(Homenaje al poeta Javier Villafañe, el mago de los títeres)
El sueño (autor de representaciones),
En su teatro, sobre el viento armado,
Sombras suele vestir de bulto bello.
Luis de Góngora
Los títeres son un acto de amor que conmueve el alma y el corazón de niños y adultos. Se mueven con los dedos mediante hilos y están fabricados con trapo, madera o cualquier otro material, permitiendo al titiritero representar obras de teatro, en general dirigidas al público infantil. De muy antigua data, es rara una época en la que no se hable de títeres o marionetas. Egipto, Grecia y todo el Antiguo Oriente los mencionan. En Roma, Petronio, Horacio y Aulo Gelio hacen referencia a este espectáculo. Los personajes más característicos de aquellas farsas primitivas fueron tomados de la realidad y más tarde influenciaron notablemente a la commedia dell'arte que, a su vez, influyó sobre el teatro de títeres para dar nacimiento a célebres personajes como Brighella, el Capitán, Colombina, Cassandro, Pantalón y el terrorífico Lamia, un vampiro africano.
En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el marino Bernal Díaz del Castillo es el primero en dejar referencia escrita de la palabra “títere” en nuestra América; lo hace al mencionar a un personaje de la tripulación de Hernán Cortés en su expedición a Honduras: “El tal hombre era un mago, que jugaba de manos y hazía títeres para gozo de nosotros”. Sin embargo, los estudios, tanto de titiriteros como de investigadores especializados en teatro para niños, prefieren la definición que, en 1611, dejó escrita el lexicógrafo Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, donde explica el origen del término en la costumbre de los titiriteros al colocarse en la boca una lengüeta que usaban para deformar la voz, haciendo sonar el chirrido metalizado como “ti-tiri-tero”.
También Cervantes, en El licenciado Vidriera, imagina un “coloquio de los perros” con muñecos manejados con hilos por dedos de ambas manos, y en la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, hace especial referencia a pequeños escenarios que se montaban durante la Cuaresma en algunas plazas y calles, siguiendo los preceptos de la religión católica. En dicha ocasión, durante cuarenta días, los titiriteros presentaban comedias para diversión de grandes y chicos. La afición al espectáculo teatral, más allá del contenido (ya fuera dramático o cómico), llenaba los tablados como se puede ver en la comedia con títeres incorporados Mudarse por mejorarse (1613), del mejicano Juan Ruiz de Alarcón.
Ya en el siglo XX, como homenaje a Cervantes, el compositor Manuel de Falla (que vivió y falleció en Alta Gracia, de nuestra Córdoba de la Argentina), compuso en 1923 El retablo de Maese Pedro, con Títeres gaditanos de la Tía Norica, donde contó con la presencia de su amigo Federico García Lorca como manipulador de los muñecos. Unos años después, el propio Federico escribió el Retablillo de Don Cristóbal, culminando sus trabajos para los populares “títeres de cachiporra”, que representó en el teatro Avenida, después de una función de su drama Bodas de Sangre, interpretada por Lola Membrives, que deslumbró y fue gozo de los mayores que habían asistido al teatro; entre ellos Javier Villafañe, a quien dedicamos esta evocación.
“Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán”, según la versión de Federico, que nuestro Javier recitaba de memoria.
Es oportuno agregar que Jacinto Benavente, Valle Inclán, Augusto Martínez Olmedilla, Tomás Borrás, Eduardo Blanco Amor, César Muñoz Arconada y Rafael Alberti escribieron y montaron escenarios para representar el espectáculo de los títeres, dedicados en especial al deleite de los niños.
Pero concretamente, de este lado del Océano, su mayor artífice fue el entrañable poeta argentino Javier Villafañe; a él le debemos la difusión y representación del maravilloso espectáculo de los títeres difundiéndolos apasionadamente por todo el Continente Americano. Sabemos que la primera función que realizó Javier con sus títeres fue en un baldío del barrio de Belgrano, allá por el año 1935. Contaba Javier que de adolescente solía concurrir a un teatrito del barrio de La Boca, como espectador de los “pupi sicilianos”, creados y dirigidos por el matrimonio Terranova, originarios de esa isla italiana, de los que se hizo amigo. El 26 de junio de 1933 construyó su títere “Maese Trotamundos”, el presentador de todas sus obras, que daría origen a un legendario personaje que es parte de muchos de sus libros. No demoró en salir a los caminos con su original carreta viajera para transitar por los pueblos de la Argentina, ni tampoco en cruzar la Cordillera de los Andes para pisar suelo chileno y seguir hasta Perú; de allí se abrió camino hacia Ecuador, Colombia y Venezuela, donde nació su hijo Juano. En el descenso hacia la patria, pasó por Bolivia, Paraguay, Uruguay y otra vez su tierra y el agregado de nuestra madre patria.
“Las marionetas jamás llegarán a envejecer -afirmaba Javier con su tono poético-. No sienten el lento rodar de los siglos, ellas van de generación en generación, viven y sonríen por encima el tiempo. Hoy gozamos delante de un teatro de títeres igual, exactamente igual como gozaban los niños y los viejos, hace siglos, cuando rodeaban a los juglares y saltimbanquis, que hacían aparecer los fantoches que llevaban ocultos debajo de sus capas”.
Humildemente, generosamente, financiándose como podía, el Teatro de Títeres “La Andariega” (así se llamaba el carro tirado por un caballo que lo trasladaba de un sitio a otro; vale decir, de un pueblo a otro pueblo y de un país a otro país) conducido por el aedo Javier Villafañe, se detenía en los sitios más humildes y remotos para brindar felicidad a los chicos. Este enorme artista y humanista, con morosidad e infinita paciencia, acompañaba la lenta marcha de su carro.
Y así, mientras desandaba caminos o ásperos senderos, el carismático Javier, enseñaba a los niños de las escuelas a construir sus propios personajes a partir de una calabaza, trabajada con la técnica de papel maché y la cartapesta (un procedimiento que se sirve de trozos de papel de diarios cortados a mano y unidos mediante un pegamento para formar objetos); a su vez, se dedicaba a la escritura de poemas y cuentos infantiles, sin descuidar las obras que componía para sus tiernos títeres, en cuyas escenografías era asistido por notables artistas plásticos de su amistad, tales como Norah Borges, Elba Fábregas, Antonio Berni, Emilio Petorutti, Raúl Soldi y Liber Fridman, que en ocasiones lo acompañaban para ser sus colaboradores o escuderos. En 1940 se hizo justicia y recibió una modesta beca de la Comisión Nacional de Cultura para “divulgar la actividad titiritera”.
A través del pintor Liber Fridman, tuve la felicidad y el privilegio de tratar y merecer la amistad de este notable artista y humanista, y de mantener con él amables y dilatadas conversaciones. El inmenso Javier era un niño grande, puro corazón, sonriente y predispuesto a compartir una larga mateada con la gente que quería. Sus ideales socialistas eran genuinos y practicables; consistían, sobre todo, en la bondad bajo su más pura entrega, en la sabiduría y la solidaria. Derramando felicidad, no está demás agregar que el inmenso Javier Villafañe ejercía su noble oficio de demorada historia.
En ese lento y persistente caminar como valiente misionero de la paz, Javier debió resignarse a todas las contingencias y penurias. Fue perseguido por la dictadura militar que lo consideró subversivo tras la publicación de su libro Don Juan el Zorro, haciendo que debiera asilarse. En 1984, ya vuelta la democracia, Javier regresó a la Patria y empezó a ser tibiamente reconocido en este país que suele ser indiferente con sus grandes artistas.
Recuerdo una melancólica tarde de lluvia, cuando el poeta me llamó por teléfono para describirme la disputa de dos palomos que se enfrentaban en el techo de su casa como enamorados titanes para seducir a una frágil palomita. Fue una larga conversación en la que con alma de artista y ornitólogo; acaso de mejor observador, Javier me ilustró sobre el comportamiento de esos pájaros que consideramos entrañables mensajeros de armonía, pero que no lo son tanto cuando la disputa se extiende hacia la pasión amorosa.
Vestido siempre de overol (ropa de trabajo de una sola pieza, también llamada mameluco o jardinera), nuestro gran titiritero alegraba el corazón de los niños; ya muy mayor, de improviso, los días domingos montaba su escenario en una plaza o en un parque público para deleite de los más pequeños. “Estos revulsivos muñecos son un vicio para mí; diría que más que vicio, son una inmanejable necesidad”, se justificaba. También, durante un dilatado tiempo nos encontrábamos con Javier los días sábados en una tan divertida como ilustrativa tertulia que en el patio de su casa de Palermo, convocaba nuestro común amigo Liber Fridman “mi leal y entrañable hermano”, como lo calificaba al pintor que alguna vez lo secundo en sus travesías; allí se daban cita Ernesto Sabato, el cantaor Miguel de Molina, Antonio Berni y algunas veces Borges y Fangio, a quienes yo acerqué como especiales invitados.
Porteño de corazón, Javier Villafañe abrió sus ojos al mundo en Buenos Aires el 24 de junio de 1909, año en que la esperanza era un estímulo para los argentinos, y se sumó a los más en la ciudad que lo vio nacer el 1 de abril de 1996.
Hay tanto para escribir sobre este tierno maestro de los títeres y de la palabra que no alcanza la limitación impuesta por esta reseña; Javier fue dueño y soberano de un infinito anecdotario. Pero nada mejor, creo, que evocarlo en lo que a él tanto le agradaría, su poesía, rica en lirismo e ironía. Elijo dos de sus coloquiales y perdurables composiciones, “Judas” y “El ciudadano”:
-¿Qué estás haciendo hombre?
-Anudo una soga para ahorcarme
y mientras tanto miro
tanta paz en el lomo de los perros
tanta rama subiendo por los árboles
tanto cielo
tanta aguja con hilo
tanto pan pesado en la balanza
tanta harina perdida por el suelo.
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¿Has pensado en esto del vivir
-préstamo a plazos-
con los días cortados a medida
tan iguales los martes a los jueves?
¿Has pensado
que todas las mañanas te despiertas
con la boca en su sitio
y los zapatos debajo de la cama?
Y después, el agua,
el cepillo de dientes,
el vestirse,
salir, volver,
las conversaciones,
el periódico,
y dormir
y despertar otra vez al día siguiente.
¿Has pensado en la carga tremenda
de andar llevando a un ciudadano a cuestas?