Opinión

Recuerdo de la “Humanae Vitae”

TRIBUNA

José María Méndez | Jueves 07 de julio de 2022

El 25 de julio de 2018 se cumplieron 50 años de la publicación de la famosa Encíclica. Con ese motivo la Asociación AEDOS convocó un Seminario interdisciplinar en 2019. Sus resultados se han editado recientemente con el título “Sobre `Humane Vitae` de San Pablo VI” (Ideas y Libros Ed. 2022). El libro recoge doce ponencias con un prólogo del Cardenal Rouco Varela.

Los trabajos de Donato Barba y Ramón Pí se hacen eco de la tremenda tensión cultural y social que supuso la aparición la Encíclica. Baste recordar que en mayo 1968 tuvo lugar la famosa Revolución estudiantil en París, con la que quedó bien al descubierto la deriva de Occidente para romper con sus raíces cristianas. La Encíclica se publicó dos meses después, en julio de ese año.

En efecto, el choque entre las dos corrientes de pensamiento y costumbres no pudo ser más encarnizado y rabioso. Las pasiones estaban desatadas. La Encíclica encontró incluso una enorme contestación dentro de la misma Iglesia Romana durante su fase de gestación. Había más obispos en contra que a favor. Se acababa de descubrir la famosa píldora anovulatoria y las mujeres podían evitar el riesgo de quedar embarazadas. Como dice la misma Encíclica “quedaban separados los dos significados humanos de la sexualidad, el unitivo y el procreativo” (n. 12).

Para cada regla moral puede encontrarse el caso concreto que la contradice. “No matarás”, pero cabe matar en legítima defensa. “No robarás”, pero Santo Tomás de Aquino admite que es lícito entrar en el huerto ajeno antes que morirse de hambre. “No mentiras”, pero un cirujano no duda en hacerlo, si decir la verdad pone en peligro la vida del que va a operar. “No tomarás la píldora anovulatoria”. Pero la monja joven que ve entrar a los soldados enemigos en su Misión la toma, porque sabe de sobra que va a ser violada. Y así sucesivamente.

Por tanto, no hay propiamente hablando “ciencia ética de los casos concretos”. En rigor, cada persona humana es única en toda la historia universal Su caso es completamente inédito. No está escrito en ningún libro lo que deberá hacer aquí y ahora, en sus circunstancias precisas. Cada ser humano debe decidirlo, según lo que su conciencia moral le dicte. Dios lo creó libre.

Si realmente cada persona es libre en sentido positivo, responsable única y exclusiva del bien o el mal de sus acciones, no puede saberse a priori lo que debe hacer en el futuro caso concreto. Ella tendrá que decidir sobre la marcha. No puede traspasar su responsabilidad moral a quien le dice “haz esto que yo te digo”. Ninguna autoridad en la Tierra puede despojar a la persona de su libertad positiva y su consecuente responsabilidad moral. Sólo Dios posee ciencia ética de los casos concretos.

En consecuencia, es absurdo deducir principios generales a partir de casos concretos. No tiene sentido una ley a priori que diga: se puede matar en legítima defensa en tales o cuales circunstancias hipotéticas. Tiene en cambio sentido la

sentencia judicial a posteriori que afirme: Fulano mató en legítima defensa en tales o cuales circunstancias reales. Las circunstancias hipotéticas de la ley a priori no existen. Las que existen son las que a posteriori ha tenido en cuenta el juez.

A mi juicio, la virulencia contra la Encíclica no hubiera sido tan desmesurada y violenta, si ésta hubiera empezado por la monja que toma la píldora para no quedar embarazada como ejemplo de caso concreto del que nada se deduce. O sea, si se hubiera dejado claro de entrada que no se trataba de casos concretos sino de principios morales.

En cambio, si se empieza por hablar de “prohibiciones que vedan una determinada acción `semper et pro semper´, sin excepciones” (Pág.291), ese lenguaje excluye de entrada la legítima defensa, el hurto para no morir de inanición, la mentira piadosa del cirujano y la conducta de la monja antes citada. Queda anulada de entrada toda posible distinción entre principios generales y conductas concretas. Se empieza hablando como si se poseyera ciencia ética de los casos concretos.

Por supuesto, los que estaban contra la Encíclica incurrían en la misma equivocación de pensar que se puede saber a priori y con certeza lo que alguien debe hacer en su caso concreto. Bien lo vemos hoy día, cuando el movimiento LGTBI ha cobrado tal fuerza, que adoctrina a los niños desde la escuela en temas sexuales. “No tienes que decidir nada cuando seas mayor. Sólo tienes que obedecer a lo que te decimos nosotros. No eres libre. La responsabilidad moral ya no es tuya, sino nuestra”.

En conclusión, la disputa intelectual debiera haber estado desde el primer momento en el terreno de los principios morales, de las reglas generales, o de los valores, si se prefiere la terminología axiológica. Nunca en el terreno de las conductas concretas, que hay que dejar a la conciencia moral de la persona libre en sentido positivo.

Pero, incluso si nos colocamos en ese terreno adecuado de los principios morales, queda una importante consideración que hacer. La Encíclica se remitió desde luego a consideraciones teóricas. Pero éstas eran demasiado elevadas. Al menos, eso es lo que parece desde una perspectiva que tenga presente la escala de valores éticos.

Los autores del libro que comentamos se extienden sobre los sublimes temas que puso la Encíclica sobre el tapete: la integridad del ser humano llamado a la unidad de cuerpo y espíritu, el sentido unitivo de la sexualidad que se perfecciona en el amor conyugal, la comunión entre dos seres que colaboran con Dios al engendrar un ser humano, la excelsa grandeza de la maternidad, la consideración antropológica de la persona humana como totalidad unificada. En resumen, y como dice la misma Encíclica, “el significado unitivo de la sexualidad”.

Obviamente aplaudo y comparto todas estas observaciones. Coinciden con lo que llamo ”Tercera ley axiológica”. O sea, la progresiva unificación interior de la persona que va ascendiendo por la escala de valores éticos, los completa con los valores estéticos, y los culmina con los valores religiosos. Es otra manera de expresar lo mismo que defiende la Encíclica y estos autores comentan.

Pero dicho esto, y a mi modo de ver al menos, la discusión sobre la píldora hubiera debido situarse desde el principio en un nivel mucho más pedestre y a ras de

tierra. El intensísimo placer del acto sexual es el incentivo del que se vale la naturaleza para estimular la procreación y asegurar la continuación de la especie. Así pues, de lo que se trata en realidad es de quedarse con el placer sexual y escamotear la carga de tener hijos, criarlos y educarlos. Estamos ante un fraude a la Naturaleza. Nunca podrá verse como algo intrínsecamente bueno, y por tanto permisible. Sin duda habrá en la práctica muchísimos casos concretos en que tomar la píldora parezca justificado en la conciencia de alguien. Pero por muchos que sean, nunca invalidarán en la teoría la condena de una burda trampa contra la Naturaleza.

Sin duda, al final del razonamiento entran en juego los altísimos valores éticos, estéticos y religiosos que mencionan tanto la Encíclica como estos autores. Pero hay que tener en cuenta antes el valor más bajo y fuerte de todos, el Respeto a la Naturaleza, la famosa “Ecología”, ante la que todos inclinan la cabeza cuando se trata de la contaminación ambiental, pero se olvidan de ella si se trata del sexo humano.

En efecto, el sexo humano forma parte de la Naturaleza. Lo menos que cabe hacer respecto de la píldora anovolutoria es calificarla de antiecológica. No respeta la Naturaleza. La viola descaradamente. Es un fraude a la Naturaleza, como antes dije.

Expresemos lo mismo de otra manera. No muy lejos de Puerto de los Cotos, en la Sierra madrileña, hay una extensa charca rodeada de una empalizada y con unos carteles que advierten: “Aquí se conserva una especie de sapos única en el mundo. Está en peligro de extinción. Ayuda a su conservación”.

Propongo que debajo de cada cartel se pongan a disposición de los que pasen por allí unos cuantos ejemplares de la “Humanae Vitae”. La substancia de su mensaje es la misma que la de esos carteles: respeta la Naturaleza.

La consideración de que el sexo humano merece respeto quizá lleve a entender mejor por qué el sexo de los sapos también merece respeto, como piden piden los carteles. O al revés, si el sexo de los sapos merece respeto, con mayor razón lo merece el sexo humano. Tomar la píldora es equivalente a lo que haría quien inoculase en las hembras de esta especie animal un producto químico que impidiese la fecundación.

Por otra parte, el colectivo LGTBI tiene pendiente la tarea de explicar convincentemente por qué el sexo de los sapos merece respeto, y no se puede hacer con él lo que a uno le dé la gana, y en cambio con el sexo humano se puede hacer todo lo que uno quiera, pues no merece ningún respeto. Respetar es lo mismo que abstenerse de ciertas acciones, físicamente a nuestro alcance, pero vistas como antivaliosas.

La formalización reciente de la lógica ayudaría mucho a abordar este tema con mayor rigor. Pero sospecho que los autores del libro no saben mucho de lógica. Baste un detalle. En su lectura varias veces me he tropezado con esta pintoresca expresión: “el lenguaje de la sexualidad”. ¿Es que alguien ha descubierto ahora que los operadores lógicos no se encuentran en el espíritu del ser humano, sino en su sexo? Los operadores lógicos existían antes de que hubiera sexo alguno. Esa estrambótica expresión es incompatible con la lógica más elemental.