Opinión

La Feria del Libro de Buenos Aires y dos actos culturales memorables

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 13 de junio de 2022

Las reacciones espontáneas de la gente forman parte de un fenómeno que en ocasiones desconcierta a los sociólogos. Autor de El contrato social y de Emilio, Jean Jacques Rousseau fue el principal representante de la Ilustración; sus actitudes -acaso impulsivamente humanistas- le hicieron ganar la feroz inquina de Voltaire. Así y todo, pese a esta rivalidad, se lo considera a Rousseau uno de los primeros escritores del Prerromanticismo e inspirador de la Revolución Francesa, en especial por el desarrollo de las teorías republicanas.

Según este pensador, “una de las ventajas de las buenas acciones es la de elevar el alma y disponerla a hacer otras mejores”. Frase que bien debiéramos tener en cuenta en la Argentina, sobre todo para atemperar los enfrentamientos ante una de las peores crisis éticas, económicas y políticas de su historia.

Pero, si bien las buenas acciones elevan el alma humana y emergen como contrapartida a las secuelas que en estos días nos infringe el Coronavirus y la Guerra de Ucrania, probablemente no sean suficientes. Sin embargo, más allá de estas conjeturas, el asomo de la cultura siempre resulta saludable y da paso, en este caso, al natural desenvolvimiento del desarrollo social encarnado en la cultura y, en este caso, en el notable resurgimiento de la 46 Edición de la Feria Internacional del Libro, que ya es una joven exitosa tradición de Buenos Aires, logrando una convocatoria que rompe cualquier esquema analítico.

Muchos coinciden que después de la pandemia que nos castigó en cada rincón del planeta, la gente necesitaba esparcimiento para olvidar una situación extremadamente dramática; en muchos casos mal llevada por el manejos de algunos gobiernos (verbigracia el actual de la Argentina), que sobrepasó los límites de la protección y del abuso de privilegios.

Lo cierto es que la actual exposición que se celebró en la Sociedad Rural arrojó cifras sorprendentes que van más allá de cualquier interpretación, no solo por la venta en una época de severa situación, sino porque fue visitada por una multitud que colmó los espacios de las editoriales y abarrotó los actos culturales que se desarrollaron simultáneamente. En fin, una gratificante y justiciera convocatoria donde los libros, que además se suponen golpeados por el universo virtual, parecen salir de sus escaparates para decirnos aquí estamos y seguiremos dando batalla.

Entre los ilustres visitantes llegados del exterior, sobresalió sin duda la presencia del consagrado novelista Mario Vargas Llosa que inauguró, en una misma tarde, la cátedra que lleva su nombre y presentó, a renglón seguido, la novela de Alejandro Guillermo Roemmers Morir lo necesario. Ambos actos fueron, sin duda, memorables. El Premio Nobel, en un diálogo con Javier Cercas y Alejandro Vaccaro, en el primero de los encuentros, elaboró conceptos lúcidos sobre el pasado y el presente de la literatura hispanoamericana, de los que fue él, a través del boom, uno de sus principales artífices de la renovación.

En el otro acto, en la misma tarde y casi a continuación del primero, Vargas Llosa acompañó a Roemmers y fue acompañado a su vez por la profesora María Rosa Lojo, el periodista y novelista Jorge Fernández Díaz y el poeta español, Luis Alberto de Cuenca, que con su inteligente buen sentido del humor le puso un condimento especial a la presentación.

Morir lo Necesario, es la segunda novela de Roemmers que con maestría de notable narrador nos introduce en un agitado mundo de sospechas y dramas familiares, drogas y corrupción, donde las vidas de Miguel, Facundo y el detective Fernández, los principales protagonistas, se verán entrela­zadas trágicamente. Llena de novedosos recursos narrativos, con ágiles diálogos que facilitan su lectura, la obra atrapa desde las primeras páginas. Pero no es el objetivo de este comentario realizar una crítica del volumen de Roemmers. Nos detendremos sí, en el diálogo mantenido con los presentadores.

A Vargas Llosa, hombre puro de la literatura y ocasionalmente de la política, lo sigue sorprendiendo el origen empresario de nuestro autor y su incursión en la poesía y la narrativa. Agreguemos que Roemmers transita desde muy joven por este camino, donde la maestría en el soneto lo califica como uno de sus mejores artífices formales, ya que es autor de varios libros de versos donde esa forma, creada por Giacomo de Lentini en el siglo XIII, ocupa el lugar central. Pero lo que asombra a Mario Vargas Llosa, decíamos, es la armonía lograda por Roemmers entre el arte de la literatura y la actividad empresarial. A la pregunta de Mario sobre si estas actividades no resultan antagónicas, esta fue la inteligente respuesta:

Nunca rivalizaron entre ellas. Desde el comienzo encontré una relación entre las dos actividades. Soy un activista del amor y uno de mis objetivos es ponerlo en marcha y que la gente empiece a cambiar. Por eso me gusta tanto San Francisco de Asís, porque con toda su humildad y sencillez Francisco lograba que las personas cambiaran y fueran un poquito mejores. Y eso es lo que me motiva a mí, tratar de ensayar un camino en el que las personas cambien y adquieran conciencia de lo fundamental que es este cambio. Yo soy un convencido que todo lo que hacemos con conciencia es espiritual, desde comer, lavarnos los dientes y ser útiles a los otros, se puede hacer espiritualmente si le ponemos atención”.

Alejandro Guillermo Roemmers concluyó luego explicándole a Vargas Llosa y al abundante público que colmó la sala, que su esencial propósito de vida está ligado a la literatura: “Mucha gente a mi alrededor me decía que quería entenderme, cómo podía ser que sea un empresario así. Hay un preconcepto, un prejuicio sobre los empresarios. Como si el empresario fuera un negociador frío cuando, me pongo ahora como ejemplo, yo soy una persona cálida en el medio empresario. Me dicen: ¿Cómo es que nunca hablas de dinero, de negocios, te divierte jugar con tus amigos, te pones a la par de todos y juegas al golf o a los naipes y disfrutas de la vida escribiendo. Y sí, es cierto; eso hago. Entonces esto hizo que un amigo me dijera que tenía que contar cómo era esto y yo le respondí: Sí, es algo que podría contar, y ahí surge y se explica todo”.

Después de las intervenciones de los restantes panelistas, que aportaron sus puntos de vista sobre Alejandro Guillermo Roemmers y su libro Morir lo Necesario. Un generoso aplauso cerró el acto por demás interesante que aportó otro un brillante acto cultural a la formidable Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Los manuscritos de Borges

Fuera de los actos de la Feria del Libro, pero como una extensión de sus alcances, Mario Vargas Llosa viajó a la ciudad de Rosario donde quien escribe esta reseña, lo acompañó en una mesa durante la exhibición de la muestra de originales de Jorge Luis Borges, pertenecientes a la colección “Roemmers–Vaccaro”. Allí, el Premio Nobel de Literatura, visiblemente emocionado, fue elaborando palabras que, impensadamente, lo llevaron a pronunciar una improvisada conferencia en la que exaltó a nuestro admirado Jorge Luis Borges que “con su letra diminuta y con la garantía de su genio literario, proyectaba su obra maestra”, comentó Vargas Llosa.

La exposición se llevó a cabo en la Fundación Libertad, de la ciudad de Rosario (ubicada en las orillas del Río Paraná, a 300 kilómetros de la capital Argentina). Esta institución, presidida por empresario Gerardo Bongiovani, como broche del lanzamiento de la “Cátedra Vargas Llosa”, fue la auspiciante de “Borges, años de esplendor literario”. Una variada cantidad de manuscritos que van desde fines de la década del ’30 a los años ’50 y se ofrecieron al público. “La exhibición no solo es de singular importancia para la literatura argentina sino también para la narrativa mundial -destacó Vargas Llosa-. En las vitrinas se pueden disfrutar los textos originales del autor de El Aleph”. La riquísima exposición contó en la oportunidad con un montaje especial a cargo de la señora Marisa Galvani y bajo diseño gráfico de Rodrigo Quiroga.

Estos textos originales, escritos con la diminuta letra de Borges, pertenecen a El jardín de senderos que se bifurcan, Ficciones y El Aleph, junto a otros escritos que proyectaron y dieron entidad a Jorge Luis Borges y su admirable creación. Así, deslumbrado, con un asombro casi juvenil, Mario Vargas Llosa se fue explayando y regaló a los asistentes sus enriquecedores conceptos. “Aquí están, con su letra diminuta, a veces casi ilegible, esos originales, que de primera mano, apenas con alguna tachadura, Borges entregó a la imprenta. Es emocionante contemplar estos manuscritos e imaginarnos a su artífice, concibiéndolos”, concluyó el escritor.