Leí en EL CULTURAL de 1 a 7 de Julio, un interesante artículo de Javier Gomá (La fragilidad invencible) en el que pronosticaba la inminente caída del régimen comunista chino para convertirse en una democracia de corte occidental, en la que “el interés general se pliega a la dignidad individual”.
Y ve este cambio inminente: “No me andaré con rodeos, pronostico que el actual régimen chino caerá y, además, yo veré esa caída”. Veo la fotografía de Javier y pueden quedarle muchos años de vida como para arriesgar ese optimista pronóstico.
Yo, al que le quedan muchos menos, era, hasta hace poco, tan optimista en el cumplimiento de ese pronóstico, que estaba tentado de hacer la misma apuesta. Pero ya no lo soy. Y hasta, de apostar, haría la apuesta contraria.
El sistema de gobierno, de mando, en China ha evolucionado muy poco y sigue siendo el que conocemos de los regímenes comunistas, una dictadura sin plazo de reelección y que se renueva, de vez en cuando, por la decisión de oscuros organismos políticos.
En cambio, el sistema económico ha ido de un extremo a otro. De un rígido dirigismo, el “Gran salto adelante” de Mao Zedong, que fue, en realidad, un retroceso sangriento, a una libertad casi total, el “Gato blanco, gato negro, da igual, el caso es que cace ratones”, de Deng Xiaoping, que permite a los ciudadanos cualquier tipo de actividad económica, de fabricación o comercio, entre ellos o con entidades extranjeras.
La naciente industria china ha sido estimulada, además, sin trabas, por el mundo occidental, que ha solicitado, de ella, todo tipo de objetos y servicios producidos a precios imbatibles.
El resultado ha sido, como siempre que se abren cauces para el libre emprendimiento de los ciudadanos, el enriquecimiento vertiginoso de millones de ellos y como consecuencia, el salto económico de la nación, que lleva camino de alcanzar, muy pronto, a EE.UU. en PIB global y a ser una potencia económica superior a ellos.
Un milagro económico similar al español de los años sesenta y setenta, del pasado siglo, producido por las mismas razones. Las dos naciones han sido las únicas que han alcanzado crecimientos por encima del 7% anual.
A la vista de este enriquecimiento e interrelación con el mundo occidental parecería, efectivamente, inevitable que el sistema político chino acabase deslizando hacia la adopción de normas políticas que regulan el mundo occidental. Pero ya no lo veo tan claro.
¿Que me ha hecho cambiar de opinión? Yo ya he escrito, recientemente, sobre la torpeza de los últimos presidentes de EE.UU., que no han sabido o no han querido continuar el milagro de Reagan, que convenció a Gorbachov de hacer caminar a Rusia hacia el campo democrático. Ahí se abrió una esperanza que esa torpeza ha abortado.
Ahora, la cumbre de la OTAN, en Madrid, totalmente dirigida, por los EE.UU., creo que ha acabado con la posibilidad de un cese de hostilidades con Rusia y ha puesto muy difícil ese acercamiento de China al mundo occidental, sobre el que estamos elucubrando en estas reflexiones.
La reunión de Madrid ha sido frívola, prepotente, superficial en las formas pero férrea en el fondo. De amurallamiento y aumento de las defensas, sin un
gesto de acercamiento o mano tendida. Y ha señalado a Rusia y a China, nítidamente, como enemigos lo que hace imposible cualquier tentativa de acercamiento por ambas partes.
EE.UU. no parece querer un mundo que tienda a la globalización y la colaboración, sino a uno de frentes en el que el suyo, en el que quiere mandar y manda, se acabe imponiendo al otro. Un mundo, como estamos viendo ya, sumamente peligroso.
Así las cosas, vamos hacia una guerra fría o caliente, que solo se evitaría si la ración de “mieles del capitalismo” consumida por los ciudadanos rusos y chinos ha sido suficiente como para negarse a volver atrás.
Me parece, amigo Javier… que puedes perder tu apuesta.