Cultura

Penúltima de la Feria de San Isidro: de Rafaelillo a Don Rafael

(Foto: Efe).

TOROS

Inés Montano | Domingo 05 de junio de 2022

El penúltimo festejo de San Isidro. Lleno. Los toros de Adolfo Martín. Ya todos nos llevamos bien en los tendidos, somos benévolos con los descontentos y tomamos en cuenta los comentarios de los sabios. Explicamos a los noveles con paciencia las costumbres de este coso tan peculiar. Algún que otro chiste, que hemos escuchado ya por enésima vez, también nos hace sentir como en casa. Es una pena que la feria dure tan poco…

El maestro Rafaelillo nada más pisar el albero dijo: “Aquí estoy yo”. Mentiroso (1º), ovacionado al salir de los chiqueros, se entregó al capote del torero. Los hondos lances sin enganchar. Todo un logro. La segunda vara a mayor distancia que la primera fue aplaudida. Al llevar al toro con los pases bajos, el toro pierde las manos. El toro se muestra fijo en el engaño y noble. Hace posibles las series templadas, por ambos pitones, sin tocarle el hocico con la muleta. Aplausos y olés. Un encuentro entre el toro y el torero que lo supo entender, es decir, torear. Sin un paso más ni menos, aguantando lo que hubo que aguantar. Una gran estocada. El toro dobla. Una oreja. Muy meritoria por ser el primero de la tarde. Rafael Rubio Luján está hecho un maestro. Torea y sabe torear.

Aviador II (2º), de nuevo aplaudido al salir. Mala señal. La cornamenta veleta es grande. Mostró su genio al intentar a saltar. ¡Olé! se oyó en los tendidos. Rafaelillo adiestra a la alimaña con el capote. Hubo tercio de varas, porque hubo distancias justas para apreciar cómo iba el toro. El varilarguero, Agustín Collado, recibió merecidos aplausos. Recibió demasiados capotazos en las banderillas. Los pases de castigo hacen a Aviador doblar las manos, al reponerse rebrinca o cabecea. Rafaelillo está bregando para poder ajustarse al bicho. Al instante que se cree ahí lo tiene, enganchado, Aviador I cambia la dirección del vuelo y lo echa todo a perder. Bueno, no todo. Al tocar los pitones, Rafaelillo demostró que ha podido con el morlaco. Se deshace del estoque y se la juega en serio para poder sacar una serie de pases. No pudo ser. Al entrar a matar, pinchó sin soltar, pero a la segunda administró una estocada entera. Una gran ovación y saludo del diestro que en una tarde mostró qué es torear sin recurrir al tremendismo.

Manuel Escribano, igual que en su tarde anterior, estuvo muy voluntarioso. Dispuesto a hacer todo lo posible para conseguir la benevolencia del público. Tomatillo (2º) sigue el capote con fijeza. Toma las varas a mucha distancia. Talavante hace el quite por gaoneras o saltilleras, fue aplaudido. Escribano banderilleó con arrestos. El tercer par al violín con un quiebro espectacular. La faena dio buenas tandas por la derecha, aunque el pitón izquierdo se ciñe más. Habría que hacer filigranas para mantener el ligazón entre las dificultades que planteaba el toro y su falta de fuerza. El burel aprovecha el desajuste de las distancias y empieza a acosar al diestro. Silencio.

Baratero (5º) fue recibido a la porta gayola. Bien resuelto este trance, Escribano se pone a lancear, pero es desarmado. Baratero no fue fácil de templar. De nuevo, Escribano toma los rehiletes y recibe aplausos por los tres pares, de los cuales el último por los terrenos de adentro, muy comprometidos para el diestro. Es de notar que los tercios de banderillas de Manuel Escribano tuvieron lo que faltó a la mayoría de las tardes de San Isidro: la brevedad y la variedad. El secreto es sencillo: ir al toro esté donde esté y no quedar esperando que se lo sirvan a capotazos. El toro iba con muchos bríos, desarmó en un derrote violento. Algunos pases, pero pronto la condición del contrario empeora y lo que vimos un gran alarde de valentía, algo exagerado quizá, porque se expuso a una voltereta y, poco después, se salvó de una cornada al agarrarse al toro. Ovación.

Aviador I (3º) salió con tendencias nada alentadoras: parado, aquerenciado a los chiqueros. Mas entró en el capote de Alejandro Talavante humillando y tomó las dos varas a distancia. Jesús Díez Fini fue ovacionado por el público por los rehiletes puestos. El astado no fue un torillo fácil para el lucimiento. Daba unos pases laterales, observando al diestro. Había que llegarle y llevarlo bien embebido en la muleta. Talavante forzaba la compostura, pero forzaba al toro que al final se descompuso. Además, rectificando mucho su posición el diestro enseñó al toro que del cabeceó pasó al ataque directo. La estocada entera en la paletilla (después de un pinchazo).

Aguador (6º) fue el que más protestas causó, fue sustituido por un sobrero de Garcigrande, Cuarenta y Uno. El torillo tenía mucho cajón que llegaba a 615 kilos. Sin embargo, galopaba bien y al llegar al caballo: ¡ahí se quedó! Literalmente, no hubo manera de sacarlo debajo del peto. Sale con malhumor, desarmando. Entra a tomar la segunda vara con tal ahínco que lleva a la cabalgadura con su correspondiente caballero a las tablas, a los tercios. Acaba el trío en las tablas. Los peones no sabían qué hacer. Colearon, pero las protestas los desalentaron. Sólo gracias a un monosabio que cogió la cola del torazo con decisión y destreza fue posible la continuación del espectáculo. No lo llamamos lidia, porque no había un lidiador. Estuvo peligroso en las banderillas. Lo mejor de la faena fueron los primeros pases para cambiar al morlaco de terreno, luego una tanda, pero se quedó parado. Parece que Talavante lo intentaba, parece que el toro no se dejaba. Todo fue un parecer. No hemos vuelto a ver Talavante de la tarde con El Juli, cuando salió voluntarioso y decidido a sacar del toro todo lo posible. Codilleaba tanto en la suerte suprema que necesitó unos ocho o nueve intentos.

Una protesta, más bien, un escándalo con gritos de ¡Fuera! ¡Fuera!, es lo que consiguió Alejandro Talavante por sus cuatro tardes de “ausente presencia” en el ruedo de Las Ventas. Todas las tardes estuvo absorto, ensimismado, a veces sin acudir a hacer un quite, otras sin mover un músculo para ayudar a un torero en apuros. Muy mal. Talavante que ha vuelto no es el mismo que se fue. Si seguimos así, muchos pensarán que no hay cosa peor que irse cuando nadie lo siente y volver cuando nadie te espera.

  • Hay que insistir en afear el comportamiento de los espectadores que tiran las almohadillas. No puede haber justificación alguna para este incivil comportamiento.
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