Opinión

¿Por qué no votan los jóvenes?

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 09 de agosto de 2022

Los jóvenes no votan por lo mismo que no compran un periódico. No lo necesitan. Viajan en metro mientras se comen los mocos. Ligan por Tinder, con todo el material visto y pesado para la ocasión. Bailan por TikTok y venden alegría, que es motivo principal para lo anterior. Instagram les permite colgar imágenes sin texto, porque tampoco saben escribir, y se trata de vender climas, una atmósfera, un ambiente, donde invitar a otros. Twitter es para los padres broncas y Facebook para los abuelos intelectuales: el mensaje en el primero llega pronto, pero suele ser una hostia, mientras en el segundo tarda en llegar, después de leer y leer, con lo que no compensa el viaje.

Llega el finde, se encuentran locales molones de caña a un euro, botellones baratos, terrazas frescas, y como ya está todo el pescao vendido por el teléfono móvil pues es una cosa de mero Wallapop, llegar y presentarse. El régimen del 78 es algo así como “Cuéntame” y en todas las elecciones nacionales se ha cotizado entre un cuarenta y un sesenta por ciento de abstención. No creen a nadie, la última esperanza fue una coleta y, cuando vieron el chalé junto a la piscina en forma de riñón, se la cortaron. El precariado quiere ser feliz con lo que tiene sin darle demasiadas vueltas a la bola. Algunos partidos enseñan a sus “Juventudes” y tienen treinta años. “Si a los treinta años te llaman joven es que no te quieren pagar”, dice Kiko Llaneras, mago azul del nuevo periodismo en “El País”. La desafección es bañarse hasta los tobillos pero la abstención es no entrar en el agua. “Me la bufa”, “Me la pela”, “Me la suda”.

Mítines, reuniones, meriendas, fiestas políticas al aire libre: un geriátrico. El votante joven no se siente identificado con las cabezas de cartel. “Yo, paso”. Los abueletes le echan miga y tintorro al asunto pero huele todo a próstata amarilla y vulva que ya es mejillón. Una forma de borrar la pizarra y empezar otras ecuaciones sería una campaña de alto voltaje: “¡No votes a un viejo!”. Vota lo que te pete, compi, pero no a un viejo. Igual otra renovación vestiría el césped de aves e insectos nuevos, de colores, donde hasta saldría el arcoíris en plan era Acuario. Eso de combinar pensiones con dietas políticas es una forma de saqueo vomitiva. Los viejales van a lo bonzo, pero mayor pecado tienen sus superiores, porque callar es otra corrupción. Ningún jubilado tendría que tener ingresos políticos, si quiere hacer la faena, muy bien, pero gratis. Es lo que le pasa a un currele: si le pillan trabajando jubilado le crujen. La mejor forma de que desapareciesen todos en un suspiro, muchos subiéndose los piños y los dodotis a la carrera, no sea que vengan los maderos finos.

La Transición les suena a algo entre Karina y Manolo Escobar, el primer narco sin saberlo de la historia, por eso le robaron el carro. Sus padres a los treinta años tenían todos hijos, estaban comprometidos políticamente y la calle era la vida. ¿Dónde, cuándo, a qué hora hay manifestaciones? Yo no veo ninguna y, si se cruza al paso, no falla, más abuelos (barbados, con pañuelo, camiseteros, voceras, pero abuelos con pelos). Perder la calle es otro suicidio: sin protesta no hay mejora y el dogal se aprieta ya sin disimulo. Los padres de los muchachos pasotas tampoco preguntan. Quietecitos ahí, frente al portátil, no molestan, incluso salen con un algún chiste, los ven así fuera de la droga o peligros mayores. El tercer brazo (el del teclado) es, bien mirado, otro dogal: ata y no molesta, bella jaula de oro. Muchos ni piden dinero. Con la pantalla basta. Mamá ya trae cosas para beber y comer, alguna lata de cerveza fría, unas patatitas fritas en bolsa o chocolatinas. El éxito es siempre convencer a los viejos para que se piren por el mundo y dejen el panorama libre.

La calle enseña a sus pobres jóvenes vestidos de pobres: afeitados por los lados, mucho playero, algo de oro falso, anillos gordos y voces, muchas voces, porque el único lujo es la atención, que se fijen en ellos y les hagan caso. Los jóvenes no votan porque se pueden permitir vivir fuera de la realidad. De vez en cuando sale algún careto grande, gordo, sentado en el banquillo (Bárcenas, Rato, Griñán, Chaves) y ellos, al imaginarse que es rico, sonríen y dicen: “¡Hizo bien! ¡Un grande!”. No hay riqueza inocente, dijeron Rafa Chirbes y todos los profetas bíblicos. Mucha pasta solo se consigue de un modo preciso, que no es trabajando, siempre de puntillas por la escala musical hasta que nos caemos y suena el tambor. Nuestro “ropopompom” castizo. Befa, burla y castañuelas morenas.

Igual me pongo este verano y redacto mi novela, en plan parábola y Saramago, sobre la nueva pizarra para todos: “No votes a un viejo”. Los jóvenes no votan porque falta el estímulo y pesa, sobra, tanto cansancio. Así trabajan y no piensan. Así desprecian los medios-soles (televisión, prensa escrita generalista) para quedarse con los medios-linterna: Instagram, TikTok, Tinder muy sudado. ¿Cómo los padres de la patria, entre el matadero y el veterinario, van a cambiar a sus terneros cachorros? Los jóvenes no votan porque son felices, habitado y “cuqui” el espacio que les ha tocado en el presente vertedero. Se mueven rápido, invierten en burbujas la calderilla hermosa, viven al margen de los sermones eternos en lo alto de la montaña. “Yo, paso”, fue seña identitaria del pasota/Madriles, un poco antes de la gran fiesta nacional del ladrillo. Les va a costar mucho comprarlos porque en su hambre mandan ellos. Lo mejor es empezar con promesas por el Tinder.