El 8 de octubre pasado, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg (Oslo, 1959), anunciaron que la Cumbre de esa organización político-militar se celebraría en Madrid, el 29 y 30 de Junio de este año.
No es un simple detalle que Jens Stoltenberg fue el primer ministro laborista que afrontó, con aplaudido sentido nacional, el atentado que costó la vida a varios jóvenes socialistas a manos de un fanático anti-globalización; tampoco que Stoltenberg haya sido un visionario del riesgo que suponía Putin para la paz en Europa.
Jens Stoltenberg es un socialista noruego, y forma parte de una notable serie de personalidades de la socialdemocracia europea, alternándose con representantes de otras ideologías democráticas, que dirigieron la OTAN desde que fue fundada en 1949, cuando respondió a la agresividad de la URSS de Stalin.
Aunque la mayor parte del esfuerzo militar correspondería a los Estados Unidos, Harry S. Truman (1884-1972), el presidente -grandísimo presidente- que creó la Alianza Atlántica, dispuso que fuera siempre un europeo quién la dirigiese. Entre los dirigentes de adscripción socialdemócrata, fueron secretarios generales de la OTAN, entre otros, Paul-Henry Spaak (1899-1972) -uno de los fundadores legendarios de la Comunidad europea-, o el español, Javier Solana (1942).
Estos ejemplos del compromiso socialista democrático con la OTAN, en tanto que defensora de los gobiernos constitucionales (frente a la amenaza de los regímenes dictatoriales), nos pone en la pista de la anomalía española, referida a nuestras actuales alianzas internacionales, derivadas de una Europa basada en la democracia liberal o representativa.
En concreto, ¿por qué en España, una parte de la izquierda política, se opone a la OTAN?.
Para contestar a esa pregunta retórica, vuelvo, una vez más, a mi idea de que España tuvo unas dificultades para asimilar el liberalismo político, por el peso de una historia particular, y esa dificultad fue grande, precisamente, durante el siglo XIX, el siglo de la extensión del liberalismo, porque España, a pesar de su tradición de país globalizado, estuvo aislada de Europa, y del mundo al que pertenecía; España, no sacó ventaja alguna venciendo a Napoleón, perdió la guerra con Estados Unidos en 1898, y no participó en ninguna de las dos Guerras Mundiales; y lo que fue más importante, quedó fuera de los tratados e instituciones que se crearon cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, un orden que todavía se mantiene, con dificultades, hasta hoy.
Esa puede ser la explicación a la anomalía, referida a la OTAN, como instrumento de las democracias liberales. La OTAN fue creada, como sabemos, en 1949, y España era entonces un Estado paria, identificado por sus antiguos aliados, Alemania, Italia y Japón, cuyos regímenes, parecidos al franquista, habían provocado la guerra. En 1949, España estaba fuera de la ONU, y por lo tanto, la respuesta del Régimen español a la OTAN fue de desdén; para la propaganda nacional-católica, Harry S.Truman, no sólo era un hereje protestante, sino que además era un masón.
Cuando España se trasformó en una democracia plena, con Adolfo Suárez, las tradicionales reticencias a ingresar en la Alianza Atlántica se mantuvieron. A pesar de los intentos, por ejemplo, de su ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja Aguirre(1935), Suárez se mantuvo contrario a ingresar en la OTAN. Leopoldo Calvo Sotelo (1926-2008), su sucesor en la presidencia del Gobierno, para afirmar una política exterior diferente, decidió ingresar en la OTAN, que tuvo lugar el 30 de mayo de 1982.
El PSOE, y las formaciones a su izquierda, se opusieron al ingreso. Además de una prolongada desconfianza a los Estados Unidos, que con razón se veían como la fuerza militar fundamental en la OTAN, tuvo mucha influencia la declaración de Alexander Haig (1924-2010), secretario de Estado con R. Reagan(1911-2004), cuando manifestó que “Es un asunto interno español”, refiriéndose al golpe de Estado de 23 de Febrero de 1981, en unos momentos que no se sabía si la democracia española sobreviviría.
El PSOE se opuso al ingreso, y se comprometió a celebrar un referéndum si llegaba al Gobierno. Entonces popularizó un eslogan ambiguo: “OTAN, de entrada, No”. Una vez en el Gobierno, los socialistas, y con España dentro de la Comunidad Europea (y no el revés, como con frecuencia se dice), convocaron el referéndum…para pedir el voto favorable a permanecer dentro de la OTAN. Ese referéndum fue un momento crítico. Felipe González dijo que dimitiría si perdía la consulta; surgió entonces Izquierda Unida, como fuerza contraria a la Alianza Atlántica; y los resultados del referéndum de 12 de marzo de 1986, un 56,85 por ciento favorable a permanecer en la OTAN, además de otras consecuencias de fondo, supuso que Manuel Fraga (1922-2012) dimitió de presidente de su partido, consecuencia de haber pedido votar abstención en ese referéndum, algo que no se entendió entre el conservadurismo europeo y americano.
Hoy la anomalía permanece, hasta cierto punto, como consecuencia de que la oposición a la OTAN adquiere la sonoridad de una parte del Gobierno actual. Sin embargo, ese sonido político durará poco. La OTAN, ahora ampliada con Suecia y Finlandia, aunque formalmente no está presente en Ucrania, la agresión de Putin, vuelve a representar una parte fundamental de la defensa de las democracias europeas.