Opinión

Valijas de la discordia

Enrique Aguilar | Miércoles 01 de octubre de 2008
En Argentina estamos tan acostumbrados a la corrupción de la vida pública que aparentemente hemos perdido nuestra capacidad de asombro. En los noventa todavía nos indignaba enterarnos de que un ministro pudiese afirmar que él robaba “para la Corona”, frase ominosa que, oportunamente, dio título a un best-seller sobre la corrupción incubada en la presidencia de Carlos Menem.

¿Quién no recuerda, durante el período de Fernando de la Rúa, el sonado escándalo por los sobornos en el Senado de la Nación que hirió de muerte a un gobierno surgido de un discurso moralizador, tendiente a revertir una historia de enriquecimientos ilícitos, privatizaciones mal habidas y una justicia complaciente?

Hoy tenemos el caso de las valijas que arribaron a Buenos Aires en agosto de 2007, procedentes de Venezuela, en un avión rentado por el gobierno argentino y con funcionarios a bordo. Por razones que deleitarían a más de un guionista cinematográfico, una de esas valijas tuvo que ser sometida al control de la policía aeroportuaria que encontró la friolera de 800.000 dólares en su interior. (Sea dicho de paso, la agente a cargo resolvió cambiar de oficio y, lanzada al estrellato, ya ha posado desnuda para Playboy.)

En virtud del juicio radicado en Miami y las confesiones del principal protagonista de esta saga, el empresario venezolano Guido Antonini Wilson (personaje también digno de película y gran maestro en el arte de la impunidad), ahora se presume que las valijas con dinero eran varias (se habla incluso de cuatro millones de dólares) y que habrían estado destinadas al financiamiento de la campaña de la actual presidenta.

Sin embargo, el hecho parece tenernos sin cuidado, por más que afecte a nuestra calidad institucional, a nuestro prestigio como país (que ya ha caído por el suelo) y a nuestra condición de ciudadanos. Quién sabe. A lo mejor, curados de espanto, nos hemos convencido de que a la larga todo quedará encubierto, como viene siendo habitual en la Argentina cuando la corrupción se origina en el seno mismo del poder.

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