El inesperado e injustificado cambio radical de postura sobre el Sáhara Occidental de Pedro Sánchez se ha convertido en una de sus peores decisiones desde que llegó a La Moncloa. Poco después de salir vapuleado del Congreso de los Diputados por las críticas feroces de todos los grupos parlamentarios, incluido Podemos, Argelia anunció que suspendía “de inmediato” el Tratado de Amistad y Cooperación Comercial con España por su “injustificable” posición sobre el conflicto. En un duro comunicado, Argelia arremete contra” las autoridades españolas por una violación de sus obligaciones legales, morales y políticas como poder administrador del territorio”.
Las consecuencias de la traición de Sánchez al pueblo saharaui no solo han provocado su soledad parlamentaria y otra brecha en el Gobierno de coalición. Y es que Argelia suministra a España el 25 % del gas y las exportaciones de nuestro país ascienden a 3.000 millones de euros. A la indignidad política de Sánchez se unen las consecuencias energéticas y económicas que España pagará por su postura. Aún más, la avalancha de pateras de inmigrantes se ha multiplicado; en el último día han llegado a las costas españolas 6 embarcaciones con más de cien personas.
Pedro Sánchez ha traicionado la postura de todos los Gobiernos de España y ha despreciado la soberanía popular al ceder a los deseos de Mohamed VI para que la región se convierta en una autonomía. Como le ha recordado la ONU al Gobierno español, el conflicto del Sáhara Occidental debe resolverse con un "compromiso pleno de las partes con el proceso político facilitado por Naciones Unidas". Y ese compromiso, se basa en la resolución 690 de la ONU del 29 de abril de 1991 que reconocía el derecho del pueblo saharaui a la libre determinación.
Sánchez se ha rendido ante el chantaje de Marruecos, que cuando España no acepta sus irregulares planteamientos sobre el Sáhara, recluta oleadas de violentos inmigrantes para que se abalancen sobre la valla de Melilla y, luego, se queden ilegalmente en nuestro país. Pero resulta humillante que el Gobierno español ceda al chantaje de Marruecos. Y es un escándalo que, a cambio, el presidente del Gobierno ni siquiera haya sido capaz de lograr que Marruecos se comprometa a reconocer la soberanía de Ceuta y Melilla.
Pero en el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez no aportó un solo argumento que justificara su radical cambio de postura. Como es habitual en él, en lugar de aclarar su decisión, atacó a la Oposición y, sin venir a cuento, insultó a Aznar, Rajoy y Casado. Pero fue incapaz de aclarar por qué tomó tal decisión a espaldas de las Cortes Generales y de su propio Gobierno. Quizás la respuesta esté en el contenido de su móvil que supuestamente espió Marruecos. Quizás sus mensajes y documentos sean tan indignos como su postura sobre el Sáhara Occidental.