Opinión

La carga de Moreno Bonilla

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 20 de junio de 2022

El protagonista de una noche electoral no es tanto quien pierde las elecciones como quien las gana. La estrella de este domingo fue Juan Manuel Moreno Bonilla. Con 58 escaños, el Partido Popular ha logrado su primera mayoría absoluta en Andalucía. Atrás quedaron los tiempos en que Alfonso Guerra arrasaba en Sevilla y parecía imposible que la derecha -en aquellos tiempos el PP era la derecha- llegase alguna vez al Palacio de San Telmo. El domingo 19 de junio de 2022 quedará, pues, para la historia.

Hasta ahora, es decir, hasta el domingo, Moreno Bonilla había venido gobernado con Ciudadanos, la malograda formación política que llenó de esperanzas la vida pública española para terminar derrotada también en Andalucía. Juan Marín puso su cargo a disposición del partido. Ciudadanos no sacó ni un escaño. El Partido Popular, pues, está liberado de la servidumbre que Ciudadanos le imponía. Se ha liberado del lastre de los guiños al progresismo y la búsqueda de los consensos con la izquierda. Ya no lo ata esa necesidad de complacer a los “liberales”, que en realidad eran la izquierda que no podía votar el PSOE de los pactos con los nacionalistas y la corrupción.

Moreno Bonilla es, pues, libre.

Sin embargo, esta libertad lo asoma a un abismo. Ahora ha perdido a Ciudadanos como excusa para eludir los grandes debates de fondo. Ha perdido la coartada que le permitía esquivar la guerra cultural en que España está inmersa. Se dirá que la mayoría de los andaluces no quieren esa guerra, pero no les cabe a ellos decidirlo. No fue la derecha -hubo un tiempo en que el PP la representaba- quien abrió las hostilidades contra la idea de nación española, ni contra las tradiciones -los toros, la caza, la pesca, el circo-, ni contra el consumo de carne. No fueron ellos, cuando eran la derecha, quienes crearon la mitología de los nacionalismos disgregadores de España, aunque sí buscaron la aceptación de la izquierda y fue ahí, ¡ay!, donde empezaron a traicionarse a sí mismos. La guerra cultural es inevitable porque la izquierda la viene librando desde hace décadas y el PP, en general, la viene perdiendo por muchas mayorías absolutas que saque. El triste periodo de los gobiernos de Rajoy fue buena prueba de ello.

Moreno Bonilla tendrá ahora que gobernar de acuerdo con su voluntad, es decir, de acuerdo con sus ideas. Sus decisiones lo irán retratando sin el filtro de Ciudadanos. Ya no podrá escudarse en la necesidad del apoyo naranja. Haga lo que haga, se irá revelando su rostro sin “sfumato”. En familia, en educación, en cultura, en sanidad y, en fin, en todas las áreas de la vida social que la izquierda ha ido copando e impregnando de ideología, Moreno Bonilla tendrá que demostrar su decisión de cambiar las cosas o su deseo de perpetuarlas. No le bastará remitirse a la “gestión”. Con una gestión pésima, el PSOE gobernó décadas y, gracias a décadas de control cultural, no ha desaparecido aún por completo. Siguen siendo el segundo partido de Andalucía.

Se dirá que la izquierda está muy debilitada. Es cierto, pero el PSOE, en las peores circunstancias, ha sacado 30 escaños. El hundimiento de la extrema izquierda es un triste consuelo para los conservadores. Esta victoria sólo será motivo de verdadera alegría si Moreno Bonilla emplea al servicio del cambio el formidable poder que se le entrega. Si no lo hace, si insiste en agradar al progresismo y se muestra temeroso de parecer “facha”, su tiempo será baldío como lo fue el de Mariano Rajoy, que no se atrevió a entrar en la guerra cultural y terminó parapetado en un restaurante.

Moreno Bonilla tiene ante sí todo el mar abierto, pero debe atreverse a alejarse del puerto. Si sigue con la navegación de cabotaje, con la costa a la vista, manteniendo los falsos consensos, aferrado a débiles certezas, tarde o temprano, como Rajoy, se chocará con un escollo y todo su periplo, como el de Rajoy, habrá sido en vano. Esta victoria le da alas, pero también le impone una pesada carga: la de vencer en una guerra cultural a la que, hasta el momento, ha preferido no enviar efectivos.