José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 29 de septiembre de 2008
Muy distanciado de los prototipos y pedigríes de los políticos y gobernantes actuales, el cardenal Cisneros fue, sin duda, un estadista de trazos singulares. En casi todo vio claro y lejos, singularmente, en cuestiones internacionales, principal piedra de toque para medir la estatura de un hombre de Estado. En 2008 –quinientos años de la posesión de1 Peñón de la Gomera, y en vísperas de idéntica conmemoración referida a la ocupación de Orán, 1509- se revela ocioso cualquier detenimiento en el tema. Energía, austeridad, inteligencia y sentido nacional amasaron una personalidad de gobernante en la que es difícil penetrar por lo berroqueño de su intimidad, a prueba de biógrafos de grandes superficies y versatilidad incesable.
Pese, sin embargo, a su apartamiento de círculos académicos y tribunas mediáticas, su evocación será siempre oportuna. Así sucede especialmente en tiempos de asoladora decadencia de los estudios humanísticos en España –y, también, aunque menos, fuera de ella- y de su proscripción de facto, aunque todavía no de iure, de un recinto como el Alma Mater, del que el buen cardenal creía, con tino, que era su solar natural y nutricio. Al fundar una de las quine o veinte instituciones que edificaron la España moderna, la Universidad Complutense, no vaciló –verano de 1513- en incorporar a su flamante claustro, a modo de ganancia y desagravio, a Elio Antonio de Nebrija para que “leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España…”. Palabras singulares que debieran esculpirse en los frontispicios de todas las aulas universitarias de la nación: tales son su generosidad, perspicacia y sentido y entrañamiento de la pietas histórica, sin la cual no hay patria ni convivencia posible. Que en nuestro país haya algún gesto como éste hace olvidar sus muchas sombras y reconcilia con su acervo y destino.
Al ser fichado por Cisneros, el humanista sevillano, recién transpuesta la frontera entonces inimaginable de la setentena, acababa de ser rechazado, en la Salamanca de su idolatría, para regentar la cátedra de Prima de Gramática, conquistada por un bisoño licenciado… “Cosas de España”, como diría, siglos más tarde, alguien que nos conoció bien aunque no nos quiso, R. Ford. Por fortuna, en esta ocasión, la injusticia se reparó y durante diez años aún la cultura hispana, en plena fiebre creadora por aquellas fechas, se adensó más por la pluma –alcalaína ahora- de un estudioso cuya genialidad y servicios tuvieron, en vida, la rara suerte de encontrar reconocimiento y estímulo por un gobernante sensible a la grandeza intelectual y a la gloría quizá más auténtica de un pueblo.
Sólo envidia –sana e insana- y melancolía puede provocar hoy la actitud del híspido cardenal madrileño. Una Universidad en la que la cadena de sus docentes ofrece casi todos sus eslabones herrumbrosos o agrietados y en la que el culto a la excelencia es un mero flatus vocis y efectista pieza del marketing planificador, patentiza pesarosamente una postración de la que únicamente el respeto a la obra de los “seniores” y la apuesta decidida por el trabajo alquitarado podrán reflotarla a horizontes de rentabilidad cultural y social. En el tajo de las Humanidades, la presencia y referencia de los grandes nombres constituye todavía, junto a un aval de acierto, la garantía segura de que los afanes colectivos de alumnos y profesores marchan por el mejor camino. ¿In verbis magistri? Sí. Al menos hasta que desde Bolonia u otro gran hogar del espíritu no se alumbre una alternativa más luminosa y fecunda
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