La Real Academia Española (RAE), ofrece una variante de siete propuestas para definir la palabra “crisis”. En términos económicos, en el inciso 5, hace referencia a la reducción en la tasa de crecimiento productivo durante la fase más baja de la actividad de un ciclo. Por consiguiente, “una crisis se puede interpretar como la situación con más alto nivel de incertidumbre que afecta las actividades básicas y la credibilidad de la organización de un país, y por ello requiere medidas urgentes para ser superada o dominada. Por lo general este tipo de crisis tiene una raíz y se presenta como una dualidad que incluye (sobre todo) a la política y, por ende, también a la economía”. En un tono menos temerario, la atemperante literatura contó con una revista llamada Crisis, así bautizada por Ernesto Sabato, que reflejó la pavorosa década del ’70, que navegaba entre las aguas del terrorismo guerrillero de los atentados y el terrorismo de Estado; sin duda el peor de todos.
Pero vayamos a nuestros días. ¿Cómo se sale de esta crisis recurrente que padece la Argentina y abarca campos claramente visibles e intrínsecamente confundidos entre política y economía, ética y moral? Arduo problema para ser resuelto, sobre todo en manos de una dirigencia que desde hace mucho viene demostrando su ineficacia para contenerla, quizá -o seguramente- por temor a perder las prebendas que la benefician. Un hecho melancólico que desvela en estos tiempos a la mayoría de los ciudadanos igualándolos en el desconcierto, la incertidumbre y la resignación.
A todo esto las causas evidentes que emergen a la superficie y golpean el bolsillo (el órgano más sensible del ser humano según Perón) y se llaman inflación, caída del consumo, falta de una moneda de respaldo y dólares en alza; a lo que se debe agregar la parálisis del crecimiento y el consiguiente escepticismo de la población. A la vez que plantea, una inquietud social crónica, relevos de ministros, corridas cambiarias (y/o bancarias), minis o maxis devaluaciones y, acaso lo más alarmante, el aumento concreto de la pobreza con movilidad social descendente, lo cual hace proliferar las marchas de protestas con piquetes y huelgas que hasta hacen tambalear el cumplimiento del mandato presidencial que, decisivamente puede hacer que finalice antes de término (experiencia traumática por las que ya ha atravesado la República y produjo un estallido de alarmantes consecuencias en 2001, cuando cayó un Gobierno democrático y alternaron en menos de una semana cinco sucesivos presidentes).
Los llamados politólogos y los periodistas de opinión, cada vez más parcializados (o mejor dicho militantes de uno u otro bando), recurren a las estadísticas y en algunos casos los más optimistas auguran que toda crisis puede ser una oportunidad para marcar un punto de inflexión y corregir los problemas estructurales de arrastre que precipitaron la decadencia. Sinceramente estamos en esa espera, y desde hace mucho. Sin embargo, la pregunta del millón es hasta cuándo se aguanta con esta formidable improvisación.
En este juego de sociedad, al formularse dicho interrogante no se encuentra un liderazgos posible capaz de lograr acuerdos políticos básicos que permitan revertir la destructiva crisis; en especial en base a un diagnóstico compartido y a reglas duraderas para emerger del fondo de un pozo, que -y esto es tal vez otra de las razones alarmantes- abarca además lo cultural y educativo, instalado como una paciente conformidad bajo las absurdas excusas de la dirigencia política que no convence a nadie.
La Argentina, vaya añorada nostalgia, supo ser en otras épocas el gran centro de atracción de todo el continente Sudamericano. Aquí llegaron Rubén Darío y tantos otros poetas en esos rutilantes años cuando esta generosa y prometedora tierra podía competir con Francia y cualquier país Europeo. Remotas épocas en que caminar por la calle Corrientes era el equivalente a presenciar una obra teatral o una exposición de pintura en el Barrio Latino de París.
La actual situación crítica de la Argentina se presenta para el análisis diferente a las anteriores. No sólo porque desde la pandemia el mundo dejó de ser lo que era, sino también porque hay una guerra en ciernes que trastoca muchas cosas, y crean situaciones inéditas descartando recetas mágicas o salidas rápidas e improvisadas; más aún en nuestro caso cuando se padecen las consecuencias de una grieta con fuertes enfrentamientos de corporaciones cuyas ópticas no van allá del propio ombligo. Egoísmo confeso, que hace que la mayor causa de incertidumbre sea la fractura expuesta desde el propio Gobierno, camuflada en este momento por una frágil tregua política de sus propios bandos durante las dos últimas semanas, sumando el actual silencio táctico de la oposición, ya fracasada en el Gobierno anterior, en manos de una fracción que cuando ejerció el poder no se animó a pagar costos políticos para cambiar el rumbo y efectivizar usos drásticos y no simplemente corregir algunos meros abusos.
Mirar nuestras propias imposibilidades y dolernos como si estuviéramos afectados por una enfermedad incurable; esto es lo que vive el habitante de este desgraciado país. Se habla repetidamente de ajustes y se sabe muy bien que no alcanzan para nada porque los problemas son estructurales y la corrección suma más deterioro y agrega más lodo al pantano. En el marco de tremendo desbarajuste, un tibio programa económico, que se focaliza en lo menos esencial, no sirve de nada y es menos efectivo que novedoso.
Por consiguiente, cualquier medida que se aplica empieza haciendo agua por los cuatro costados y solo muestra el acto desesperado de un Gobierno débil, en el que nadie cree (ni ellos mismos), casi entregado, sin oxígeno, con un presidente balbuceante y retórico que, como la vaca en el barro, se hunde cada vez más con cada corcovo. Y así, en medio del disparate se suma y se sigue… En tanto la saqueada Argentina continúa con la práctica de financiarse con los insuficientes recursos que se extraen mediante impuestos abusivos y la emisión de una moneda sin respaldo, que parece serpentina arrojada en un carnaval de espanto.
Muy triste y lamentable desde todo punto de vista. Para el ciudadano de a pie, el peor enemigo es el Estado creador de un hastío social que se hace sentir con explícitas protestas de productores rurales y piqueteros (a pesar de que nadie puede imaginar dos sectores sociales más dispares). En este contrapuesto contexto, la excepción son los sindicatos agrupados en la Confederación General del Trabajo (CGT) conducida por una burocracia de millonarios complacientes apodados “los gordos”, que parece estar viviendo en Suiza y sin recursos para entretener a sus afiliados han convocado una obligada marcha para dentro de un par de semanas donde reclamarán un acuerdo social y político en medio de una inflación que se augura, casi a ciencia cierta, puede pisar casi el 100 por ciento anual (un disparate inconcebible). Agreguemos que esta graciosa CGT se movilizará solo para pedir un acuerdo entre los políticos. Es de no creer... A Gobiernos como el de Raúl Alfonsín, le hacían hasta tres paros en una semana.
En un casi idéntico contexto de repeticiones, la cada día más responsable y devaluada vicepresidenta Cristina Kirchner, que vive con un magro sueldo jubilatorio de más de 4 millones de pesos (110 veces más que un jubilado común), busca cada vez más centralidad en las decisiones del Poder Ejecutivo. Ya sea con avales y vetos tácitos a funcionarios, o con acciones destinadas a seguir aumentando el gasto público, como la paritaria con subas salariales bochornosas de casi un 70 por ciento que benefician a un solo sector y -como si fuera poco- con revisión en noviembre para todo el personal del Congreso, que seguramente se extenderá, a los cuestionados legisladores, cada vez con menos presencia, pero con más altos sueltos y enredados en disputas triviales para distraer la atención de la agobiada gente, cuando la corrupción corre por adentro.
Trasciende de tal manera que la actual ministra de Economía consulta diariamente con la vicepresidenta las medidas antes de anunciarlas. Una forma menos diplomática que contundente de compartir anuncios preanunciados por el equipo anterior, encabezado por un ex abrumado Ministro de Economía que se debió eyectar sin previo anuncio, escapando “como rata por tirante”, como dice el refrán popular.
Sin embargo, hay que retroceder muy atrás en el tiempo para encontrar un Gobierno cuya principal oposición está encabezada por la misma dirigente que se encargó de modelarlo para ganar las elecciones presidenciales como compañera de fórmula y mantener sus fueros parlamentarios. Otro factor de incertidumbre son los visibles problemas de la alianza que agrupa al Gobierno, llamada Frente de Todos para atender simultáneamente los reclamos de sus aliados en el sindicalismo y los movimientos sociales sin alentar aún más la inflación, que ya apunta cimas aterradoras y torna inverosímil el eslogan “Primero la gente” de la profusa propaganda oficial difundida mediante la radio y la televisión.
En fin, dolorosa decadencia encabezada por un título que involucra a los argentinos y se llama “crisis”, extensivo a las corporaciones que en complicidad parecen unidas en un solo propósito, destruir un país que lo tiene todo; aunque también tiene una dirigencia que hace que no tenga nada.