Opinión

En la muerte de Marisa Fanjul

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Lunes 04 de julio de 2022

Era una flor y reía como lo hacen las flores: siempre fondo y haz de luz y esperanza, entre los mayores pliegues. Nació en una aldea asturiana (Caborana) donde la niebla no impedía ver el bosque, así sus sueños supieron crecer sobre los pies firmes, tras ver Las zapatillas rojas (1948) de Michael Powell (ojos abiertos de flor, labios entreabiertos, corazón acelerado) donde esa -la de la pantalla- sería ya su vida entera. La hermana Vicen fue otro pulso en la butaca, junto a una cascada de entusiasmo, grande y renovada como lo es el optimismo, donde la honradez va por delante. La danza sería el esfuerzo supremo, la risa nerviosa, los pies cansados y la vida a bocados.

A pasitos cortos, en puntas, la mariposa visitó con los dientes apretados una primera academia en Oviedo, capital del Principado, Salud Regina, calle Magdalena, donde la avara gobernanta no gastaba ni bromas, y seguro una vara le ayudaría a disipar curvas en el camino de línea recta absoluta. Marisa Fanjul coquetea con la voz, la vida de soprano es un segundo desafío, queda embelesada con la guitarra de Diego Salazar y el canto de Elena Rivero. Pronto la vara le explica que mejor un solo camino que todos los atajos juntos. Profundiza en sus estudios en Cannes (Francia): Escuela de Rosella Hightower. Se doctora en la Royal Academy of Dance. Vuelve a diplomarse en la Escuela de Marika Besovrasova. Sucede una ruptura, un quiebro, en plena carrera internacional, y vuelve a Oviedo donde abre academias e innova la enseñanza por métodos propios, sin dejar de alternar con modernos como Emilio Sagi o Nacho Martínez, ni perder colores en la paleta de los sueños, donde el mejor latido.

Nureyev le dijo que no volviera a España, algún heredero/amante de Nijinski le recetó locura amatoria, Antonio el Bailarín quiso pellizcarla de Andalucía y flamenco. Su voz baja natural, toda su sonrisa de flor, la impulsó al trabajo y más trabajo: funda en su región Joven Ballet Contemporáneo de Asturias, 1979, trampolín para compañías/obras internacionales, y donde a pelo y sin bromas se iba por Carmina Burana, Jesucristo Superstar o Rasputin. Siguen, en paralelo, sus academias gordas, quinientos o setecientos alumnos, y la simiente llega hasta Su Majestad, Doña Letizia Ortiz, entonces niña, en quien Marisa siembra la pasión por la danza, por la clásica, siempre en una inteligencia femenina por encima de época, unos pantalones muy bien puestos, paso a la mujer que se abre paso, donde la Cultura, por supuesto que no, podía ser pasto/coto exclusivo masculino. Su amistad con la Reina jamás se vio interrumpida y ella, inteligencia suprema, acudía a la charla con su antigua profesora, amiga natural, en los círculos pequeños de la Fundación Princesa de Asturias, donde el mérito se señala y orla, independientemente de su origen o aledaños.

Marisa Fanjul murió ayer en el día de su propio natalicio, como si un círculo misterioso llegase a cerrarse, sólo para que siguiera la aventura. A los pies de la cama su hijo Sergio Fanjul, prestigioso periodista de El País, a quien Pedrojota Ramírez llegó a cotizar por astrofísico. A la vera del largo río mortuorio, Fran Díaz-Faes Saavedra, amigo del alma, actor teatral y músico surrealista, quien le puso al oído El lago de los cisnes, porque la escucha es lo último que se pierde, cerrados ya todos los pétalos y párpados. Al otro, la cineasta Teresa Marcos y tantos otros amigos, porque Marisa Fanjul siempre quiso vivir entre flores, generosa como era, en una disciplina amical ajena a golas o gulas privadas. Buena, lírica, delicada, divertida, fuerte, culta… jamás dejó de oír el susurrar de las rocas, cerca de Caborana, donde cada nube grande era un animal. Reía en francés, y le salían entonces unas lágrimas en latín, sí, que solo podían ser socialdemócratas.

A escaso metraje horario, el día anterior había muerto su amigo Carlos Sierra, príncipe de los pintores bohemios, poeta de una realidad alterada, ensoñada, cuyo aroma enloquecía y mejoraba al intelecto más cejijunto. Marisa y Carlos –los veo ahora- recorrían Asturias en el biplaza deportivo de la segunda con mucha cesta de mimbre, botellas caras, y felices tarantelas y piazzollas a las que silbos y palmas hacían casi rumbas o pasodobles. Nunca entendió otra risa que la compartida ni otro cielo que el de todos, ni mayor mar que el horizonte. Marisa Fanjul fue, en años difíciles, el sol que si hubiera dudado un segundo se apagaría.

Jamás tuvo recato para, en un momento dado de sonrisas ardientes, despojarse de tacones y ponerse en puntas, acompañada con brazos y manos como un violín perfecto. Ella, ante todo, era madera, y ésta encuentra su espacio al tacto del viento a favor, dirección proa. Su risa de niña, tan melódica, crujía como una galleta. Vivía en paz, incendiada por el éxito de su hijo con los poemarios, y esa nieta que en la madrileña calle Argumosa, fue la película definitiva. Cerramos los párpados para seguir viéndola. Se ponía unos guantes, con los dedos cortados, para conducir y soñar con los pies, como bailan las sirenas al volante. Fue una mente creativa en el lenguaje oculto y público del cuerpo. Una introspección silenciosa, como una ola, donde las mejores flores al abrirse muestran otro mundo. Su ritmo estaba en el mañana. El cuerpo pedía ser instrumento y ella supo encontrar la melodía sin una astilla violenta gratuita. Hay gente así, enorme, que sueña como si nadie estuviera mirando. DEP.