La muerte por asfixia y deshidratación de medio centenar de prófugos económicos o migrantes forzados en Texas, tan lejos de sus lugares de origen mesoamericano, muestra una evidencia soslayada durante mucho tiempo y cuyo nuevo enfoque debería ser eje de las cercanas conversaciones entre Biden y López Obrador en el curso de julio: reconsiderar la migración no como un fenómeno antropológico natural relacionado con la libertad humana de tránsito (a pesar de serlo), sino también como un negocio increíblemente productivo para las bandas de traficantes de personas.
Los polleros salen de México sean o no mexicanos. Y les llaman pollos a sus clientes, porque los hacinan en cajones de tráiler como los avicultores hacen con las algunas aves de corral para los mataderos. Es un doble acierto llamarlos así. Pollos para un negocio inhumano, cuyo destino a veces es también el, matadero.
La pesadilla migratoria es consecuencia del sueño americano, como el divorcio lo es del matrimonio. Todo empieza de otra manera.
-¿Cómo llegan los migrantes al norte después de cruzar el país y a veces el continente completo? ¿Quién ayuda a los transportistas?, ¿Quién los explota? Todos, los traficantes y quienes hacen de la vista gorda el necesario combustible del negocio.
Con la movilidad humana sucede un poco como con las drogas: la prohibición hace rentable el negocio. Y la complicidad hace apetitosas las utilidades. La autoridad se hace cómplice del negocio. ¿Cómo llega el fentanilo de Manzanillo a Washington? Con ayuda de la DEA, entre otros.
Si las personas pudieran asentarse en cualquier parte sin necesidad de saltar los controles fronterizos, sin requerir documentación probatoria de su identidad y condición (no hemos superado un mundo en el cual un ser humano vale tanto como sus papeles, aunque casi todo vale tanto como los documentos; un autor o un cuadro), la migración no seria un problema, pero si los animales marcan su territorio con deyecciones diversas, los Estados ponen sus límites con garitas, puentes, drones, detectores de calor, murallas y patrullas en las fronteras.
La “seguridad nacional” comienza por la frontera. El cerco de seguridad frente al adversario, real o imaginario. En el nombre de la seguridad fronteriza se declaran o se Libran sin declaración –como hoy en Ucrania--, todas las guerras.
Todos los distintos y extranjeros son enemigos, hasta Masiosare, esa siempre presente amenaza nacional nacida de la mala prosodia, cuya intención es profanar nuestro suelo.
Una de las más cursis declaraciones de los primeros astronautas, debidamente entrenados para responder en una amañada conferencia de prensa, tan falsa cómo el beso de Wall Street, fue la invisibilidad de las fronteras desde el espacio exterior, hermoso balcón sideral desde donde sólo se miraba la azul, esférica y silente casa común de todos los humanos.
Lindo.
Pero la belleza conmovedora del plantea flotante en el vacío del espacio, está bien para otros momentos. La verdadera condición del mundo es el tenaz combate de los humanos contra los humanos; de los lobos de un hombre contra los lobos del otro hombre.
Pero en la materia política resultaría conveniente dejar de lado la hipocresía y enfrentar el asunto como es: una expresión acentuada y agravada cada día por el crimen organizado, con muy poco espacio para la espontaneidad. Las caravanas mesoamericanas lo demuestran. No es un asunto de Derechos Humanos (migratorios), es una necesidad de frenar el contrabando humano, cuyo ejercicio tolerado vulnera, eso sí, todos los derechos de las víctimas.
Todo lo demás será dar pasos en redondo, seguir con los discursos pomposos y más o menos elocuentes mientras se usan estos termas como recursos de construcción de palabrerías de campaña electoral, como lo hacen mutuamente los demócratas y los republicanos en Estados Unidos y Morena y los demás en México.