Dime en qué lengua estudias, y yo te diré quién puedes llegar a ser. Perdón por esta libérrima adaptación del refrán “dime con quién andas y te diré quién eres”. Pero es que, ante el debate actual sobre la diversidad de lenguas en la educación, dentro del marco del Estado español, hay quien pasa de largo o se confiesa sencillamente indiferente. Qué más da que se enseñe en uno u otro idioma, juzgan algunos, lo que de verdad importa es lo que se aprende, los contenidos concretos que se transmiten. Esto supone un grave error de previsión.
La cuestión de la lengua que sirve de vehículo a nuestro aprendizaje no se reduce a su aspecto instrumental. Nuestra lengua no es una cosa, un objeto o herramienta más, sino todo un seno nutricio en el que se gesta y madura nuestro yo. Heidegger llegó a afirmar, grandilocuente y poético a la par, que la palabra es el hogar del ser. Recuerdo, sobre ello, las lecciones de López Quintás en la facultad de filosofía de la Complutense, donde nos insistía en que un idioma no se limita a trasladar de forma neutral cierto mensaje, cual una simple cinta transportadora. El lenguaje –repetía- conforma todo un ámbito y cauce de relación. De hecho, hoy, el propio lenguaje constituye ya, de algún modo, el mensaje fundamental, como advirtió McLuhan al afirmar que, en nuestro tiempo, el medio se ha convertido en el mensaje substancial.
La lengua en la que aprendemos y estudiamos configura, poco a poco, nuestro propio ser, nuestra identidad, y orienta así nuestras relaciones. Como en la familia, la escuela, la universidad u otras comunidades, la lengua no transmite solo información, sino que ella misma da forma, modela nuestra subjetividad y, por ende, nuestros lazos con los otros. En el conocer humano, late un substrato de intereses, denunció Habermas, estudiado por Agapito Maestre, y algo semejante acontece en nuestro lenguaje respecto a los valores, ideas y creencias. Por esto, los nacionalistas más perspicaces, de uno u otro tiempo, se afanan siempre en imponer en la sociedad, por un camino u otro, una sola lengua, y con ella un único y exclusivo sistema de relaciones, y buscan preterir o excluir cualquier otro. Convierten, cainitamente, la educación, la lengua y la comunicación –realidades hechas para el encuentro- en un campo de batalla fratricida, una batalla cultural y política; en definitiva, en una lucha dialéctica, que no dialógica, por el poder.
Junto a todo lo anterior está, por supuesto, el tema crucial de la libertad. Esta también se juega en la inter-acción entre lengua y educación. Vigilar, perseguir y restringir el alcance de una lengua que se abre camino, en las aulas y en los ámbitos educativos o sociales, de modo natural y espontáneo –no interesado ni forzado- representa reprimir la libertad. En este mundo interconectado, adorar el monolito nacionalista de una lengua que restrinja las posibilidades de nuestra comunicación constituye una idolatría retrógrada, aislacionista, un fatuo empobrecimiento colectivo. Esto, sin dejar de celebrar la creatividad que el cultivo de toda lengua encarna, en sintonía con Steiner.
Ahora bien, lo más hondo de este asunto no se reduce a la mera violación de la libertad de expresión –a pesar de lo enorme de este daño, pues se vulnera un derecho humano fundamental-. También se está aquí maltratando otra libertad, la sagrada libertad de pensar. Pensamos con, a través y en el lenguaje, e interpretamos lo real gracias a este, según la hermenéutica de Gadamer, Ricoeur o Maceiras. Por ello, quien controla nuestro lenguaje controla nuestro pensamiento. Ya Wittgenstein señaló que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y, a su vez, Stalin lo asumió sin rubor al proclamar con descaro: .
En sus distópicas y lamentablemente proféticas 1984 y Rebelión en la granja, Orwell denuncia cómo la lengua es utilizada por los déspotas, de cualquier clase y condición, para cercenar la libertad de pensamiento. Mas, cuando a una persona y comunidad se les amputa su libertad de pensar, el propósito no es otro que convertirlas en masa, para así manipularlas a capricho. Ojalá, en fin, no sea este el aciago destino compartido que nos aguarde.