Opinión

Impresiones de un México reciente

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Miércoles 13 de julio de 2022

Como tuve el honor participar en un Encuentro de Filosofía, en torno al estoicismo, en el mismo centro del poder político de los Estados Unidos de México, y esto es algo que no me sucede a menudo, quisiera fijar mi impresión superficial de aquel país, fruto de unos breves diez días de intensa actividad. Empezando por lo evidente: visité unos Estados Unidos de América que coexisten junto a otros que – acaso siguiendo la vieja doctrina Monroe – se sustantivan soberbiamente. Pero México es América, es incluso Norte América y es una Federación de Estados: los Estados Unidos de México. La conquista empieza por las palabras. Para un español debiera ser hoy más evidente que nunca que la sumisión empieza por la ingenua aceptación del discurso hegemónico. Basta soportar, si se tiene estómago, el llamado debate sobre el Estado de la Nación o asistir a cualquier mitin o conciliábulo.

Si México ocupa por su PIB la posición decimosexta en la economía mundial, un rápido paseo por las calles delata una muy desigual distribución de esa riqueza. A propósito de las causas de esa desigualdad, evidentemente, las posiciones discrepan. La presencia de una policía numerosa y bien pertrechada – o de policía privada en zonas residenciales – manifiesta una violencia que contrasta con la dulce melodía y la honda cortesía del español que allí se habla. El Narco, silencioso y omnipresente, es fuente de temor y de una oscura esperanza. También es honda la discrepancia relativa a su razón de ser, a su alcance e inspiración. Una estética narco se sobreañade a menudo a las maneras de los que hace tiempo se entregaron al culto lúgubre de la santa muerte. Si el estoicismo se resuelve en una noble desesperación, es comprensible el interés que ha podido despertar en México aquel viejo movimiento espiritual.

Y, sin embargo, hay en México fuentes vivas de esperanza y un aliento expansivo que también se respira en la Cámara de Diputados. Me sorprendió la verdad del duelo doctrinal, la apelación al debate veraz – cuya tensión queda atenuada en el término “conversatorio” – que está muy lejos del amaneramiento, producto de la tiña para-democrática que difunden los medios en España. Quizás me he movido en un espacio excepcional, pero – en su singularidad – no deja de ser una enorme fuente de esperanza.

Para un español, posiblemente desorientado, esa potencia real que anima la vida mejicana sólo adoptará forma propia cuando México se reconozca. Cuando México quiera prolongar su pasado novohispano, frente a una ruptura que parece bien calculada para desactivar la enorme capacidad de asimilación hispanoamericana. Los soberbios Estados Unidos de toda América – el riflero terrible y el fuerte cazador – que pasearon sus tropas por la Ciudad de México, tuvieron que aceptar su incapacidad para asimilar una realidad que les desborda. Si la muchedumbre indígena – que ignora, por ejemplo, la existencia de una gramática nahuatl muchas décadas antes de que existiera una gramática inglesa – se reconociera cordialmente hispanoamericana, México podría redimir a España de su propia descomposición: abominad la boca que predice desgracias eternas. La población mejicana en los Estados Unidos del Norte podría incluso, desde fuera del imperio, aportar un fundamento de integración universal al vacío globalismo de esa democracia lúdico-libidinal y de masas que hoy promueven los United States.

Yo insisto en encontrar ese fundamento en el corazón que late en la Villa, como en una Roma americana. La veneración a la Virgen de Guadalupe, patrona de las Américas, es la forma más evidente de ese fundamento que trasciende diferencias parciales. Basta recordar que el partido ascendente que hoy gobierna México – y al que acudiendo a categorías procedentes de Centro-Europa clasificamos entre los populismos de izquierda – tiene por nombre Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) en honor o, al menos, en referencia obligada a la Virgen de Guadalupe. Se titula, por lo demás, movimiento y no partido.

Los teóricos europeos de la política pondrán de inmediato en ejercicio sus metodologías suspicaces para encontrar tras esos términos los viejos totalitarismos y tras la religión la destronada metafísica. Dejemos que pierdan el tiempo. Este español – posiblemente desorientado – cree saber por dónde es preciso empezar, si queremos reconocernos. Tiene nombre propio y se llama José Vasconcelos. Es todo un signo de esperanza que en México aliente – todavía – su presencia.