Calle de Tabernillas, muy cerca de la calle del Águila, Puerta de los Moros, dormideros de acogida, bodegas y despachos de vinos durante cinco siglos, la tradición es un chato, la soledad una sombra, de Galdós a Sabina, ay. Tabernillas de Parla, por el origen del caldo, aunque otros llamaban así al mayor tabernero de la zona, y la de Andrés Rodríguez, después Tomás González, mucho musulmán con el botijo bajo la chilaba, y una máxima que Tomás/Andrés seguro pusieron a medias: “Abro cuando llego y cierro cuando me voy”. A saber dónde andas entre medias, man.
La Copita Asturiana, fachada roja, número 13, y la de Joaquín Blanco, azulejos y barra de mármol, y el joven Benito Pérez Galdós por La Latina con los ojos como platos y el ciruelo tieso: “Vivía en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los madrileños del centro es donde Cristo dio las tres voces y no le oyeron. Es aquel barrio tan apartado que parece un pueblo” (Fortunata y Jacinta). Número 23, buhardilla, antiguo zaquizamí de Joaquín Sabina que asoma el morro y las cejas en Incompatibilidad de caracteres: “Siempre que en mi piso de Tabernillas llueve, en su buhardilla brilla el sol”. Espejo frente a espejo. Acera frente a acera. Cara frente a cara, unidas ambas por la lengua roja.
Toda la calle Tabernillas está llena de osos borrachos como Boris Johnson que bailan por Star Wars, a zancadas, levantando mucho los brazos, y simulando una espada imperial, una cogorza galáctica, perdonado por los diputados que ahora quieren ser lores, justo para peinarse como él y pasar desapercibidos. Una vergüenza: 211 a favor, 148 en contra del Partygate; botellón privado, mofa pública, vergüenza internacional. Downing Street: caldos gratis, vasos como orinales, música de gasolinera, jarras hasta el techo. Los Tories divididos/despendolados; los laboristas en línea para no perder turno en la próxima. Graham Brady, presidente de los conservadores, señalaba la pérdida de confianza, humo sin fuego, porque aquí no pasa nada, Mercedes, como cuando Umbral fue a hablar de lo suyo y montó el pollo. El jubileo anestesia, la Reina bebe y nada, a ver cuándo nos vemos, que ya hay ganas y el niqui pica.
Calle Tabernillas: aquí Joaquín Sabina escribió para el mundo Pongamos que hablo de Madrid, música de Antonio Sánchez, la letra en una servilleta, el papel más caro de la historia, bic y mucho golpe de muñeca tras el servicio militar recién cumplido en Palma de Mallorca, la vuelta de un Londres okupa del que huye tras lanzar un cóctel molotov a la sucursal de un banco en protesta por el Proceso de Burgos. Todos recordamos el disco: Malas compañías (1980). Escribe Javier Menéndez Flores en Madrid sí fue una fiesta (Libros Cúpula): “Sabina vomita en cada verso contra la ciudad en la que vivía y sigue viviendo. Madrid nos es mostrado como un lugar desolado y artificial donde el mar no se puede concebir, el sol es una estufa de butano y las estrellas se olvidan de salir. Un lugar desquiciado –los pájaros visitan al psiquiatra- en el que el deseo viaja en ascensores. Un espacio donde las ilusiones son asesinadas: las niñas ya no quieren ser princesas/ y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra”. El mejor oasis para un prófugo con las suelas de viento y mucha sed.
No faltó entonces la peste del momento: una jeringuilla en el lavabo. Un paisaje hostil, sin conciencia de futuro: la muerte es un metro a punto de partir. La muerte circula entre la gente (pasa en ambulancia blancas) sin que nadie se detenga a mirarla (como Boris Johnson entre su melena blanca, donde el Reino se bebe de un trago y el esgrima dura hasta las mil). Luego cambiaría el final pero entonces era: “cuando la muerte venga a visitarme/ que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie”. Calle de Tabernillas, los osos imitadores de Johnson son aplaudidos, todos brindan por la Reina Madre, un sombrero atroz que desayunaba ginebra en una pecera, Dubonnet siempre antes del almuerzo, vino con la comida, un martini antes de la cena, y champán de postre, por si la tos, antes de irse para la cama y hasta otra, muchos besos, mañana os veo, chatis.
En la calle de Tabernillas un genio, a base de vino negro, cubalibres baratos, mucho tiempo libre, pudo y puede hacer una completa obra de arte, pero no en la vivienda de un primer ministro, de tapadillo, con premeditación y alevosía, para ridículo del mundo (sobre todo por Star Wars, donde un inglés selecto no puede tener sueños americanos tan baratos). Johnson (muy despeinado para diputado, confuso para lord) aguanta y el personal aplaude. Todo lo perdona o disimula el jubileo. Ningún político debería beber una gota: la fiesta ya va en la nómina, amplia y marciana, sin merma y a gollete. ¿Siguen en el bar de nuestro Congreso los copazos a tres pavos? Los osos tocan por Tabernillas, porque quieren ser príncipes, y así escriben para el futuro, pero no sapos, lastrados por el desagüe histórico, porque ese río enlodado no sigue a ninguna belleza sino a su burla.
La elección es palmaria: Tabernillas o Downing Street. La silla de Galdós/Sabina, con todas las servilletas a disposición, cotiza valientes para construir un mundo inmortal desde el saldo pero no al revés. Lo contrario es un camelo, una mofa, la peor estafa: si alguien baja tantos escalones a esa velocidad es que nunca quiso subirlos. Un día lo dijo Sabina sobre Sardá y su programa: “Nunca me gustaron los señoritos que se ríen en público de las putas”. Da igual que lleven, al otro lado del charco, espadas de colores y rayas diplomáticas. La misión de políticos y artistas es la mejora entera de la Realidad (unos acaudalados, otros impecunes) pero sin esos fervores donde los más brutos levantan el vaso sobre el pueblo, en ocasiones, cadáver e insepulto. Esas fiestas, Yogui, págatelas tú. Y deja paso, tras limpiar el charco. Te esperamos en Tabernillas, a la una.