Para que una comedia haga gracia al respetable, no hay más que reunir a genios del humor, y no hay cosa más difícil en teatro para una teoría tan fácil. Venciendo su apariencia de ligereza, Boeing Boeing (1960), de Marc Camoletti, pilla al público desprevenido –al varón y a la mujer con él–, al amoroso con las mujeres y al que después escapa de ellas para volver a empezar, al vivales que opone sus proezas poliamorosas al prosaico matrimonio y a los fantasmones de realidades inventadas. Para el galo Camoletti (1923-2003), especializado en vodevil, la mala (e incluso la buena) ventura de Cupido se conjuran con la risa máxima que liberta las pesadumbres y las lanza por el puente aéreo de la propia vida.
El 8 de septiembre de 1962 esta pieza hilarante se estrenó en el Teatro Eslava, dirigida e interpretada por Juanjo Menéndez, al que acompañaron Hugo Pimentel y unas jovencísimas Ana María Vidal, Marisol Ayuso y May Heatherly como las respectivas “novias” del protagonista, a las que hay que añadir el papel de Lina Morgan como la paciente asistenta. En esta nueva ocasión, es Ricard Reguant –que se inició en el cine realizando un par de cintas de serie “S”– quien adapta y dirige con destreza y agilidad insólitas en el madrileño Teatro Amaya a un elenco que no dudamos en calificar de excepcional. ¿Cómo es posible que una pieza cómica escrita en el albur de la década de los sesenta funcione también ahora? ¿Pueden tres intérpretes españoles estar a la altura de lo que hicieron en el cine los míticos Tony Curtis, Jerry Lewis y Thelma Ritter, en 1965, dirigidos por John Rich para la Paramount? Rotundamente sí.
Empecemos por el regreso a la escena después de quince años del hasta hace poco productor Alberto Closas. De casta le viene al galgo, y Closas nos revela el actor que hay detrás del hombre que se arriesga con proyectos, al maestro de escena, al elegantísimo caballero, al monumental intérprete… Su criado arranca aquí las carcajadas del público con la facilidad con que el crupier reparte las cartas, cosa –insistimos– que no es frecuente. Aquí alcanza el arte que desplegó su padre, el maestro de maestros, a lo largo de toda su dilatada y soberbia carrera y, sin duda, es el momento óptimo para que se plantee continuar a ambos lados del escenario. Closas nació para actor; pero, como todo español aventurero, había presentado muy pronto su “dimisión” de la profesión para probar suerte en la otra cara de la escena, la del que arriesga, empeña y casi siempre pierde. Ahora, Closas lo ha ganado todo y el corazón de todos, porque hace magia con cada gesto por un don especial que tiene, el de quien ha sido testigo de tiempos más gloriosos.
A este “avión” se suben el presentador y comunicador Agustín Bravo, y el actor y también presentador Andoni Ferreño, como la pareja protagonista de amigos periodistas que se reencuentran por mor de la promiscuidad del primero, quien trata de que sus tres chicas –estupendas María José Garrido, Sara Canora y Laura Artolachipi, las partenaires óptimas de los dos galanes–, en sus respectivos roles de azafatas de las aerolíneas británica, francesa y alemana, no lo pillen en un renuncio. Los que creemos en la literatura sobre todas las cosas y, especialmente, en aquellas que se atienen a sus textos, sabemos que encontrarnos con una pieza así de bien engrasada es un milagro, una rara epifanía. Vaya por delante la prodigiosa coreografía desplegada por todo el elenco, pero especialmente los “valses” escénicos ejecutados por Bravo y Ferreño, que se coordinan al milímetro como dos reputados bailarines sin tropezar con una coma, sin equivocarse en un desliz, trascendiendo en las tablas más allá de otros quehaceres a los que nos tienen –o tenían– acostumbrados. Si Talía en Boing Boeing ha descubierto en los dos a unos gigantes de las tablas, nos parece de pronto que sus respectivas carreras televisuales –necesariamente alimenticias– quedan ya diluidas en la memoria, jalonados sus caminos de galas, magacines vespertinos, varietés, noches sensacionales y bellezas al agua para regalo de una audiencia olvidadiza; sí, porque esta obra quedará en el recuerdo. Imagínense a ambos artistas en manos de Almodóvar, Fernando Trueba, Fernando Colomo o Álex de la Iglesia: Garci se dio cuenta recientemente y fichó al vasco Ferreño para El crack Cero (2019), un intérprete que brilla en un reparto coral apabullante y que, inexplicablemente, no ha tenido continuidad en la gran pantalla. Y se nota que para ambos esta obra es un regalo en el oficio pasante y transcurriente, tan ingrato, de la televisión.
Llegar a tener esa facultad supercreadora de convertir en vida palpitante los diálogos de una comedia, sin artificiarse, sin el rápido ocaso de las obras que tienden a finiquitarse a sí mismas a los pocos minutos de empezar, esa es una condición eximia que puede alcanzarse mientras se cuente con un equipo artístico como este, capaz de montar un Boeing Boeing a la española y de superar por momentos el modelo original. Naturalmente, esta comedia es solo un borrador de las carreras transformadas de todos ellos, que buscando un juguete cómico, acaso una nueva oportunidad para hacernos gozar con su talento, nos han regalado la mejor y más depurada interpretación de su vida. Aquí firma uno, estimulado por su trabajo, que les dice: “adelante con ese empeño”.