El tren de alta velocidad nos lleva a Extremadura a menos de 90 km/h, quizás para que podamos disfrutar de la ceniza que deja a su paso el llamado cambio climático, que es como decir el maléfico fascismo. Acaso podamos contemplar el posado siniestro del ínclito presidente olvidándose de que el monte requiere un sostén que no consiste en destruir el sotobosque, sino que requiere de viejas prácticas olvidadas que configuraban un saber del campo que ha desaparecido con nuestros pueblos: cuidar el monte es cambiar de vida.
No son medios contra el fuego lo que nos falta, decía un experto en la materia, sino previsión y mantenimiento a largo plazo. Ese mantenimiento a largo plazo exige, sin embargo, dejar de ver el monte como abstracta materia combustible y dejar de ver la vida humana como fuerza de trabajo. Mientras no salgamos de tan modernas abstracciones nuestro olvido del monte lo convertirá en cenizas en el momento propicio que es, evidentemente, el de más calor. No discuto que la temperatura esté siendo especialmente elevada, pero la causa última de las llamas es la falta de gobierno, es decir: la pérdida de orientación y del sentido de valor de las cosas, lo que subyace al mismo cambio climático.
Celebran en inauguraciones triunfales el nuevo tren super lento que nos permitirá contemplar con espacio el destructor vaivén de las llamas. Nadie duda, sin embargo, de que ese tren gozará de una potente instalación de aire acondicionado, ni de que irá adquiriendo velocidad. Será parte, en resumen, del mismo horizonte ennegrecido y sombrío de España, con figuras quebradas que fueron árboles de crecimiento lento y nubes de polvo antiguo que son prados quemados y estériles en los que no veremos durante mucho tiempo un paisaje humano.
Se aproximan dificultades, no les quepa duda, lo anuncian los mismos que las provocan. Es fácil prever lo que sucederá mañana, si está en tu mano su realización. Son los costes, nos dicen con la indecencia habitual, de nuestra defensa de la democracia, entiéndase bien: la defensa de su democracia. Defender la democracia es defender otra abstracción, algo como una agencia, una fórmula, una instancia gubernamental. Es como defender la alta burocracia bruselense. De hecho, su apelación a la democracia es la llamada a nuestro alineamiento en la gran guerra energética y comercial. Pero señalar esta evidencia te convierte en fascista, agente encubierto del cambio climático y, en última instancia, servidor del mal y víctima propiciatoria. Así están las cosas en el erial español, tras décadas de abrasada connivencia con los pirómanos y de sonrisa ardiente del gobernante.
Son los que nos dicen que no existe ETA, los mismos que descubren el fantasma del fascismo eterno por todas partes. Contrasten el programa de sus aliados con los objetivos de entonces y verán que sólo han mudado los medios, porque hoy, para los mismos fines, se encuentran instrumentos mejores que la ametralladora o la bomba lapa. Ahora bien, ETA desapareció, pero el fascismo – vencido en 1945 – no desaparecerá jamás. Es el antagonista imprescindible que justifica sus proclamas.
No es fácil escapar, en esta canícula interminable, del dolor que produce la visión de Europa en llamas, es imposible evitar el hastío ante los petimetres de la comunicación que nos enseñan la necesidad de una última mutación antropológica que ha de consistir en una conducta tecnológicamente optimizada, bajo gestión de sus señorías ilustradas. Olvídense de la carne y del motor de combustión, pero olvídense también de vínculos patriarcales y educaciones clásicas, olvídense de oficios solariegos y de tradiciones sosegadas: sólo nos puede salvar la cancelación del pasado, la educación por parte de los espabilados o los conscientes (woke) y una nueva vuelta de tuerca tecnológica que nos saque del colapso al que nos llevó la misma tecnología. La nueva industria verde, que ahora incluirá la energía nuclear, nos traerá pronto un futuro fresquito y relajado, en el que consumir alimentos orgánicos imprimidos en su propia casa. Va a ser curioso contemplar el blanqueamiento de las nuevas microcentrales nucleares que dejarán de ser demonizadas para ser sacralizadas. En cuestión de blanqueamientos nada nos sorprenderá en esta negra España calcinada. Nos gobiernan fariseos, aquellos “sepulcros blanqueados”, rutilantes y sonrientes en la celebración, pero turbios y peligrosos en la trastienda oculta al espectáculo. Se acercan tiempos difíciles, anuncian los mismos que los arrojarán sobre nuestras espaldas: “Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto…” (Mt.23)
Son, sin embargo, de inteligencia sutil y ya han previsto la narración que nos explicará su bondad indudable. Señalan al fascismo irredento como última causa de los incendios, es el mal – nos dicen – que no reconoce la bondad de su programa y niega ese cambio climático del que se acuerdan siempre para justificar su agenda en las décadas inmediatas.