Opinión

Antropología y Axiología

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 22 de agosto de 2022

La antropología considera al ser humano como un “factum”, como algo ya hecho o acabado. Lo mismo que la ornitología considera a los pájaros como “facta”, como seres completamente terminados. Se trata de ver cómo son o lo que son. Inventariar en lo posible sus partes componentes y exponer cómo se ensamblan entre ellas. Describir las acciones de que son capaces. Etc. Según esto, la pregunta última que se hace la antropología es ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su esencia?

En cambio, la axiología considera al ser humano como un “faciendum”. Es un ente sobre el que pende una tarea, realizar los valores. Se está haciendo a sí mismo . Sólo estará terminado en el momento de su muerte. Su esencia será entonces su historia, los valores y antivalores que haya llevado a cabo. Lavelle decía que el hombre es una existencia que se da a sí misma su propia esencia.

Detrás de estas dos concepciones del ser humano están obviamente Platón y Aristóteles.

Aristóteles pensaba en el hombre como una unidad substancial, en que el cuerpo es la materia y el alma la forma. La terminología materia-forma no pasa de ser una “façon de parler”. Pero él creía que era una profunda teoría metafísica aplicable a todos los seres. En este caso al menos, es apta para proponer su concepción del ser humano como “factum”. Ya está hecho. La vida del ser humano en este mundo es su única vida.

En cambio, Platón ve al hombre como un espíritu prisionero en la cárcel del cuerpo. No ansía más que escapar de esa prisión. Tal como él la expuso, su teoría resulta exagerada. Pero cabe matizar su pensamiento, como hizo luego San Agustín. Lo que está claro es que para Platón la vida del hombre en este mundo es inestable, transeúnte, provisional. El ser humano es un “faciendum”. Aspira a vivir en un mundo distinto y mejor que éste.

Los teólogos cristianos dicen que en este mundo estamos “a prueba”. Por tanto dan la razón a Platón. Estamos aquí de paso. “Una mala noche en una mala posada”, decía Santa Teresa con su gracejo habitual. Nuestro destino eterno es, o cerca de Dios en el cielo, o lejos de Dios en el infierno. Todo depende del saldo final entre lo bueno y lo malo que hayamos hecho.

Mientras la teología cristiana estuvo dominada por el pensamiento de San Agustín, no hubo ningún problema. Su visión del hombre era platónica. Había plena coincidencia entre la noción teológica de “estar a prueba” y la concepción filosófica del hombre propuesta por Platón. Con todo, San Agustin suavizó las exageraciones de Platón para adaptarlo al cristianismo. No se trata de que el espíritu acabe librándose de la insoportable cárcel del cuerpo, sino de que el espíritu consiga reconciliarse con un cuerpo mejorado en un mundo mejor que éste. Allí alcanzará la tan deseada felicidad. Incluso esa unidad substancial de que hablaba Aristóteles, tendría sentido Desaparecerá allí la oposición que aquí abajo experimentamos entre

el bien que discierne el espíritu y el mal que empuja apasionadamente al cuerpo. El problema surgió cuando Santo Tomás de Aquino hizo el descubrimiento de las obras de Aristóteles. De ahí arranca la tradición cultural y religiosa que solemos llamar “aristotélico-tomista” o “la Escolástica”.

Salta a la vista que la noción aristotélica del hombre como “factum” es incompatible con el “estar a prueba” de la teología cristiana. Uno se maravilla de que Santo Tomás no se diera cuenta de esa obvia disparidad. En la medida en que el pensamiento cristiano dejó de ser agustiniano, y pasó a ser tomista, se produjo una esclerosis intelectual, de la que todavía no se ha salido del todo. Los intentos que ahora se hacen por reconstruir una “antropología cristiana” son la prueba.

El cálculo lógico nos brinda una fórmula sencilla que describe al ser contingente o creado respecto al tiempo: nace → (puede morir o puede no morir). Todo “puede sí” implica el correspondiente “puede no”. Y viceversa. Un ser contingente que nace, o es temporal, o es eviterno.

Estas dos posibilidades las vemos presentes en el ser humano. El espíritu es eviterno y el cuerpo es temporal. ¿Cómo dos elementos tan dispares pueden formar la unidad substancial que postulaba Aristóteles?

La resurrección de la carne, esencial en el cristianismo, implica que la materia de nuestro cuerpo deje de ser temporal y pase a eviterna. Sólo Dios sabe cómo este tránsito pueda ser realizado. Lo único que sabemos es que no se trata de algo contradictorio sino posible. En todo caso, lo que aquí queremos enfatizar es que la lógica formalizada ha revalidado a Platón y descalificado a Aristóteles.

Nadie ha visto un espíritu por fuera. Pero todos experimentamos su presencia dentro de nosotros mismos. Pensamos en él como una energía, una capacidad de acción. En efecto, podemos razonar y decidir, algo que no hacen los animales. El primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, el que abre la puerta del lenguaje, comprende dos aspectos.

En primer lugar, Nuestro espíritu es libre en sentido positivo. En el aspecto moral, el espíritu es un “motor inmóvil” para usar la en este caso feliz expresión de Aristóteles. Es un “creador en pequeño”, apostilla Hartmann. Crea “ex nihilo” el bien y el mal de nuestras acciones en el mismo sentido en que Dios crea el mundo de la nada. Por eso es responsable exclusivo de su conducta. Ser libre en sentido positivo es la cualidad que nos define como personas.

En segundo lugar, el espíritu tiene delante el arco de los valores éticos, estéticos y religiosos como misión a cumplir. La libertad positiva es inseparable del conocimiento de los valores. Y el primer valor que percibe el espíritu es la “verdad”, y su contrario la “falsedad”. Eso va en la esencia del afirmador-negador. No es propiamente una cualidad ya hecha del espíritu. Es más bien una misión, un tarea. Es su razón de ser. Estamos en este mundo para dar realidad al arco de los valores.

Saquemos las graves conclusiones de todo lo anterior.

El hombre “es” su espíritu eviterno. No “es” su cuerpo temporal. Lo “tiene” como el primer medio, o valor económico, con el que realizar los valores propios -éticos, estéticos y religiosos-. Lo tiene por tanto bajo condición. No es titular de un derecho de propiedad ilimitado, “utendi et abutendi”. El Derecho Romano consideraba la figura “cessio sub conditione”. Por eso, el ser humano tiene que

respetar su cuerpo y su sexo. No puede hacer con ellos lo que quiera, sino sólo lo consentido por los valores.

En cambio, la antropología concibe al hombre como “factum”, como una realidad acabada y al margen de los valores. Como si fuera un animal un poco más complicado que los demás. La axiología, por el contrario, considera al hombre inseparablemente unido a los valores, como un “faciendum”.

La pregunta siguiente sería: “quid faciendum?” La respuesta es inmediata: los valores.

Los valores más decisivos son obviamente los religiosos, aunque la Axiología no se ocupa de la Revelación. Con todo, incluso si Jesucristo no hubiera venido a este mundo, seguiría siendo cierto que todos los humanos tendríamos que dar cuenta a Dios del bien y el mal que hemos hecho en esta vida. Estamos a prueba. Se nos dio la libertad positiva y el conocimiento de los valores. Por tanto, también en ese irreal supuesto tendríamos que dar cuenta de nuestra conducta. “Al atardecer de la vida te examinarán del amor”, decía San Juan de la Cruz. Haremos bien en entender la palabra “amor” como síntesis o resumen del entero arco de los valores propios.

Otra cosa es que, si Jesucristo no hubiera muerto en la Cruz por nosotros, la práctica totalidad de los humanos terminaría en el infierno, y hasta la misma creación hubiera carecido de sentido. Pero esta afirmación rebasa los límites estrictamente filosóficos de lo que, al menos a mi juicio, hay que entender por Axiología.