Opinión

César Sanz (Difácil): navegación a vapor lento

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Jueves 30 de junio de 2022

Este domingo se clausuró la Feria del Libro de Valladolid con el sentido homenaje a la Editorial Difácil: 25 años de terca labor literaria, contra viento y marea desde el año 1997, una poética única y contestataria de incorporar nuevas voces al catálogo, la literatura comprendida como lo que siempre fue, ardiente carrera de antorchas y obstáculos, donde uno toma el fuego sagrado de sus mayores clásicos para depositarlo en los jóvenes recién llegados. Ni un ápice se ha movido de ahí, César Sanz. Doscientos autores descubiertos. La vida sobre el papel como única biografía. Lo que bien dijo su portadista: cada libro una pedrada a las ventanas de la indiferencia.

César Sanz gastaba melena de indio, de jipi, en años universitarios donde lo escrito era la hoguera gramática y uno, sí, por fuera se divertía como podía. Con un socio, amiguete, quisieron traer desde Valladolid (Delibes al fondo) lo nuevo que también fuese bueno. Lo dijo César Aira hace no tanto: “Prefiero lo nuevo a lo bueno”. Abrir las ventanas, ventarrón de aire fresco, ventilar la leonera intelectual, nuevas voces, nuevas firmas, nuevos golpes de muñeca e ilusiones de algodón. Una niña con piruleta, por las mesas del café de todas las conspiraciones, dijo entonces: “Eso es difacilísimo”. Les gustó el guiño. Adoptaron la travesura. Le pusieron cama y desayuno. Así nació otro taller de sedería: Editorial Difácil. Sin subvenciones, sin apoyos, con mil duros de copas y los ojos húmedos por la tinta fresca. Pequeñas presentaciones de mucho vino negro y panchitos. El boca oreja. El veneno transmitido por la lengua, siempre suelta, muy roja al oído acobardado, que se mete para dentro como los caracoles cuando toca abrir la faltriquera y pagar al contado.

Llegó Ángel Vallecillo con su vanguardia de filo prieto, llegó Alejandro Cuevas con su ventarrón americano y de romanticismo negro más que sucio, llegó Igor Paskual con su vida guapa de escaparate y punk/rock cosmopolita, llegaron Redondo Vega e Inés Calderón con sus calmas nerviosas, llegó Roberto Lumbreras con sus fuegos pequeños, y Delaviuda con sus azares letales, y Maluenda con su coña vieja como pana donde la caza, y Juan Sendino con sus blasfemias como camafeos, y Juan Noya con toda Latinoamérica en los dedos pegajosos, y Miguel Rojo entre el bisturí y el tajo en canal, y tantos y tantos recibidos a golpe de bombo entre silencios de cementerio. El Norte de Castilla no siempre fue el vocero que ellos soñaron, tan sentido por ellos y tan querido. Un par de títulos, no llegan a tres, figuran en las bases de datos de las bibliotecas de Castilla y León, esto es España. La ruina habitual, la mierda tan fresca al natural.

El empeño no ha sido otro en 25 años que la Literatura, en mayúsculas. “La belleza de la palabra que produce en el lector un placer puro, inmediato y desinteresado”, según Luis María Anson, príncipe de los periodistas españoles. “Las mejores palabras en el mejor orden”, según Emilio Alarcos, en cuyo centenario estamos, académico de la Española y gramático insustituible junto a Lázaro Carreter o Dámaso Alonso. Basta ya de hablar de malos libros y malos escritores –dijo Gustavo Martín Garzo- porque es hora de hablar de malos lectores. Mucha razón: mente saltamontes, lectores sin atención ni memoria, analfabetos funcionales, entre el déficit cognitivo y la abulia reflejada en esa mirada quieta de vaca, vacía, donde nada brilla mientras los dedos compiten por los botones como bombones de roca.

Difácil vacuna contra la ignorancia, la facilidad, el texto descafeinado y la palabra calderilla, que en su caso es recental y pide ascenso. “Qué difícil es/ cuando todo baja/no bajar también”, dijo Machado. Difácil tuvo claro desde el principio, entre los dos socios alucinados y la niña por las mesas con su piruleta tiesa, que el lector debía subir y no al revés. La poeta más joven, Violeta González Alegre, homenajeó en el acto con estas palabras a su editor: “En estos 25 años has construido un jardín que tiene de todo, desde especies casi extintas hasta nuevas especies que te has encontrado y has acogido en tus muros. Tu editorial es un jardín y cada uno de nosotros hemos ido llegando poco a poco a una tierra bien abonada que has cuidado bien. Has hecho que cada poema sea un pétalo, cada libro una flor y, cada escribiente, un árbol. Y tú, aquel cultivador cultivadísimo, que riega con cariño paseando con ojos nuevos por los jardines de las letras”. Amén.

Su mujer y su hijo en primera fila, su padre y su madre al fondo, un salón de peluche rojo abarrotado por incondicionales, rotas las manos con los mejores aplausos, lágrimas como cerezas en los ojos de quien las disimulaba entre guiños como disparos. Un héroe es siempre aquel que hace lo que se puede sin rendirse. César Sanz, desde el Valladolid que pisó Cervantes y nunca dejó fuera, quiso hacer un jardín para todos, eso es. Cada flor, una ilusión. Cada raíz, su trabajo invisible, ajeno a modas y rentabilidades. La vida por la letra a cada bocado. Al otro lado, una vez la botella se lanzó al mar con el mensaje dentro, nuevas manos buscan el texto limpio, cuidado y culto, que da la vida y quita la muerte al paso. No todo es cacharrería comercialona, baratura pacata, filfa sonriente. Unos pocos artesanos siguen en su temperatura monástica: "age quod agis”. Esto es: haga usted lo que está haciendo. Concéntrese en el presente. Y dentro de cien años, todos calvos.