Opinión

Cancioneiro general de Garcia de Resende: hermanamiento de dos naciones

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 01 de agosto de 2022

Portugal y España llevan viviendo de espaldas desde el 13 de febrero de 1668, con la firma del Tratado de Lisboa, que supuso la separación definitiva de los reinos y el fin de Hispania. Pero hubo un tiempo en que ambas naciones tomaron como principio la belleza e hicieron de ella una poética, a través de formas nuevas e italianizantes que abrían a ambas naciones a la imaginación del mundo. La publicación en 1516 del Cancioneiro Geral, una vasta compilación poética bilingüe (en portugués y castellano), llevada a cabo por el poeta, cronista, músico y arquitecto Garcia de Resende (1470-1536), responde a la moda de los cancioneros castellanos, como el Cancionero de Baena, concluido en 1445, y el Cancionero general de Hernando del Castillo, editado en Valencia en 1511.

Este último llegó a manos de Manuel I de Portugal, apodado el “Afortunado”, que viendo el modelo y la representación de vates lusos en él contenidos, encargó a Garcia de Resende idéntica tarea compiladora, que acometió en los cinco años siguientes, de 1511 a 1516. Su objetivo no era otro que evitar la pérdida de “muitas cousas de folgar e gentilezas […], no qual conto entra a arte de trovar”, salvando así del olvido muchas composiciones que ya estaban en desuso o se habían perdido. Además, la edición del Cancionero se integra en el clima de exaltación nacionalista que se vivía en el renacimiento portugués, y al que responde la construcción del Mosteiro de Santa Maria de Belém, más conocido como el de los Jerónimos, iniciado en 1502.

A partir del siglo XIV, la poesía portuguesa se vuelve gradualmente tributaria de la castellana, recibiendo así la influencia italiana a través de las obras de dos de los poetas peninsulares más notables de su tiempo: el cordobés Juan de Mena (1411-1456) y el palentino don Íñigo López de Mendoza, el marqués de Santillana (1398-1458), que recibió el reconocimiento del rey Juan III de Castilla y de León después de defender la corona de musulmanes y nobles aragoneses, y que se dedicó sus últimos días a recopilar su obra, traduciendo e imitando a los grandes escritores italianos del siglo XIV (Dante, Boccaccio y Petrarca).

Entre los admiradores portugueses de la poesía peninsular, se encontraban dos hidalgos de estirpe real: el infante don Pedro, duque de Coímbra y regente del reino durante la infancia de su sobrino don Alfonso V, y de su hijo primogénito, el condestable don Pedro (1429-1466), que llegaría a ser conde de Barcelona, después rey de Aragón en 1463, y también representado en el Cancionero. De hecho, la composición poética más antigua del volumen (anterior a 1499) es precisamente del infante –“Do Infante D. Pedro, filho de el-rei D. João, em louvador de João de Mena” y dicen: “Por tudo isto sou contente / das vossas obras que vejo, / e as não vistas desejo, / fazei-me delas presente”. Lo más singular es que después de estas octavas, se incluye la respuesta del mismísimo Juan de Mena a manera de “Réplica al infante”, a lo que este contesta gentilmente a su vez haber sido replicado más de lo merecido.

A su vez, un joven condestable don Pedro le formula idéntico pedido al Marqués de Santillana, cuya obra admiraba: hoy podemos comprobar dicho trato fluido gracias a la epístola-proemio, “Carta quel Marqués de Santillana envió al Condestable de Portugal con las obras suyas”, documento fundamental para entender la poesía renacentista: “¿E que cosa es la Poesia, que en nuestro vulgar llamamos ‘Gaya Ciencia’, sinó un fingimiento de cosas utiles, cobiertas o veladas con muy fermosa cobertura, compuestas, distinguidas é scandidas por cierto cuento, pero é medida?”. Nos juntamos entonces a escuchar la trompeta lírica de Calíope, que sonreía con magnanimidad al ver Castilla y Portugal hermanadas por ella. Larga vida a los cancioneros.