Pedro Sánchez precisa de los escaños de ERC para alcanzar su gran ambición: mantenerse en el poder hasta que finalice la legislatura. Son muchos los que temen que la mesa de negociación con los dirigentes catalanes, iniciada en el palacio de la Moncloa, se convierta en la mesa de las concesiones.
Pedro Aragonés y sus colaboradores o compinches pretenden que se derogue el delito de sedición; aspiran a blindar el catalán erradicando el idioma de Cervantes y Jorge Luis Borges de Cataluña, en contra de lo que dispone la Constitución española; aspiran al completo control fiscal en la Autonomía; exigen del Gobierno Sánchez el incremento de las ayudas económicas para aprobar los Presupuestos Generales del Estado; y, en definitiva, se mantienen en el propósito de hacer de Cataluña, tras 500 años de historia unida, un Estado independiente.
Un Pedro Sánchez vacilante y disminuido no está en condiciones de negociar con solvencia las aspiraciones de Pedro Aragonés y ERC, casi todas anticonstitucionales. Las veladuras, las medias palabras, los equilibrios circenses solo ocultarán la realidad de unas concesiones más o menos encubiertas, a través de las cuales el sanchismo pretende conservar la poltrona monclovita hasta que se agote la legislatura.
¿Mesa de negociación o mesa de concesiones? Si se ofreciese información transparente, la opinión pública española terminaría por conocer lo que hay detrás de la parafernalia sanchista y la verborrea incontenida. Los comentaristas más sagaces se temen lo peor. La degradación política preside la vida española mientras se resquebraja por los cuatro costados la España de la Transición.