Opinión

Maquillar el cadáver

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 20 de junio de 2022

El curso 21.22, que concluye ahora, ha sido desolador. El retorno a las aulas y el final del uso obligatorio de las mascarillas, no supuso en ningún momento el retorno a las condiciones anteriores a marzo del 2020. Como no había nada que defender en aquellas condiciones, no hay tampoco nada que lamentar. Ya por entonces hacía tiempo que el aparato educativo venía mostrando su vigor en la propagación de la barbarie y la escuela era – por decirlo con el título de Jean Paul Brighelli – una eficiente fábrica de cretinos.

El virus ha sido ocasión para muchas cosas y, en el terreno educativo, lo ha sido para el último tránsito al árido futuro del parque humano. Durante este curso entró en vigor una nueva ley educativa, que venía a ofrecer la solución final al estado agónico en que la escuela se encontraba. Los docentes – antes profesores y, mucho antes, maestros – quedarán reducidos a la condición de animadores culturales, según la vaga acepción de “cultura” que campea en la ideología dominante. Expertos en animar competencias – operación sutilísima – al margen de la enseñanza de contenidos y materias, expertos en estimar su adquisición al margen de pruebas objetivas y exámenes regulares, expertos en la labor del entretenimiento y la animación, expertos en concienciar – otra operación sutilísima – y gestionar estados de ánimo. Como siempre, la ideología viene envuelta en otro giro de la neolengua que valora entusiásticamente el aprendizaje a través de metodologías activas: gamificación y flipped classroom son los más presentes entre los nuevos títulos. La barbarie siempre tiene una fuerte expresión lingüística.

La nueva ley ya no asombra a nadie; pese a que permite promocionar o titular a un alumno que, en el límite, haya suspendido todas las asignaturas, siempre que su equipo docente encuentre que ha logrado las competencias y objetivos. Esto, parece evidente, supone que las calificaciones no califican justamente dichos logros. ¿Qué califican las calificaciones? Es ésta una pregunta urgente, dado que no es posible el caso estrictamente contrario, a saber: que un alumno, que hubiera aprobado todas las materias, pudiera no promocionar; si sus profesores encuentran que no ha alcanzado aquellas ínclitas competencias. En este caso las calificaciones establecen el indudable logro de las competencias y objetivos. Lo que en un caso es puesto bajo sospecha, es – en otro caso – juzgado infalible.

Quisiera denunciar ante el lector de estas líneas una situación lacerante a la que son sometidos esos docentes, entre los que es todavía posible encontrar – entre los más viejos o entre los marginales – a quienes reconocen la calamidad que ha sufrido la escuela en las últimas décadas y conocen, incluso, las largas raíces ideológicas – multiseculares – que han gobernado las sucesivas reformas. En algunos casos hablamos de expertos en los textos legales que saben detallar giros e inflexiones en ese largo proceso de hundimiento que ha alcanzado, en el curso que termina, su último grado. En el modelo educativo se mantiene en apariencia el sistema de calificación – residuo meritocrático – o la distribución por niveles y fases del alumnado, la presencia programada de contenidos que no pueden transmitirse por arte de birlibirloque. Se recuerda a menudo que Euclides le dijo a Ptolomeo que no hay caminos de reyes para aprender geometría, lo que podría hoy traducirse – con alguna libertad –: “no hay en geometría métodos activos para clientes insatisfechos”. Si no los hay, la pregunta es: ¿qué esconde la gamificación? A mi juicio nada más que el reconocimiento expreso de que la escuela ha de adoptar la forma de la sociedad y el reconocimiento de la forma lúdico-libidinal y de masas de nuestra sociedad. Olvídense de llevar la sociedad más allá de sí misma, de forzar – palabra terrible – su propia elevación. La escuela debe reflejar la forma de la sociedad: educación es entretenimiento.

Así las cosas, se somete al profesor a una tortuosa – y torturante – exigencia, que arroja sobre su persona la contradicción insufrible del modelo educativo. La contradicción se hace vívida y dolorosa en el momento de poner las notas. Emergen contables, abogados leguleyos, víctimas y terapias; se exigen informes pedagógicos, revisión metodológica, memoria de actividades y registro meticuloso de los compromisos y los logros. El profesor no puede evadir la contradicción con un aprobado general porque sería romper la baraja. Soportar la contradicción – con los costes personales que esto supone – es su auténtica función, resistir el absurdo y mantener la posición como si sus calificaciones reflejaran alguna realidad y respondieran a su libertad soberana. Sin su sufrimiento personal – efecto de la contradicción que lo atraviesa – el modelo educativo se consumiría en una perfecta deflagración. Ha de quemarse él, para que no arda el sistema. Su función esencial es mantener la apariencia de vida. El docente se aplica hoy – abriendo la espita del llanto – a maquillar el cadáver.