Un olor a césped mojado por el semen de la noche embriaga los sentidos en el porche de esta casa de pueblo en la que, al leer la prensa, acabo de enterarme de que han apuñalado al escritor hindú amenazado de muerte por un líder espiritual iraní Salman Rushdie.
La espiritualidad, además del reconocimiento del ser humano de que hay algo que le supera, y que no solo existe lo que se puede medir, es la fe en ese amor sublime y total y totalizante que hace que las diferencias entre todos los seres humanos descansen en cero.
De hecho así lo explica por ejemplo el sabio y santo del Islam Ibn Arabí al decir ya en 1215 en su Tratado de la unidad: “Hubo un tiempo, en el que rechazaba a mi prójimo si su fe no era la mía. Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas: es pasto para gacelas y convento de monjes cristianos, templo de ídolos, Kaaba de los peregrinos, tablas de la ley judía y el libro del Corán. Yo vivo en la religión del amor: dondequiera que se dirijan sus cabalgaduras, ahí están mi religión y mi fe. Mi corazón es la caravana de camellos del amor".
Luis Racionero, en una novela preciosa sobre Ramon Lull (acaso la figura literaria y espiritual que más ha tratado de acercar amorosamente el cristianismo y el islam) titulada El alquimista trovador, va más allá, o dice lo mismo de otra forma, al poner en boca de Llull que “el amor lo comprende y lo comprehende todo”.
Y un músico místico de nuestro tiempo, Leonard Cohen, añade algo a ese pensamiento en su verso “el amor religioso, como el ideal democrático, nos hace saber que nuestras diferencias descansan en cero”…
¿Qué saben pues del amor de Dios o de literatura o de política los que mataron a Federico García Lorca o a Pedro Muñoz Seca o a Edith Stein o a Tomas Moro o a Margueritte Porete o a Anna Politkovskaya?
¿Qué sabe del amor de Dios quien apuñada a Salman Rushdie?
Quienes hemos leído Los versos satánicos hemos advertido que la prosa de este escritor sobresaliente es en todo exigente, sofisticada y preciosa, y que su intencionalidad narrativa es la de desafiar al dogmatismo y al fanatismo mediante la sátira docta. Y quienes hemos leído también su novela Hijos de la medianoche sabemos que se trata de una obra maestra de la narrativa postcolonial que analiza como nadie con los instrumentos de la ficción la línea divisoria entre oriente y occidente, y entre el racionalismo y la tradición, mediante una trama genial que, en la India, confronta en un personaje el chamanismo y la medicina como metáfora alegórica de como se ve La India desde occidente.
Se trata de un autor imprescindible, incómodo por su lucidez, audaz por su propuesta, y cuya obra ilumina el mundo. Sí, se trata de un mártir más de la literatura genial; esa literatura que nos hace saber que hay gente maravillosa en este mundo que hace lo indecible por nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad, y lo posible para que no nos contagiemos del cáncer de la radicalidad y el cáncer del fanatismo.
En efecto se trata de uno de esos escritores a los cuales los amantes de la inteligencia, la dignidad y la belleza le debemos un gran tributo de gratitud y devoción…
En una ocasión hace años en una sede del Pen Club tuve la oportunidad de asistir a una conferencia realmente extraordinaria impartida por Salman Rushdie. Levanté la mano cuando concluyó para formular una pregunta en el turno de preguntas. Ésta: ¿Odia usted a Jomeini? Y, como hacen los sabios que parece que te están respondiendo a esto pero en realidad te están respondiendo a esto otro, dijo: “en el año 19020 la mujer más rica de su tiempo, Peggy Guggenheim, se enamoró, en París, de un poeta bohemio, Samuel Beckett. Le perseguía por las librerías que frecuentaba, por las calles, por los cafés, de modo tal que, en una ocasión, él la abordó y le preguntó: ¿qué quieres? Ella le respondió que estaba enamorada de él, pero el poeta la replicó a eso que él no creía en el amor, pero que le concedía una noche. Se la llevó a la buhardilla de Montparnasse de veinte metros cuadrados en la cual vivía, e hicieron el amor. Conocemos esta anécdota porque Peggy Guggenheim escribió al respecto un poema titulado El Palacio. Sí, a la mujer más rica de su tiempo la buhardilla de veinte metros cuadrados de Samuel Beckett le pareció un palacio… Pues mire, la vida es demasiado corta como para odiar: ¡hay que hacer palacios!”…
Si no hubiera fanáticos ni radicales extremistas el mundo sería más vivivle.
Amamos la vida y la literatura porque le damos la espalda al fanatismo y a la radicalidad.
Viva el amor. Viva Salman Rushdie.