El deportista tiene que elegirse mediocre o campeón. Casi todos eligen al primero, pero Rafa Nadal tenía la voluntad de poder para ser el segundo. Jugar al tenis es una prestidigitación y hay días y días, porque a veces un deportista no está en forma. Pero Nadal solo vive días de gloria y el buen tenista filtra la luz del país, las luminarias del mundo, por entre las cuerdas de la raqueta, el tamiz del sentimiento patrio y los anhelos de las mujeres que desearían que sus maridos fuesen como él.
“Mi mujer lo idolatra”, ha dicho esta mañana en televisión un compañero en una tertulia matutina; yo me preocuparía. Porque a veces los maridos estorban en el matrimonio, antes o después, como un mueble viejo en el rincón del ángulo oscuro, pasados los años, los polvos y los lodos. Y ahí está Nadal, raquetazo va, raquetazo viene, con sus reveses y sus drives, rompiendo al rival y los corazones femeniles, incluso cojo y haciendo que la prensa escriba lo de su osteocondritis del escafoides, como si fuese especialista en medicina y cronista deportivo, recordando cuando se lesionó en Estoril, en 2004, cuando éramos todos más felices... La pureza y lo esencial están en Nadal, que hace lirismo del pelotazo.
Nadal es hombre de frases sencillas y emociones fuertes: “Si funciona este tratamiento seguiré; si no, no seguiré”, ha dicho a la prensa, interesada por el futuro del dios de la raqueta. En su Academia de Manacor, en Mallorca, su tío y él forman a sus sucesores, pero de momento, el maestro sigue derrotando a sus discípulos, como Casper Ruud, que lo adoraba (no sabemos si después de esta derrota también). El deporte es deporte porque tiene dolor, el dolor del derrotado pero también el del invicto; si no tiene esta tragedia, no es deporte, sino anécdota. España se ha hecho identidad en Rafa Nadal, que marida a los comunistas y a los de la derechona, que siempre llegan a un acuerdo al hablar de él y cantar/contar sus fazañas: lo del 6-0 del tercer set a ese chico noruego, tan joven… La derrota a su ídolo, Carlos Moyà, en Hamburgo, en 2003. Lo apasionante ahora de la épica de Nadal, quizá, de su gesta deportiva, no es lo que se ve, su estudiadísima gestualidad y las cruces que hace tumbado sobre la arena después de cada partido, cómo muerde las copas y las medallas y todo eso, sino la posibilidad de que el dios se haga hombre en medio del espectáculo, del torneo de fuego y pelotas, gemidos y esfuerzo, el momento único de un hombre retando a las fuerzas de la naturaleza, creando con su ritmo su propio récord, que es a la vez colectivo y desafía a lo humano. Un hombre capaz de jugar al tenis a ese nivel en Roland Garros con un pie roto y al que no siente porque la extremidad está borracha de anestesia hace que se pare la gente por la calle. Porque a medida que somos más críticos con el sistema que nos rige, aparece un Nadal, llega el héroe y nos redime de tanta vileza, vemos más al hombre, a la especie, a la que creíamos haber perdido.
El espectáculo de Rafael Nadal, su ir y venir por la pista, donde importan sus anhelos, su juego de piernas, su raquetazo prodigioso y su capacidad de proyectar una parábola imbatible sobre el incauto que osa competir con él, nos habla de un hombre que se hace verdad entre tanta mentira, y que la comunica con sus hechos. España se afirma en Nadal, lo necesita, porque igual es la única realidad tangible a la que puede aferrarse, aquella que le puede servir para modificar el curso de las cosas, incluso de la fuerza de la gravedad. En Nadal hay un hombre que vive en el propio universo que él ha creado, un orbe que es un modelo de resistencia y de superación. ¿A alguien se le ocurre un mejor ministro de Deporte?