arte por el mensaje literario o social que contiene, y que encuentra en los cuadros de Hopper campo abonado para la discusión y la controversia.
Los cuadros de Hopper no tienen ese mensaje. No importa que los pintores, este también, se desgañiten explicando que su intención no es transmitir ningún mensaje, sino captar los misteriosos efectos que la luz, las distintas luces, producen en las superficies y figuras. La luz y el color siguen siendo los problemas a resolver en la pintura.
De ahí, si os fijáis en los títulos de algunos de sus cuadros, su preocupación por fijar en el tiempo, como un notario, el objeto, la anécdota y sus luces temporales, referidas a la hora, el día, la estación, el lugar, etc.
Naturalmente que, para ello, tiene que elegir objetos, paisajes y figuras que pueden parecer ilustraciones de alguna historia y nadie, como Hopper hace que sus personajes, como sorprendidos fotográficamente en actividades rutinarias, inciten a ello. Pero ojo, nada de superficialidad, pues también, como los grandes artistas, consigue que la suma de sus obras, de fé de una época entera. En eso tambien Hopper es un gran maestro.
Fue un artista de sólida formación académica, consolidada con viajes a Europa, aunque después de sus veintiocho años, no volvió a viajar. No tuvo, durante su vida, un gran reconocimiento, incluso llegó a abandonar la pintura y durante ocho años se dedicó al grabado y al diseño gráfico. Solo, después de su muerte, en 1967, se le empezó a considerar, justamente, como uno de los pintores figurativos más importantes del siglo XX.
Técnicamente, su pintura no era perfeccionista en el acabado, aunque sin llegar a la libertad del Impresionismo. Su trabajo era lento y su producción no muy abundante y toda ella basada en temas con sello inconfundiblemente americano: Casas, calles, barrios, playas, carreteras, tiendas, faros, veleros, interiores, cafeterías, cines, hoteles, oficinas, porches, etc…temas y personajes que nos parece haber visto, mil veces, en el cine. La influencia recíproca del cine y la pintura de Hopper es notoria.
La visión de sus personajes nos hace sospechar que la opinión que Hopper tenía de la sociedad americana o de todo el género humano, no era muy elevada y en ellos se ve reflejado su propio carácter taciturno y solitario.