Lo ocurrido con Salman Rushdie en Chautauqua (Nueva York), apuñalado a manos de un fundamentalista islámico, ha hecho reflexionar al mundo entero acerca de la intolerancia y el fanatismo: afortunadamente, el escritor y ensayista británico de origen indio se recupera de la más de una decena de puñaladas asestadas con furia por su agresor, un joven de 24 años afincado en Fairview (Nueva Jersey), de origen libanés y seguidor de Hezbolá, llamado Hadi Matar y que, por supuesto, se ha declarado inocente según consejo de su abogado de oficio. Tras ser intervenido durante varias horas, Rushdie se recupera de las estocadas en un hospital de Erie (Pensilvania), con un ojo, un brazo y el hígado dañados. Lo que nos cuesta entender a muchos es la trasposición de la literatura en peligrosidad, siempre en el costado metafórico de la existencia. Escribir bien es mover al pensamiento libre, algo que a muchos ofende: otros escritores se obsesionan por monetizar sus palabras o alcanzar la gloria mediática. Rushdie apostó por la literatura como salvoconducto aun a riesgo de perder la vida, al igual que hicieron Christopher Marlowe, García Lorca, Bruno Schulz o Huang Yuanyong.
Es la libertad de expresión la que se ha visto apuñalada en la figura de Rushdie, cuya obra incluye la perseguida Los versos satánicos (1988) y un puñado de novelas memorables como Grimus, Hijos de la medianoche (Premio Booker), Vergüenza, Harún y el Mar de las Historias, El último suspiro del Moro, El suelo bajo sus pies, Furia, Shalimar el payaso, La encantadora de Florencia, Luka y el Fuego de la Vida, Dos años, ocho meses y veintiocho noches o La decadencia de Nerón Golden. Sobre todo su legado planea el magisterio de sus dos escritores de referencia, Joseph Conrad y Anton Chéjov, de cuyos nombres de pila se sirvió para titular sus memorias, Joseph Anton (2012), a los que hemos de añadir influencias más contemporáneas de Gabriel García Márquez, Edward Said o Thomas Pynchon. Si las letras lucen para hermosear las democracias, el talibanismo no puede resistir borrar del mapa a sus creadores, aunque sus aportaciones sean modestas o no lleguen al gran público. Seamos sinceros: ¿cuántas personas en el planeta leen o han leído a Salman Rushdie y a tantos otros? A Roberto Saviano, por ejemplo, amenazado por la Camorra por sus novelas. La sociedad y el mercado han convertido la literatura en combustible marketiniano, pero Rushdie nos recuerda que la literatura puede ser puramente lírica, una artesanía para proporcionar divertimento, sabiduría, placer estético y reflexión ética… Los honores y los halagos, los premios y los reconocimientos, vienen por añadidura: Rushdie se acaba de poner de moda por el intento de asesinato contra su persona, pero convendría reflexionar acerca de si su forma diferente de enfocar sus novelas y sus magníficos escritos en prosa y ensayos –Patrias imaginarias, La sonrisa del jaguar o Pásate de la raya– han calado hondo en el universo de lectores.
En Los versos satánicos, dos actores indios, Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, viajan desde Bombay a Londres en un avión que es secuestrado y, finalmente, derribado por terroristas. Pero ambos amigos sobreviven y se transforman respectivamente en el arcángel Gabriel y Shaitan (Satanás en árabe), inmigrantes ilegales en Reino Unido que, acosados por la policía, deciden separar sus caminos. Shaitan es detenido, pero Gabriel vive varias experiencias sobrenaturales y le asaltan visiones, como la de una peregrinación musulmana que termina con los fieles ahogados en el mar o la de Mahound –parodia de Mahoma–, empeñado en fundar una religión monoteísta en la localidad politeísta de Jahilia (La Meca), donde comienza a adorar a tres “diosas”, algo que Jomeini y su régimen teocrático consideró blasfemo en 1989, condenándolo a muerte y ofreciendo de paso una cuantiosa recompensa a su verdugo. Lo que irrita a sus odiadores, los deseosos de que se cumpla la fatua contra él dictada, es que Rushdie ha escrito a través de la literatura que, en realidad, las religiones y sus profetas muchas veces mueven a equívoco a sus fieles en boca de intérpretes extremistas.
Uno de sus últimos libros ha sido Quijote, deliciosa novela atravesada por el fino humor del autor sobre un epígono de Alonso Quijano, Sam DuChamp, un escritor de novelitas de espionaje que crea el personaje de Quijote y que, junto a su hijo imaginario Sancho, recorren los Estados Unidos en busca de una Dulcinea televisual. No es casual que sea este homenaje y no otro el escritor nacido en Bombay que haya dado a la imprenta recientemente. Porque Rushdie ha convertido el miedo en heroísmo, en la consecución misma de los sueños; ha transformado la soledad y la persecución en un brujulear de exilios que ha ido sembrando con sus magníficas creaciones. Pero al final regresa el mal, que no olvida nunca a sus víctimas, a las que acorrala tras reaparecer en cualquier latitud. Necesitamos más que nunca voces como la de Salman Rushdie para vivir sin desasosiego y hacer de nuestras lecturas y de nuestra literatura una lanza que defienda los valores inapelables del ser humano: la libertad, la igualdad y la dignidad a que todo hombre tiene derecho.
Salman Rushdie mezcla como nadie lo fantástico con el realismo, porque como buen amante de la libertad, los compartimentos estancos, las fronteras y las etiquetas han sido siempre su frente de batalla: entre sus convicciones está, por ejemplo, la de que el hinduismo y el islam no sean antagónicas. La lección de vida que nos deja Rushdie con su trayectoria no deja lugar a dudas: su crítica a toda forma de fanatismo nos atañe y nos afecta. Sí, experimentamos con él estos días un estremecimiento, pero su entereza y su fortaleza han cercado, limitado y curado un poco más la indiferencia social hacia los regímenes que aniquilan a quienes no piensan igual. Lo ocurrido con Rushdie es un síntoma de un mal más profundo, que se mueve sinuoso entre la estulticia, la incultura y la vileza mental.
Hay muchas maneras de morir, como tantas de silenciar. Este reúma de las sociedades modernas que es la complicidad con los verdugos acaso sea una de las grandes enfermedades que padecemos, una suerte de anestesia que recorre sombría como un efluvio todas las instituciones, administraciones, ministerios y gobiernos que callan, cómplices, ante una atrocidad semejante. Es muy fácil hacer soluble un crimen en el sumario de un telediario: lo que resulta cada día más difícil es alzar la voz en la plaza pública contra los inicuos, entre otras cosas, por la complicidad de los “buenos”. Larga vida, pues, a Los versos satánicos y a su genial diablillo creador.
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