Opinión

Guerra de Ucrania y Feria del Libro

TRIBUNA

Carlos Díaz | Martes 14 de junio de 2022

La intención paradójica, según la propuso el logoterapeuta Víktor Frankl, consiste en hacer las cosas muy mal para perder el miedo a que te salgan mal, algo que no se me da del todo bien, a juzgar por lo ríspido de mis argumentos y los subsiguientes cabreos de mis lectores. Espero que lo mismo ocurra con este artículo sobre el escenario bélico ucraniano, esta preguerra mundial cada vez más parecida a una bellum omnium contra omnes, cuyo pánico ha propiciado la entrada en la OTAN de países que antes no habían visto las orejas al lobo.

Todo es tan complejo en esta guerra de Ucrania, que nada de lo leído me gusta hasta hoy, ni me gusta opinar sobre lo que no peleo en directo, lo que ocurriría si mis amigos, mis hijos o mis nietos –la mayoría de ellos noruegos- muriesen en el campo de batalla.

No soy poco ni mucho ni nada patriota, no se inflama mi yugular ni siquiera cantando Asturias patria querida. Qué despreciable debo de ser para los patriotas machotes, y que poco he estudiado o aprendido para no lograr ensanchar ni un milímetro sus mentes. Quizá por mi impericia como agrimensor no sé por qué un metro para allá es mi patria, a la que debería defender con uñas y dientes contra la suya, situada un metro más allá. Ni siquiera me consuela que los defensores de la paz universal como Emmanuel Kant hayan fracasado antes con mejores argumentos. Qué cobarde debo ser, y qué preconvencional por no anteponer el color de la bandera al color de mi sangre derramada. Qué daltónico axiológicamente al no distinguir los cromatismos más básicos.

Soy mal cristiano, como todos los buenos, quizá por eso no me alisto en las filas prietas de Judas Putideo, el cual no duda en arrastrar al mundo al caos, a la muerte de inocentes, y a la ruina y devastación ecológica, como lo está haciendo para salvar su patrioterismo cular. Tampoco me busquen en las ruinas patrióticas de Judas Ucraneo, cuyo país está poblado de mafias, de mercenarios, de proxenetismo y de gravísimas injusticias estructurales. Que sean ellos los que defiendan a sus muertos, los únicos que pagan el amargo precio de la desolación.

Como no podía ser de otro modo, me vale gorro quién domine, quién lidere o quién venza, a mí esas proclamas no van a convencerme a estas alturas del partido. Para ser más exacto, me parece una vergüenza de lesa humanidad ser liderado y arrastrado por el gran señor Biden y por sus Estados Unidos de Norteamérica, el país más belicoso e intervencionista desde que terminó su guerra de secesión para abrir interminables secesiones en cualquier país que se le ponga a tiro. Por cierto, ¿dónde quedó la soberanía de las naciones que defendía el derecho internacional? Pero no pasa nada, ¿quién recuerda que sus portaaviones y cañoneras ocuparon la minúscula isla de Granada, que no era precisamente Ucrania?

Tengo tan mal olfato para las modas, que no me gustan los atuendos deportivos con barras y estrellas, ni la mística de las matazones diarias con que desahoga el pueblo yanqui su neurosis armada hasta los dientes. Su monumento al Winchester ¿qué es sino el homenaje a la ofensa defensiva, la mismísima guerra santa?

Gracias también a esta guerra, el armamentismo se multiplica exponencialmente, esa gran industria tanática de los fabricantes y comerciantes de las armas, esas cloacas de la historia cuyo lema si vis pacem para bellum (parabellum 9 milímetros para asesinar por la nuca, no sé de que se extraña la gente) contradice absolutamente la siguiente lógica: bomberos, para apagar el fuego llamen a los pirómanos. No sé yo si Aristóteles entendería esa peculiar dialéctica de bomberos con bombas para apagar las llamas voraces, cuya conclusión es siempre el holocausto del Day after.

Las demás guerras supuestamente pacíficas por las que nos abrimos camino con dificultad en los países que han sido y siguen siendo empobrecidos por los imperios se encuentran igualmente pobladas de cadáveres, que son presentados como meros daños colaterales. Ni siquiera la paz se libra de las guerras que más cornadas dan, las cornadas del hambre. No hay fronteras entre la paz y la guerra, todas las banderas blancas han enrojecido.

Menos mal que estas grandes gestas son para defender la civilización occidental, qué descanso. ¿Civilización? ¿La civilización bélica a porrazos? ¿Civilización occidental contra civilización oriental? Yo bien, gracias. ¿Civilización cristiana? ¿Qué civilización cristiana, la de la iglesia cristiana ortodoxa rusa aliada del patético nuevo zar, el Gran Putin? ¿Será porque un heterodoxo irredento como yo odia fóbicamente y sin razón alguna a la ortodoxia, sobre todo si es “religiosa”?

Por todas partes veo plañideras en favor de Ucrania tomando el vermú en las tarrazas de pueblos y ciudades, tertulianos ardorosamente apasionados sobre la bondad de los malos y la maldad de los buenos, doxa tóxica insuperable para los que estamos delicados de salud. Seguramente digo estas cosas, como decía al principio, con la perversa intención paradójica de quien pone sus sucias manos sobre Mozart para luego disfrutarle mejor. Lo de radical-pesimista ya me lo sé, además me hace gracia.

Por lo demás, todo bien. He estado firmando libros en la Feria del libro de Madrid, que ocupa lo que ayer fue un pequeño zoológico dentro del Jardín del Retiro y que sigue siendo un gran zoológico abarrotado de miles de personas tan variadas como las especies de monos, monoideas en el doble sentido del término, con ideas simples y además muy parecidas a los monos. Para ideas simples, la cola interminable de adolescentes esperando la firma de no sé qué autora británica sobre los jovencitos en la luna, dispuestas a hacer moche para obtener la firma adorada, triunfo viral de las nuevas mercadologías.

En la caseta en que yo firmaba, dedicada a la pedagogía, todos buscaban libros “para educar por competencias” conforme a los diseños curriculares para mano de obra empresarial low cost. Como siempre, me fue mal; sólo firmé siete libros de 12 a 14 horas, pero lo peor fue que el cartel anunciador de mi presencia, que colgaba del techo para atraer lectores, se me vino encima por estar mal clavado. Afortunadamente salí ileso, cosa que aproveché para ponerme el cartelón caído sobre el pecho a modo de rewarded o de wanted de presidiario. Lugo voceé mi nombre al público viandante alegando que necesitaba su compra para dar de comer a mis nietos. Como tengo alguna madera de payaso, al menos hice reír a algunos; en realidad era yo el narcisista moribundo que oye desde su lecho de muerte los elogios de sus amigos, lo erudito que era, lo inteligente, lo amable, lo mucho que se preocupaba por los demás, pero que –concluidas las alabanzas- les gritó enojado: “¡Se les olvidó mencionar mi humildad, ingratos!”.