El día de San Fermín, el patrón venerado por los vinateros, boteros y panaderos.Sin embargo, el santo no ha sido piadoso con los comentaristas. Antonio Bañuelos, el presidente de la Real Unión de Criadores del Toro de Lidia, se dirigió al presidente de la RTVE, José Manuel Pérez Tornero, señalando el desconocimiento que mostraron los periodistas que retransmitieron el primer encierro: “Hemos observado una carencia de formación respecto del animal y de la fiesta taurina en los profesionales de comunicación que lo han conducido” y “la tauromaquia está reconocida como Patrimonio Cultural (RD 18/2013), y, por tanto, las Administraciones deben fomentarla y divulgarla”.
La corrida de la tarde contaba con un toro de Carmen Lorenzo para el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza; y los seis de Nuñez del Cuvillo para Morante de la Puebla, El Juli y Roca Rey. Morante, que tanto esmero pone en todo lo que hace, salió con la chaquetilla roja, bordada con el hilo blanco, que rimaba con la taleguilla alba. El primero de su lote, Tabacalero (2º), melocotón de pelaje, se las tomó con el diestro y le acosó al salir de primera vara. Un quite oportuno evitó males mayores. Al cobrar otro puyazo, le ponen las banderillas. Juan José Trujillo bregó dando el menor numero de capotazos posible. Morante arrancó la faena desplazando al toro al tercio. Pase a pase, el maestro construye una faena de naturalidad que embebe al espectador. El morlaco seguía la muleta, pero sin lucir una embestida fácil. Siempre intercalaba algún que otro cabeceo, algún que otro derrote. Mas Morante, como si tuviera un pincel en vez de la tela, dibujaba el cuadro de la faena a todo color. Un pase, una pincelada. Al final, el astado, que andaba sin humillar mucho, se dejó persuadir y regaló unos redondos y pases de pecho profundos, barriendo el lomo de toro. Unos ayudados por alto, hoy justificaba su otro nombre “celeste imperio”. Un molinete y se acabó. El toro se rindió a la estocada profunda. Hubo cierta petición. No hubo premio. El público no estaba para las filigranas. Ni menos para arte. Lo suyo es, como siempre, la bullanga.
Aunque el entorno no era nada fácil, José Antonio Morante no perdió el ánimo al ver a Jarandero (5º) de 605 kilos salir por “la puerta de los sustos”. Le dejaron recorrer la plaza. El diestro intenta a recoger su embestida con el capote, pero sale tan suelto que toda la cuadrilla tiene que ayudar a fijarle. Enganchaba en los primeros lances, pero llegaron los mejores al poner al toro en suerte. El puyazo resultó barrenado, porque el morlaco se dolió y rehuyó el castigo. Al poner de nuevo en suerte, Morante dejó una media verónica prodigiosa, recogiendo el vuelo del capote en una mano. Hizo un quite de tres verónicas de terciopelo. Brindó al público, hincó la rodilla en el albero y acompañó al burel hacia los medios con unos doblones. Recordó que torear por bajo tiene gran valor. La faena se levantaba como una catedral: al asentar la embestida del toro, llegaron las series con la diestra, medidas, de tres a cuatro pases, abrochadas con unos de pecho. Una pausa. Respira Jarandero. Toma de nuevo la franela ofrecida por el espada, pero no la toca. Los pases se redondean, se hacen más suaves todavía y, para no dormir al contrario, Morante intercala un molinete. Otros pases y otro molinete… Un detalle: toda la faena a pie quieto. Ceñida. El animal empieza a aplomarse y enredar los cuernos en la muleta por primera vez. Morante fija al bicho y pone una gran estocada de ley. Es decir, recibiendo. La colocación no se discute en este tipo de suerte que no admite remiendos. El toro se dobla enseguida. Todo esto, según el público y presidencia, mereció sólo una orejilla. ¡Qué desprecio por el arte! ¡De pena!
Dos orejas se llevó Pablo Hermoso de Mendoza con un toro Caracol (1º) que abrió la plaza. Cargado de pecho, aparentaba más kilos de los que tenía. El toro, noblote, bueno y franco, salió con las orejas desprendidas, como se decía antiguamente. Recibió dos rejones de castigo, uno algo caído. Berlín salió para las banderillas, galopó de costado y pisó los terrenos de adentro, cercanos a las tablas. Se cae el toro. Claro, hubo hermosinas. Índico se vio apurado al salir el toro del embroque. Las tres banderillas cortas puestas sobre Justiciero. El rejón de muerte fue ejecutado con rapidez y eficacia. La plaza en pie. Al paisano, todo.
El Juli ejerció el toreo dominador, sometiendo a los dos de su lote. Serpentín (3º) llevaba el velamen a lo alto, de cuello más bien corto, desarmó a El Juli enseguida. Bronco, con mucho nervio, embestía cambiando el ritmo constantemente. Tomó la puya a corta distancia, durmiéndose en el peto. El Juli intercala entre vara y vara tres chicuelinas, abrochadas con una media. Alvaro Montes se esmera con el capote en el tercio de banderillas, pero el toro no se lo pone fácil a los rehileteros. Brinda al público. El Juli tuvo que enfrentarse con el viento y con la tormenta de derrotes y cabeceos por el pitón derecho. Al final, el espada lima las asperezas del burel y logra unas tandas con más profundidas y humillación. De pie quieto, realiza una tanda con la zurda, intercalando entre pase y pase unos afarolados y un remate con el pase de pecho. Llegó a hacer unas bernardinas que normalmente no forman parte de su repertorio. El estoque quedó trasero y algo caído. Su segundo, Currito (6º), el más chico de la tarde, se plantó en el medio de la plaza. El Juli tiene que acercarse a buscarle. El torillo complicó el tercio de banderillas a José Chacón, quedándose quieto o escarbando. Olía los palos que se cayeron, se dolía de los puestos. Al principio de la faena, sale echando los manos pa´lante. Pero el actual Juli puede con todo. El toro desafiaba al torero escarbando y El Juli aceptaba el reto. Se impuso y logró una faena limpia y de dominio absoluto. La estocada entró hasta los gavilanes. Una oreja.
Roca Rey hizo compañía al rejoneador y a El Juli al salir por la puerta grande de la Monumental. Nos mostró la cara del toreo que llena plazas y que hace retumbar su nombre en los tendidos con la fuerza de un ciclón. Es un toreo de pega-sustos. No se caracteriza por el arte, como el de Morante, ni por el dominio, como el de Juli, ni tampoco se necesita mucho conocimiento de las reses. Veremos. Rescoldito (4º) salió galopando con alegría, llevando la rizada cabeza en lo alto. Roca Rey le plantea unos estatuarios, pero el toro se lleva el capote por delante. Al transcurrir los tercios sin percances, Roca Rey brinda al público. Tomó su tiempo en armar la muleta en los medios, donde se cayó de rodillas. El toro le miró con curiosidad y acudió al cite desde el burladero. Rey le pasó por delante y por la espalda. Rescoldito, igual que sus congéneres, andaba cabeceando un poco, pero tomando el engaño. Roca Rey le ganaba la carrera, ajustando sin cesar su posición. Consiguió cansar al astado que se rindió y comenzó a embestir con más franqueza. Mas esto no le interesaba al diestro, el toreo de arte, pausado, no da las orejas, ¡qué se lo pregunten a Morante! He aquí el toreo de pega-sustos: el diestro se mete entre los pitones, discordia al astado que no sabía dónde meterse para rehuir a este torero pegajoso e persistente. El final apoteótico: el toro derrotando a la diestra y a la siniestra, las bernardinas sin ritmo ni compás, y un desarme. El estoque de suficiente profundidad no dobló al toro. Descabello a la primera. Dos orejas. Segundo acto: salió Juguetón (7º). Roca Rey encuentra su sitio con el capote. El toro, de escasa fuerza, casi se quedó con el lomo abierto por el resbalón de la puya. El toro pierde las manos en las banderillas. Una cuestión menor para Rey quien entra con los estatuarios, algo descompuestos. La faena a base de las carreritas en busca del sitio que nunca ha sido encontrado por el diestro. Pasos en vez de pases. Cuando le vislumbramos el final a esta faena, se aplomó el torero hincando las rodillas y se cae de rodillas. Ni así dejó de rectificar la posición. Al final, el toro tuvo nobleza, no le acosó y aguantó los trapazos. Un pinchazo. Una estocada, algo contraria. Una oreja.