Opinión

Justicia para Salman Rushdie

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 21 de agosto de 2022

No quería escribir en caliente sobre el intento de asesinato de Salman Rushdie. Me pareció más prudente ver cómo reaccionaban los gobiernos, las organizaciones de derechos humanos y los intelectuales. Todo ha sido bastante previsible. En general, han proliferado las condenas y las defensas encendidas de la libertad de expresión. Ha habido muchas voces que han reivindicado directamente el derecho a ofender y a blasfemar como manifestaciones de ese derecho. Bernard-Henri Levy, amigo del autor, ha aprovechado la ocasión para pedir que le concedan al novelista británico-estadounidense nacido en la India el Premio Nobel de Literatura. Las ventas de “Los versos satánicos” han crecido. Esteban González Pons escribió en Twitter un mensaje algo desconcertante: “El atentado contra Salman Rushdie también es contra la libertad de pensamiento y expresión. Urgente dejar de normalizar el fanatismo religioso como si se tratase de una manifestación cultural más cuando no es otra cosa que atraso histórico. ¡Viva la literatura libre! Que se oiga”. El tuit queda tan ambiguo que termina resultando clamoroso. Uno no sabe si a Rushdie lo persigue la secta de David Koresh o el régimen de Teherán.

En efecto, a Salman Rushdie lo condenó a muerte el ayatolá Ruhollah Jomeiní (1902-1989), líder de la Revolución Islámica de Irán, cuyo régimen oprime desde 1979 a su propio pueblo al tiempo que aterroriza a sus vecinos. Se trata de una teocracia islámica chií que combina el islamismo y el socialismo revolucionario. A diferencia de las organizaciones terroristas comunistas -pensemos en la Fracción del Ejército Rojo- o del terrorismo de izquierda nacionalista como ETA, la Revolución Islámica no es secular, sino islamista, es decir, pretende hacer del islam la única fuente de derecho y la única instancia de legitimación del Estado. Su misión no es garantizar la paz ni la seguridad en el sentido moderno occidental, sino asegurar la práctica del islam y su promoción. Esto llevará, según el pensamiento islamista, a la paz, la seguridad y la prosperidad del pueblo, que en general ha de ser musulmán.

El triunfo de la Revolución Islámica rompió el eje clásico de la Guerra Fría. Los ayatolás eran, al mismo tiempo, anticomunistas y anticapitalistas. Profundamente nacionalistas, reivindicaban el papel que, a su juicio, Irán debía tener en el mundo. Esto, en términos militares, consistía en situarse entre las potencias regionales, disponer de armas nucleares y liderar el mundo islámico. Convencidos revolucionarios, deseaban abolir las instituciones que asociaban al Shah y a la influencia occidental, aunque para ello tuviesen que utilizar los mismos medios que condenaban; por ejemplo, la policía política, la tortura y el asesinato. Desde Teherán, la doctrina del islam revolucionario se entendió por todo el Oriente Próximo, África y América. La Revolución Islámica impulsó y sostiene a Hizbulá en El Líbano y a los hutíes en el Yemen. Los ayatolás han mantenido a Assad en el poder en Siria al igual que hicieron con su padre. Ellos han desestabilizado Irak e intentaron hacer lo propio en Bahrein y Arabia Saudí. Son ellos quienes han hecho de la destrucción de Israel un objetivo de Estado. Son ellos quienes reprimen, encarcelan y oprimen a su propio pueblo.

Con la fetua que condenaba a muerte a Rushdie, la Revolución Islámica se arrogaba el derecho de castigar la blasfemia en cualquier lugar del mundo. Es uno de los atributos que corresponden al gobernante en la doctrina islamista: imponer el islam en la sociedad y castigar las transgresiones. Al mismo tiempo, convertía a la víctima en culpable de su propio destino. Cuando se publicó el decreto religioso el 14 de febrero de 1989, en todo Occidente se alzaron voces de protesta y solidaridad hacia el escritor.

Hoy, sin embargo, algo ha cambiado.

El pensamiento “woke” ha pretendido dar carta de legitimidad a toda doctrina que se oponga a los valores y principios de la civilización occidental. Esto he llevado a una confusión en torno a la blasfemia: ofender a los cristianos queda dentro de la libertad de expresión, pero hacer lo propio con los musulmanes es dañar a una minoría cuyas creencias han de ser respetadas a toda costa. Nótese que no se trata de proteger la libertad religiosa ni la libertad de expresión, sino de circunscribir su aplicación a determinados grupos; en este caso, los musulmanes. Si la reacción es violenta, queda dentro de la “violencia de los oprimidos” y no puede equipararse a la de los “opresores” (apuntemos la importantísima influencia de Frantz Fanon y sus seguidores en el pensamiento “woke”). Cualquier crítica será etiquetada como “racismo” o “islamofobia”. Esto lleva a mensajes como lo que hemos visto en estos días o incluso a reacciones tibias como las de Amnistía Internacional y otras organizaciones de izquierda. La confusión es tan grande que, para no parecer críticos del islam, algunos terminan pareciendo blanqueadores del islamismo.

La permanente amenaza de muerte que gravita sobre Salman Rushdie es radicalmente injusta e ilegítima, pero no se puede pedir justicia a partir de silencios engañosos. A Salman Rushdie no lo buscan para matarlo los cristianos, ni los judíos, ni los budistas. No lo persiguen los chamanes del Asia Central ni los padres y madres de santo del candomblé y la umbanda. No se reunieron contra él los hindúes ni los taoístas ni los seguidores del sinto. Ni siquiera se puede decir que todos los musulmanes le deseen el mal. En realidad, miles de ellos han muerto a manos de ese mismo régimen asesino que dispensa la vida y la muerte sólo para demostrar que puede hacerlo. Esa ambigüedad a la hora de condenar al régimen iraní y a sus seguidores es una injusticia para todas las personas religiosas de este planeta que no matamos en nombre de Dios ni creemos que sea legítimo hacerlo.

Esta columna pide hoy justicia para Salman Rushdie.