El atentado y muerte del exprimer ministro japonés, Shinzo Abe, ha sorprendido por la anomalía, en Japón, de un acto de estas características y ha emocionado por la calidad humana y política de la víctima. “Pensar en la política japonesa, de este siglo, es imposible sin pensar en Shinzo Abe”. Además de ser un personaje importantísimo para su país, era un elemento muy positivo en la política internacional, el más dispuesto a buscar acuerdos y concordia. “Siempre iba un paso por delante de los tiempos”.
La noticia me hace pensar en otros atentados, a veces fallidos, que tengo en el recuerdo. Se me ocurre escribir una reflexión sobre magnicidios pero, al tratar de documentarme, veo que la lista es interminable. El tema da para un libro y no para un artículo.
Pero me parece oportuno recordar el de algunos personajes contemporáneos que, a mi juicio, poseían una característica común, su fama trascendía el cometido de la profesión que ejercían, cuando sufrieron el atentado, porque sus objetivos eran más ambiciosos de lo que pudiera esperarse, de ellos, en el desempeño de su misión.
Y es un misterio el de algunos que venían a cambiar el mundo y el de otros que lo cambiaron. “Parece que eran portadores de un mensaje, superior, de paz y concordia”.
Quizá ese mensaje era beneficioso para la mayoría, incluso para la humanidad entera, pero subversivo para alguna casta o mortífero para alguna organización beneficiada con el estado de las cosas.
Y me permito algún comentario sobre personajes del siglo XX que fueron asesinados por oscuros y confusos individuos que no eran capaces de explicar ni el motivo de sus atentados y que hace pensar que eran meros ejecutores de los designios de alguna trama de la que ni ellos se sabían miembros.
Mahatma (alma grande) Ghandi, asesinado por defender hasta la convivencia con la segunda religión de la India, el Islam.
Los hermanos Kennedy, John y Robert. Los dos tenían el mismo designio y quizá se enfrentaban al mismo enemigo. El doble crimen es, a mi juicio, la prueba de que fueron asesinados con un propósito y no por locuelos que pasaban por allí.
Malcolm X y Martin Luther King. El uno por las malas y el otro por las buenas, activistas por los derechos civiles de los negros, en un pais que presume de ser nuestro lider democrático. Igualmente molestos para oscuras tramas, que acababan poniendo la pistola asesina en las manos de personajes que no estaban muy seguros ni de lo que habían hecho y sobre todo por que.
John Lennon, gran músico convertido en activista y crítico de la guerra de Vietnam. “Resultaba incómodo para el Gobierno de los EE.UU., a raíz de su activismo y de sus protestas del sistema capitalista… haciendo tambalear la estabilidad del orden y la imagen del país”.
Fue asesinado por otro “locuelo” de los que se utilizan para quitar de en medio a los que molestan mucho.
Los Papas no se han librado de esta plaga: Existe la sospecha de que el interés por investigar las finanzas vaticanas pudo haber provocado la confusa muerte de Juan Pablo I a los treinta y tres días de su elección.
Y a su sucesor, Juan Pablo II, intentó matarle otro “locuelo” desquiciado. Es un atentado imposible de analizar separado de otro similar, el de Ronald Reagan. Entre los dos, nada menos que derribaron el muro de Berlín y acabaron, pacíficamente, con la URSS. Los programadores de los dos “locuelos” que atentaron, ya sabían lo que hacían.
Por cierto que, como vemos ahora, no se ha sabido dar continuidad al gran milagro del siglo XX que protagonizaron estos dos grandes hombres. Entre otros muchos, a mí me resulta curioso el de un gran personaje, Olof Palme. Un político de un país de una relevancia minúscula que se hace famoso y adquiere una notoriedad desproporcionada y precisamente por “meterse en camisas de once varas”, en tres directrices: La defensa del pacifismo, el cumplimiento de los derechos humanos y el compromiso con los países del tercer mundo.
No necesitaba más para atraer a otro “locuelo”, que lo mató cuando salía de un cine con su mujer.
Siempre recuerdo el diálogo con su amigo Felipe Gonzalez, al que dejó claro que hay más de un socialismo. Ante la jactancia de Felipe de que en España iban a acabar con “los ricos”, Olof le propuso: “mejor que acabéis con los pobres”.
Y como no recordar el más notable de todos, el de Jesucristo que vino a traernos el mensaje más subversivo: “Todos los seres humanos somos iguales”. Y ante él, la respuesta más hábil y eficaz del poder” contra el que viene a perturbar el orden establecido: Jesucristo fue recibido, en triunfo, en Jerusalén; pero “el poder” manejó a la “opinión pública”, con tal habilidad que, esta, pidió, por aclamación, su martirio, a los tres días, incluso con preferencia al de Barrabás.
Gran operación de ese negro “poder” que parece ser tan eterno y eficaz como el que viene a perturbarlo.